EL MENSAJE DEL REY FLORERO


Como si  de un acontecimiento dentro las fiestas navideñas más se tratase, el rey aparece en nuestros hogares el día de Noche Buena, no para traernos regalos, como hacen Santa Claus en esa noche o los reyes magos, no. Un paripé institucional que si le presto atención es para ver si algún año dice algo nuevo, pero no es así. Como siempre los problemas sociales forman parte de su discurso y algún que otro problema político que esta vez como el del año pasado se ha centrado en el problema de Cataluña.

Bien es cierto que un Jefe de Estado, como no puede ser de otra manera, debe defender la unidad del país al que representa, máxime en el nuestro en el que, a pesar de la organización territorial en Comunidades Autónomas, es la propia Constitución la proclama dicha unidad. Pero una simple alusión, llena de buenas intenciones,  no es suficiente sino va acompañada de una reprimenda a quienes son los principales responsables de esta situación, primero el gobierno catalán y después el gobierno español. El primero instigador y el segundo por su complacencia.

Tener un rey florero no es una afirmación gratuita de una republicana con el único deseo de evidenciar la inutilidad de esta institución, ya que es evidente, mire como se mire, que este señor no cumple con su papel constitucional que, como marca el artículo 56 de la Constitución a la que se repliega en sus intervenciones, señala que: “El Rey es el Jefe del Estado, símbolo de su unidad y permanencia, arbitra y modera el funcionamiento regular de las instituciones, asume la más alta representación del Estado español en las relaciones internacionales, especialmente con las naciones de su comunidad histórica, y ejerce las funciones que le atribuyen expresamente la Constitución y las leyes”.

«Tener un rey florero no es una afirmación gratuita de una republicana con el único deseo de evidenciar la inutilidad de esta institución, ya que es evidente, mire como se mire, que este señor no cumple con su papel constitucional…»

Modera y arbitra el funcionamiento de las instituciones” es el eje o debería serlo, de las competencias que posteriormente regula el artículo 62 del Texto Constitucional, entren las cuales se encuentra la de presidir el Consejo de Ministros. Pues bien, arbitrar es algo más que una resolución o juicio en relación a algo, sino que, además, constituye o debe constituir un sistema de solución de conflictos en que la voluntad de las partes, se somete a la voluntad de un tercero. Función que el rey de todos los españoles, aunque para algunos más, no cumple, limitándose a decir buenas palabras y manifestar buenas intenciones, no siendo que, saliendo de esta cómoda función, deje de recibir los mimos y parabienes de los políticos, excepto de algunos manifiestamente en contra de esta institución, y la pongan en peligro o debate políticos, que no estaría de más, si tuviésemos la madurez democrática que deberíamos tener a estas alturas de la película.

Sí, el rey debería abiertamente tirar de la orejas a los políticos en general, no sólo por su mala gestión de los intereses públicos, limitada a buscar únicamente su rentabilidad política cara a su relección y plagada de acusaciones e insultos entre ellos, sin que, para nada, se oiga o tenga en cuenta las verdaderas necesidades de los ciudadanos a los que representan. Pero, desgraciadamente no es así, nuestro rey, mejor dicho, el de algunos, sólo se limita a discursitos generalizados, sin implicación en su función de arbitraje.

Los políticos que hacen la pelota al rey y, ciertos periodistas que se autodenominan expertos en la casa real, también pelotas, no pierdan su acreditación, dicen que el rey no debe hacer política, aspecto con el que estoy totalmente de acuerdo, pero, con lo que no lo estoy es que no se pueda exigir al rey una mayor implicación en los asuntos de Estado si con ello no está encauzando el agua que pudiese emanar de su arbitraje a un determinado o ideario político.

El rey tiene la obligación constitucional de arbitrar en el tema de Cataluña de una manera real que, debería pasar por convocar a las partes en litigio para encontrar una solución pacífica y duradera, no vinculada como en el caso del gobierno español a obtener el beneplácito de los independentistas para sacar ciertos proyectos políticos adelante; dicho de otra manera, a poner parches a lo que necesita una reparación a fondo. También, presidiendo el Consejo de Ministros para exigir soluciones reales o incluso instando, ante la actitud beligerante del gobierno catalán con su presidente a la cabeza y la pasividad del gobierno español, la intervención de éste a través del artículo 155 de la Constitución.

Así es el rey de los españoles, un simple florero al igual que toda la casa real,  llena de privilegios por el mero y simple ejercicio de una función representativa impuesta, como si de relaciones públicas se tratase. Para eso, no hace falta una Jefatura de Estado al margen del propio gobierno, que tanto nos cuesta a los españoles, pues prolíficos son y a toda su prole pagamos solamente por ser de sangre azul.

 

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