EL MONSTRUO ESTÁ EN TU PUERTA

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Esta vez no estoy cabreado… Es mucho peor, estoy decepcionado, además de una sensación de impotencia y hartazgo y, precisamente no con los negacionistas, al fin y al cabo son cuatro payasos descerebrados que, como muchos otros, guiados o alineados por los actuales lideres políticos incompetentes, nada más saben echar la culpa al contrario, da lo mismo el partido… como no, imitando lo que ven en el Congreso de los Diputados. Os debería dar vergüenza, pero será que no la tenéis, y si la tenéis es peor, porque entonces os mueve vuestro propio hedonismo.

No es con los poderosos con los que estoy decepcionado, aquellos que nos utilizan como escudos. Perdí la confianza en ellos hace mucho tiempo.

Mi decepción va mucho más allá, porque nos abarca a todos, a todos los seres humanos, esa especie que no tiene respeto por si misma y menos por los demás, esa especie destructora que parece haber retrocedido a tiempo de los Neardentales.

Precisamente el mayor gregarismo de los Homo sapiens fue uno de los factores clave de nuestro éxito. Ese gregarismo nos unió en grandes grupos para establecernos en asentamientos estables, nos permitió crear las ciudades e inventar la agricultura, y por tanto más tarde la industria, la mecanización, las tecnologías de la comunicación y la información, los transportes globales, pero también a una globalización social y económica en la que no somos más que números, estadísticas, piezas de un ajedrez a las que se nos pone en la vanguardia para proteger a las que están detrás, las piezas que nos ponen a su servicio; lo cual, lejos de unirnos frente a sus abusos, por nuestra propia estupidez nos convierte cada vez más en sus presas, en colaboradores necesarios de la deshumanización. Manipulación e idiotez, dos ingredientes para que unos pocos vivan a cuenta del resto.

Sin embargo, no deja de sorprenderme la cobardía de refugiarnos siempre en los errores de los demás para justificar los nuestros, para justificar nuestra propia deshumanización, nuestro egoísmo, nuestra soberbia de creernos superiores o distintos a los demás, cuando nuestra conducta en muchos casos nos convierte en seres no muy distintos a los que juzgamos y, como evidencia de lo que digo está nuestra moral acomodaticia, nuestra permisibilidad frente a los abusos de poder, frente a la destrucción del ser humano y del planeta, no sólo consecuencia de grandes conflictos bélicos, sino por nuestro propio egoísmo, por el abuso de los recursos que la naturaleza nos ofrece.

Seguimos viendo muy lejos el calentamiento global, las guerras, los niños que se mueren de hambre, las hordas de seres humanos que tienen que emigrar para salvar su pellejo, y nunca mejor dicho. Pero, lo peor de todo, y de ahí viene mi estado de decepción actual es que igual de lejos veíamos las pandemias, incluso la que nos lleva acechando desde hace meses, ese virus que avanza sin tregua, y que porque no vemos en nuestra casa, creemos que estamos a salvo de él. Creemos que ver sus secuelas en la televisión, sentir las ambulancias  que lo traslada nos inmuniza, aunque en alguna de ellas pueda ir nuestro mejor amigo, un vecino, incluso algún familiar.

Que insensatez, que miopía deshumanizadora. Sin embargo, no ver  el virus que galopa por nuestras calles como el jinete de la muerte con una guadaña en la mano que arrebata las vidas de los que encuentra por el camino, de una forma sutil pero con certeza absoluta, no nos va librar de él, al igual que tampoco esas absurdas ideologías que nos enfrentan.

Este virus, como cualquier otro no sabe de ideologías, sólo lo sabe el virus de la idiotez, ese que hace que nos importe un bledo que cada día sean más los establecimientos que echan el cerrojo, las familias que tienen que hace cola para poder comer, los ataúdes de los afectados, algunos llenos de descerebrados como tú o bien de contaminados por vosotros.

Pero, como no, la culpa es de los demás, de los políticos que no lo hacen bien, de la Organización Mundial de la Salud, de la ONU, la UE, y la madre que los parió a todos, a quienes no les excuso de su responsabilidad en la gestión de esta pandemia, como tampoco lo hago de los imbéciles irresponsables que no se ponen la mascarilla, de los antisistema que gritan libertad y roban en la tienda de la esquina, auspiciados por ideologías radicalizadas de derechas y de izquierdas, por anarquistas de medio pelo que no saben lo que es el autogobierno, sólo la destrucción,  y quejarse sin hacer nada por mejorar el sistema, sino todo lo contrario, empeorarlo, aunque algunos dicen que lo quieren cambiar desde dentro pero alimentan a las alimañas.

Este monstruo lo hemos creado todos, unos metiendo la cabeza baja el ala, otros vociferando lo que los líderes políticos dicen, otros no llevando la mascarilla o llevándola por debajo de las narices, otros por no guardar la distancia social, otros por los botellones y los excesos en verano… y muchos porque ni siquiera somos capaces de tender nuestra mano a quien la necesita.

Quizá te libres de ésta, pero si soy yo a quien la pandemia se lleve por delante, sólo deseo que hasta que seas tú el que cries malvas sientas el pesar de haber sido un insensato irresponsable. Aunque me temo que este deseo no se hará realidad, porque personas como tú no tienen remordimientos, sólo quizá, hasta que no sean tus padres o abuelos los que mueran por tu culpa y, entonces veas hasta el punto que ha llegado tu idiotez.

 

 

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