Con la cama tumbada bajo mi espalda, mirando el mar de puntos blancos del techo y con un crucifijo que sufre colgado a la izquierda de una mirada, se desgrana este día con la misma calma que doña Amparo, mi abuela, pelaba los guisantes.

Por la ventana que salta al patio, una radio grita con la voz enjaulada de una mujer, las últimas noticias; oigo, pero no escucho, vivo, pero no siento, escribo y noto que las letras, las palabras que brotan del índice loco de mi mano son de otro.
De ese día de calma chicha que ha llenado de guisantes el mes de marzo.
El aire huele a pan reciente y a polvo viejo. Cada cosa tiene su respiración: la cortina que se infla como un pulmón cansado, la madera que cruje de memoria, el reloj que insiste con su paso diminuto sobre el mismo segundo.
Pienso en los dedos arrugados de la abuela, en su paciencia verde, desgranando el silencio, guisante tras guisante, como si cada uno fuera una palabra que el tiempo todavía no ha dicho. Quizá eso hacemos todos —pelar la espera, quitarle la cáscara a los días— para ver si dentro hay aún algo tierno.Y entonces entiendo que marzo es eso: una cazuela en el fuego lento de la memoria, donde el agua no hierve, pero tampoco se apaga.




