EL LENGUAJE COMO VIRUS: WILLIAM S. BURROUGHS, EL POSMODERNISMO Y LA COLONIZACIÓN DE LA CONCIENCIA

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 «En el principio era la Palabra…»

El interés por la obra de William S. Burroughs ha aumentado de forma sustancial en los últimos años. De joven, devoré YonquiMarica y El almuerzo desnudo, no solo porque eran provocadoras, definitivamente malditas y rebeldes, sino porque además estaban increíblemente bien escritas y ofrecían una visión fascinante de mundos muy diferentes. Estas novelas resistirán la prueba del tiempo porque son obras impresionantes de la literatura estadounidense del siglo XX. Sin embargo, me costó conectar con su obra experimental, la Trilogía del Cut-upPort of Saints, entre otras. No estaba preparado para comprender y apreciar estos libros posteriores, y mis intereses derivaron hacia otros derroteros.

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Pero Burroughs siempre me pareció fascinante: un retoño erudito de una adinerada familia de San Luis que poseía la desconcertante capacidad de pasar de una cita de Shakespeare al argot del hampa sin cambiar de registro, como si la alta cultura y el lenguaje del arroyo fueran simplemente dos dialectos de un mismo idioma. Impecablemente vestido con el uniforme sobrio y conservador de un caballero respetable de su época, portaba armas, agujas hipodérmicas y heroína, y llevaba la vida de un adicto mientras perseguía con determinación sus intereses intelectuales y filosóficos. Siempre se le ha asociado con los Beats, pero, en realidad, fue un posmodernista temprano que combinó la literatura, los estados alterados de conciencia, la escritura experimental, el ocultismo —incluso se unió a los Iluminados de Thanateros hacia el final de su vida y llevaba un anillo de la Magia del Caos— con los viajes, la cultura de las drogas y una fascinación incesante por las estructuras ocultas del lenguaje y la realidad.

El lenguaje como virus

Sus cut-ups, su trabajo con Brion Gysin y su vida como intelectual homosexual y adicto a la heroína en el siglo XX son fascinantes y, de más está decirlo, dignos de estudio. Pero la idea de Burroughs del «lenguaje como virus» me impactó por encima de cualquier otra cosa. Es una noción que parece paranoica, grotesca y deliberadamente imposible de tomar al pie de la letra. Sin embargo, cuanto más lo pienso, menos me parece una provocación metafórica. Burroughs no decía simplemente que el lenguaje se parece a un virus. Nos estaba pidiendo que consideráramos si el lenguaje se comporta como tal.

Algo entra en el organismo. Se reproduce. Utiliza al huésped para su propia continuidad. Con el tiempo, se arraiga tan profundamente en él que la distinción entre el parásito y el organismo desaparece. De hecho, lo que ocurre es que el huésped pasa a ser desechable tras ser utilizado. ¿Es esto lo que las palabras hacen con nosotros? Si las palabras son virus, tal vez lo que experimento como mi propio pensamiento no sea del todo mío. Tal vez la voz dentro de mi cabeza sea en parte algo heredado, instalado y reproducido. Tal vez no sea mía en absoluto. Quizá nuestra conciencia ya ha sido ocupada. Este mismo ensayo es el producto de un sistema de control. Sí, he roto la cuarta pared al afirmar esto. Este texto es un virus. ¡Que se propague!

La formulación más famosa de Burroughs aparece en El ticket que explotó (1962):

«La palabra es ahora un virus».

Describe a la humanidad moderna como alguien que ha perdido la posibilidad del silencio. Incluso cuando nadie habla, el lenguaje continúa internamente. Intenta detener la voz subvocal, sugiere, y algo se resistirá. Esta es la parte de Burroughs que me resulta más difícil de descartar. Tendemos a imaginar el lenguaje como algo que poseemos. Pronunciamos palabras. Nos comunicamos a través de ellas. Utilizamos el lenguaje como una herramienta. Burroughs invierte la relación: ¿Y si las palabras nos poseen a nosotros? ¿Y si el lenguaje no fuera únicamente un instrumento de la conciencia, sino uno de los mecanismos a través de los cuales se construye la propia conciencia?

En La máquina de sumar, Burroughs profundizó en este argumento, describiendo la palabra como un virus que había alcanzado una simbiosis relativamente estable con su huésped humano. Así pues, este virus en particular, el lenguaje, nos necesita vivos. El parásito más exitoso no es necesariamente el que mata a su huésped, sino el que se vuelve invisible. El lenguaje se ha vuelto tan normal, tan fundamental para la existencia humana, que ya no lo reconocemos como una fuerza externa. Lo llamamos pensamiento, identidad, razón. Lo vemos como un instrumento. Burroughs lo llama la «Otra Mitad»: una presencia alienígena que se ha vuelto indistinguible de nosotros mismos.

Las estructuras de control

La teoría de Burroughs va más allá de la literatura y se adentra en la política y la filosofía. Si el lenguaje estructura las categorías a través de las cuales experimentamos la realidad, el control sobre el lenguaje es ya una forma de control sobre la conciencia. El poder político no empieza con el policía, la prisión o la institución burocrática. Empieza antes. Empieza con las palabras mediante las cuales se nombra la realidad:

Libertad. Seguridad. Enemigo. Nación. Terrorista. Inmigrante. Ciudadano. Verdad. Orden. Progreso.

Estas palabras parecen describir la realidad de forma objetiva. Pero cada palabra contiene una historia, un conjunto de supuestos y una forma particular de dividir el mundo. Cada una de ellas es un micro-gran relato. Cada palabra o concepto nos llevará a otra palabra o concepto. No nos limitamos a usar estas categorías: ellas nos usan a nosotros porque dictan nuestra realidad cultural y biológica. Por eso Burroughs resulta cada vez más relevante hoy en día. Su paranoia estaba dirigida a la posibilidad del control lingüístico mucho antes de que el mundo contemporáneo desarrollara la maquinaria tecnológica capaz de hacer que ese control fuera casi continuo. Cuando Burroughs conoció al artista, músico y ocultista británico Genesis P-Orridge en la década de 1970, le dijo que lo más importante que se debía hacer era «cortocircuitar el control». Para Burroughs, ver a través de estos sistemas de control y desmantelarlos era algo esencial.

El amigo y colaborador de Burroughs, Brion Gysin, desarrolló la técnica del cut-up: cortar físicamente los textos y recombinarlos de modo que la secuencia natural del lenguaje termine expuesta como una construcción artificial. Burroughs hizo esto con texto, pero también con cintas de audio, grabando conversaciones callejeras aleatorias y mezclándolas. Los cut-ups son una técnica literaria experimental, pero Burroughs los utilizó como un sabotaje lingüístico. Si el lenguaje nos controla a través de la repetición, la secuencia y la asociación, tal vez esos mecanismos puedan ser alterados volviendo el lenguaje contra sí mismo. Hay algo casi cibernético en esto. Burroughs identificó en el lenguaje un sistema de control —la madre de todos los sistemas de control— e interfirió en el bucle de retroalimentación para hacer que la máquina o el sistema fallara y tuviera un mal funcionamiento.

De la filosofía posmoderna a la era digital

Aquí es donde Burroughs empieza a solaparse con el territorio intelectual que más tarde ocuparían el posmodernismo y el posestructuralismo. La deconstrucción de Derrida, por ejemplo, desestabiliza de forma similar la idea de que el lenguaje pueda proporcionar una vía perfectamente transparente hacia la verdad, porque el significado nunca está completamente fijo. Los impenetrables Deleuze y Guattari llevan esto en otra dirección. Sus ideas sobre el «enunciado-orden» (mot d’ordre) y el rizoma, hasta donde alcanzo a comprenderlas, parecen afines a las propias ideas de Burroughs sobre el control. El Post-scriptum sobre las sociedades de control de Deleuze señala la escuela, la fábrica, la prisión, el hospital o el ejército como sistemas de control tradicionales. Pero Burroughs considera que el control se vuelve cada vez más continuo, distribuido e informacional.

Es aquí donde Burroughs, de repente, parece menos un novelista Beat de los años sesenta y más un filósofo y artista del siglo XXI. El sistema de control ya no nos dice qué pensar. Puede determinar qué vemos, qué repetimos, en qué nos fijamos, a qué tememos, qué deseamos y, con el tiempo, tal vez qué creemos haber elegido por nosotros mismos. Nos construye. Crea nuestra propia identidad.

Componente del Sistema Función en el Modelo de Burroughs Equivalente Digital / Moderno

 

Huésped Humano Organismo emisor y receptor Usuario de redes y tecnología
El Lenguaje / Virus Estructura simbólica autorreplicante Memes, algoritmos y modelos de lenguaje (IA)
Sistema de Control Sintaxis, repetición e instituciones Plataformas digitales y curaduría algorítmica

Burroughs imagina las palabras como entidades autorreplicantes. ¿Acaso no es esto directamente aplicable como una definición bastante acertada de los memes de internet? Un meme no necesita ser verdadero ni útil; solo necesita reproducirse. Esa es su aterradora simplicidad. La idea de éxito no es necesariamente la idea correcta: es la idea que sobrevive a la transmisión. Podríamos aplicar esto también a los seres humanos, pero me desvío del tema. El punto es que un meme puede reproducirse con más éxito que un argumento, y una teoría de la conspiración puede reproducirse con más éxito que un ensayo o un debate. Todo es cuestión de tiempo y productividad. La información se juzga ahora principalmente por su capacidad de propagación; la verdad se convierte en solo una propiedad posible de la información, y tal vez no en la más importante. Lo peligroso de todo esto es que el significante ha prevalecido sobre el significado. La información opera bajo los principios del capitalismo tardío: crecimiento sin fin y expansión constante donde la estancación es el enemigo, independientemente de su utilidad, veracidad o valor real. La replicación a toda costa es la meta.

La era de la IA y el control invisible

Lo que Burroughs imaginó a través de magnetófonos, tijeras, collages y ciencia ficción paranoica existe ahora a una escala casi planetaria. Las palabras son procesadas por máquinas. Las imágenes se copian infinitamente. Las voces se pueden clonar. Los vídeos se pueden fabricar. Los algoritmos determinan qué fragmentos de la realidad aparecen ante nosotros. La frontera entre el lenguaje humano y el lenguaje de las máquinas es cada vez más difícil de definir. Aquí es donde Burroughs se vuelve particularmente interesante en relación con la Inteligencia Artificial. Un sistema de IA no se limita a almacenar lenguaje: opera a través de él. Absorbe enormes cantidades de producción lingüística humana y genera nuevos patrones lingüísticos a partir de ellas. El lenguaje se convierte tanto en el material como en el mecanismo.

Y las consecuencias aún no están claras. Si Burroughs tenía razón en que el lenguaje se comporta como un virus, ¿qué ocurre cuando el virus adquiere máquinas capaces de reproducirlo a una escala y velocidad que van mucho más allá del huésped biológico? El huésped ya no es simplemente el ser humano; la propia red se convierte en el huésped.

La afirmación de Burroughs de que «el lenguaje es un virus procedente del espacio exterior» suena ridícula hasta que se contrasta con el mundo contemporáneo. Entonces empieza a sonar profética. Vivimos dentro de un entorno de información permanente en el que las palabras, las imágenes, los símbolos y los relatos se reproducen continuamente. Las ideas políticas mutan como memes. Los algoritmos amplifican las respuestas emocionales. Los sistemas de IA generan lenguaje a una velocidad extraordinaria. Las imágenes circulan independientemente de sus orígenes. La realidad misma nos llega cada vez más a través de sistemas de mediación que ni controlamos ni comprendemos del todo.

El virus se ha escapado de la página. Ha entrado en la red. Y tal vez la red se esté convirtiendo ahora en su huésped ideal. Por eso creo que Burroughs importa. No porque predijera internet en un sentido simplista de ciencia ficción, sino porque comprendió algo mucho más fundamental: el control no opera necesariamente impidiendo el pensamiento; puede operar suministrando el lenguaje a través del cual el pensamiento se hace posible. El instrumento no es el instrumento: el usuario del presunto instrumento se convierte, sin saberlo, en el instrumento. Por lo tanto, la forma más profunda de control puede ser aquella que no se siente en absoluto como control. Se siente como tu propia opinión. Tu propio deseo. Tu propia identidad. Tu propia voz.

¿Estamos usando el lenguaje, o el lenguaje nos está usando a nosotros?

 

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