ESPECIAL 26J. EL PASMO

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El pasmo, esa situación entre anímica, te quedas bloqueado, no te salen las palabras, y física, se te abren mucho los ojos y se te descuelga el maxilar inferior, que se produce ante una situación inexplicable, es lo que a mí me produce esa mezcla entre candidez y mala fe que se produce en los votantes de los partidos.

Yo comprendo, o no, la verdad, esa predisposición al seguidismo ciego que tiene los asistentes a un mitin respecto a las palabras,  ideas me parece un exceso y bufonadas una incorrección, que el mitinero, orador me parece un exceso y teatrero una incorrección, de turno vocifera,  comparte me parece un exceso y escupe me parece una incorrección, con energías dignas de mejor fin al público asistente y entregado que lo jalea como si de un espectáculo se tratara, que se trata, se trata.

Asumo que la jornada de reflexión, al menos en España, es la ocasión para tomarse unas cañas y reflexionar sobre cualquier cosa menos sobre política, que después de una pre campaña y una campañO en ocasiones normales solamente una de cada, lo que apetece es una jornada de descanso y no poner a funcionar la hormigonera para acabar de mezclar y procesar el pastiche pseudo ideológico que todos y cada uno han contribuido a formarnos para evitar que caigamos en la insana costumbre de pensar y vayamos a darnos cuenta de que al fin y al cabo si la vida es puro teatro lo de la política ya no tiene ni definición.

Todos prometen, todos saben cómo, todos mienten como bellacos y nosotros lo sabemos. Si a mí me pidieran un lema general para las campañas políticas, para todas, usaría aquella, vista desde hoy desafortunada pero entonces veraz, frase que decía: “antes de meter prometer, después de metido nada de lo prometido”. A los mayores de cincuenta nos suena a todos. Y aquí pasa lo mismo.

El problema es que la única forma, conocida, de incrementar las prestaciones y servicios es recortar otras prestaciones o servicios o recaudar más dinero.  ¿Cómo? Vía impuestos, claramente. Y aquí empieza la demagogia. Desde el que dice que los va a bajar al que dice que se los va a subir a los que menos pagan. Todos mienten y lo sabemos. El dinero no nace, se hace y tiene un costo, y la capacidad de la cadena de producción no es ilimitada ni depende de la voluntad popular.

Lo único que nos distingue a la hora de ser, de permitir ser, engañados una y otra vez es el planteamiento personal con el que nos enfrentamos a las promesas sistemáticamente falsas con las que decidimos comulgar

 

«Lo único que nos distingue a la hora de ser, de permitir ser, engañados una y otra vez es el planteamiento personal con el que nos enfrentamos a las promesas sistemáticamente falsas con las que decidimos comulgar»

 

Unos esperan un más equitativo reparto de la riqueza, una mayor cohesión social y el incremento de las partidas sociales en detrimento de otras. Pero no se debe de olvidar que todos los partidos lo ofrecen aunque ninguno, hasta el momento, lo cumple, y, sobre todo, que o se obvia el camino para llevarlo a cabo, porque no hay ninguna intención de hacerlo, o se disparata sobre cómo lograrlo por el mismo motivo.

Otros esperan pagar menos impuestos y generar mayor riqueza, aunque esto suele suponer que la riqueza se incrementa en función de la que uno ya tiene, y viceversa. Yo soy cada vez más rico lo que supone que otro es cada vez más pobre. No hay otro camino porque el dinero final es el mismo que el dinero inicial, solo se ha movido de bolsillo.

Pero si hay un grupo de gente  la que desprecio sin consideración de ningún tipo, sin cortapisas ni atenuantes, es a aquellos que esperan que con su voto la riqueza ajena pase a ser la suya. A esos cuyos derechos no están sujetos a deberes y cuya actitud de agravio permanente respecto a la sociedad no suele ser más que una máscara de la incapacidad laboral voluntaria y la miseria moral que suele acompañarla. Estos votarán al que más prometa. No importan la ideología ni las consecuencias.

La mayoría, la inmensa mayoría, lo que quieren es un equilibrio. Lo mejor y más equilibrado posible sin engaños, sin hipotecar el futuro, sin demagogias, pero, precisamente por eso, no suelen estar en los mítines, ni suelen escuchar los debates sabiendo de antemano cual es el mejor, ni saben a ciencia cierta a quien votar, ni por qué.

Esa inmensa mayoría no puede plasmar su voluntad porque votar es otorgar carta blanca a una estructura diseñada para servirse a sí misma en primer lugar, a los afiliados en segundo término y finalmente a los allegados. Eso son los partidos. Estructuras de poder y clientelismo ciegas a la realidad social y a las verdaderas necesidades de los ciudadanos, ahora ya llamados contribuyentes y que cada uno piense por qué.

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