Ese hombre que no se mira ni en los espejos para no verse, hoy, mientras pasa la bayeta por la mesa de la cocina, mientras recoge las migas del desayuno que han dejado el hule como la sotana de un cura casposo, deja reposar su mirada en el dedo índice que oculta el rabillo de una manzana, la mano que la tapa del frío en una noche nevada.

Sus ojos, sin que sea consciente, son dos bolas de cristal; ausentes, sin vida y él, sin darse cuenta.
Acerca la silla para sentarse, con la izquierda, la que tiene libre, como si le diera miedo despertar a la fruta del plástico. Está cansado, lo nota en las piernas y lo ve en la mano, entre las arrugas, en alguna mancha que no había visto antes. Gira la cabeza 180 ºC y hace una panorámica por los armarios que cuelgan de las paredes, le sonríen alineados, como si le saludaran por primera vez. Cuando llega a la altura de la cafetera que le regalaron en navidad, frena, una notificación le ha hecho cosquillas desde el bolsillo. Antes de coger el teléfono ya sabe quién es, ella vibra, no emite sonido; solo se frota contra la pernera del pantalón para reclamar su atención. Él suelta el trapo dejando a la manzana como el diablo la trajo al mundo y busca el móvil.
Efectivamente, ahí está, a una pantalla de distancia y tan lejos. Reclamándole, no sabe qué, porque ya van treinta y tres mensajes recibidos y que ha dejado sin leer. Se pregunta cuándo acabará esto, angustiado a la vez piensa en que pueda terminar. Cuánto le quedará para que a su insistencia esperanzada le llegue la caducidad.
Rasca una gota de salsa que se ha quedado reseca con el resto de uña que todavía le queda en algún dedo. Las tiene roídas de tanta rabia, se las clava en la palma, intentando ocultar la furia de sus zarpazos.
Llega una voz desde una habitación cercana, hace que escucha, pero no oye nada, ha aprendido a hacerlo, estar sin estar. Kilos de carne ocupando un espacio donde cabría un aparador. Caen verbos que le golpean la espalda: «llevar, ayudar, atender…» y él sonríe como respuesta a todo, siempre ha sido bien mandado y obediente, siempre, salvo cuando se aburre y decide cambiar los infinitivos por imperativos sin pensar que los tiempos verbales hay que utilizarlos a su debido momento.
Sueña con fustas mientras hace bacalao al pil pil o ayuda a su hijo con la tabla del tres; con mordazas, pellizcos, azotes o lenguas mudas que hablan todos los idiomas, cuando llena el carro en el supermercado. Vive de lo que sueña y sobrevive por lo que debe, que es poco menos que nada, porque nada lo ha elegido él.
Decide, sin saber por qué, abrir el chat y leerlo todo. Cuando lo hace se siente ventilado, nervioso y excitado, como si hubiera abierto la puerta de un cuarto oscuro con ventanas al mar.
Las palabras se repiten un mensaje tras otro: perdón, gracias, te quiero y sobre todo por favor, por favor, por favor…
Se siente bien, su ego se inflama y la voz que sigue hablando desde el pasillo se evapora. Su cuerpo transpira según avanza hacia el final, la aplicación se empaña de un calor contagiado y una sonrisa oxidada raja su cara, mientras sus dedos comienzan a escribir.
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