No dejo de sorprenderme, aunque ya debería estar curado de espanto, de los políticos populistas que nos gobiernan, no sólo en nuestro país, sino a nivel planetario; porque aún a pesar del pluralismo político en que se fundamenta cualquier democracia, y por ende, la propia libertad del individuo a manifestar o criticar con respeto y fundamento a quienes desempeñan por elección el poder, así como los resultados de su gestión; sin embargo cada vez es más común aceptar a aquellos políticos que sustenta sus opiniones en la demagogia y en argumentos falaces.

Y, digo que debería estar curado de espanto, porque no sólo la incapacidad de pensar con la razón en vez de con las vísceras se impone a la intelectualidad o capacidad del individuo de mantener un argumento apoyado en la lógica, la evidencia verificable y en la coherencia interna; sino todo lo contrario, basado en sus emociones, creencias personales o lealtades ideológicas mal entendidas. Por ello, no está en mi ánimo cuando trato de temas políticos acudir a la confrontación visceral o mantener una postura partidista, porque, al final, todos los partidos siguen la misma línea con fundamento en un argumentario en el que se descalifica al contrario; pero sobre todo porque no busco gustar a todo el mundo y mucho menos que me retribuyan con likes en la redes sociales. Dicho de otro modo prefiero que me critiquen a que me pasen la mano por el hombro y, por lo tanto, siguindo con mi coherencia interna intentaré sustentar mi opinión en un análisis objetivo y basado en evidencias que, los palmeros de turno de las diferentes fuerzas políticas no quieren ver dentro de la más absoluta necedad e incapacidad de hacer autocrítica.
De modo que, tal política populista y, en esencia polarizada y radicalizada, nos lleva a contemplar que, en las democracias contemporáneas, como la española, se repita con frecuencia una paradoja inquietante: mientras proclamamos vivir en sociedades plurales y abiertas, y hablar de democracia blandiendo la falsa bandera de la libertad, aumenta la tentación de reducir la complejidad política a una única narrativa aceptable. No se trata necesariamente de la instauración formal de un partido único, sino de algo más sutil y quizá más peligroso: la aspiración a que exista una sola forma legítima de pensar, una única interpretación moral de la realidad y una división tajante entre quienes “están del lado correcto” y quienes no lo están.
Inquietante, sin tenemos en cuenta la historia del Siglo XX, donde el pensamiento único encontró quizá, su expresión más brutal en regímenes totalitarios como el encabezado por Adolf Hitler bajo el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán, que hoy reaparece en versiones más sofisticadas y menos evidentes, pero igualmente preocupantes.
Sin embargo, el problema no puede atribuirse únicamente a los líderes o a los partidos políticos, como se ha indicado, tiene su fundamento en las conductas del propio individuo, pues existe una responsabilidad compartida que recae sobre una parte significativa de la ciudadanía; siendo cada vez más visible una actitud de pasividad intelectual: una disposición a aceptar consignas prefabricadas en lugar de ejercer el esfuerzo incómodo del pensamiento crítico.
Tal falta de implicación del individuo y la falta de respeto al contrario, acompañado de la impositiva limitación en la forma de pensar de los diferentes partidos, da lo mismo a la derecha que a la izquierda, sea aceptada por la mayor parte de la ciudadanía, mientras se resuelvan sus problema, que en la mayoría de los casos no es así, como una manera de simplificar la realidad y de proporcional respuestas inmediatas emocionales, en vez de cuestionar, contrastar la información y sostener posiciones matizadas; ya que, pensar requiere tiempo, dudas y autocrítica, siendo mejor y más cómodo consumir eslóganes.
Esta pasividad se entrelaza con el fanatismo político. El seguidor fanático no busca comprender, sino confirmar. No se acerca a la política como un espacio de deliberación, sino como un terreno de pertenencia identitaria. El partido deja de ser una herramienta para gestionar lo público y se convierte en una extensión de la propia identidad moral. En ese contexto, la autocrítica se percibe como traición. Cualquier error del líder es minimizado o justificado; cualquier crítica externa es interpretada como un ataque malintencionado. La política se transforma entonces en una batalla emocional, no en un intercambio racional de argumentos.
El fanatismo tiene una consecuencia directa: la erosión del espacio intermedio donde podría existir el debate. Si el adversario no es simplemente alguien con otra propuesta, sino un enemigo moral, desaparece la posibilidad de diálogo. Se instala la lógica binaria: o conmigo o contra mí, como un esquema simplificador que resulta enormemente útil para ciertos liderazgos, porque reduce la complejidad social a una narrativa épica. El líder aparece como defensor del pueblo frente a enemigos internos o externos, reales o imaginados.
En este escenario, el papel de los periodistas y analistas independientes se vuelve especialmente incómodo. La prensa crítica, los columnistas que cuestionan decisiones gubernamentales o los académicos que introducen matices rompen la narrativa uniforme. Por ello, con creciente frecuencia, los líderes políticos recurren a la descalificación sistemática de estos actores. Se les acusa de parcialidad, de conspiración, de formar parte de élites corruptas o desconectadas del “verdadero pueblo”. No se refuta el argumento: se desacredita al mensajero.
Este mecanismo no es nuevo. Los regímenes autoritarios del siglo XX entendieron que el control del relato era fundamental para consolidar el poder. Lo que hoy observamos en muchas democracias no es necesariamente censura abierta, pero sí una estrategia constante de desgaste contra la prensa libre. La repetición de ataques mina la confianza pública en los medios y crea un clima en el que cualquier información incómoda puede ser descartada como propaganda adversaria. El resultado es un debilitamiento progresivo de uno de los pilares esenciales de la democracia: la vigilancia crítica del poder.
Cuando la ciudadanía, además, se instala en la comodidad de su burbuja ideológica, esta dinámica se refuerza. Las redes sociales permiten seleccionar fuentes que confirman nuestras creencias previas, amplificando la polarización.
De esta manera, el pensamiento crítico, que debería implicar la disposición a revisar nuestras propias convicciones, es sustituido por la búsqueda constante de validación. Así, el pensamiento único no se impone únicamente desde arriba; también se construye desde abajo, a través de comunidades que expulsan simbólicamente a quien discrepa.
La consecuencia final de este proceso es la deriva hacia una política populista y superficial, que privilegia el espectáculo sobre la deliberación. La discusión pública se convierte en un escenario de confrontaciones teatrales, frases efectistas y gestos diseñados para viralizarse. Se premia la ocurrencia ingeniosa más que el análisis riguroso. La política se vuelve “pachanguera” en el sentido más preocupante del término: ruidosa, emocional, simplificada hasta el extremo.
En ese clima, las propuestas complejas resultan sospechosas porque no caben en un eslogan. Las políticas públicas, que requieren diagnóstico técnico y evaluación constante, se subordinan a la lógica de la inmediatez. El gobernante populista no necesita convencer mediante argumentos sólidos; le basta con mantener encendida la llama emocional de su base. Y esa base, cuando está dominada por el fanatismo, no exige coherencia ni resultados medibles, sino reafirmación identitaria.
Todo esto plantea una pregunta incómoda: ¿hasta qué punto la degradación del debate político es responsabilidad exclusiva de los líderes? Resulta más fácil señalar al dirigente que simplifica que reconocer nuestra propia inclinación a aceptar simplificaciones. Sin una ciudadanía dispuesta a pensar críticamente, ningún proyecto de pensamiento único podría prosperar. La libertad política no consiste solo en votar periódicamente, sino en ejercer de manera activa la capacidad de cuestionar incluso a quienes preferimos.
Defender el pluralismo no significa relativizar todas las posiciones ni negar la existencia de valores fundamentales. Significa, más bien, aceptar que la sociedad es diversa y que ninguna fuerza política posee el monopolio de la verdad, porque además la verdad absoluta no existe. Cuando se pierde esta convicción, la política deja de ser un espacio de construcción colectiva y se transforma en una lucha permanente por imponer una narrativa excluyente.
El riesgo no es necesariamente la instauración inmediata de un régimen totalitario, sino algo más gradual: la erosión lenta de la cultura democrática. Cuando el disenso se ridiculiza, cuando el periodista crítico es presentado como enemigo, cuando el ciudadano renuncia a pensar y delega su criterio en consignas partidistas, la democracia se vacía de contenido aunque mantenga sus formas externas.
La historia demuestra que las sociedades no pierden su pluralidad de un día para otro. Lo hacen cuando la comodidad sustituye a la reflexión y cuando la lealtad partidista desplaza a la honestidad intelectual, como sucede en la nuestra de manera cada vez más flagante. El antídoto frente al pensamiento único no es el cinismo ni la indiferencia, sino una ciudadanía exigente consigo misma, capaz de sostener convicciones firmes sin convertirlas en dogmas incuestionables.




Un artículo simplemente magnífico. Ojalá y todos nos dieramos cuenta de la importancia de un pensamiento libre y, por ende, crítico.
Sólo la libertad del pensamiento individual contiene la semilla de la libertad colectiva.