EL GOBIERNO DE PANDORA

 

Normalmente se le echa la culpa a Pandora, que la pobre ¿Qué culpa tenía? Y lleva con la maldita caja a cuestas desde que los griegos dominaban el mundo conocido. Y no porque haya transcurrido tanto tiempo deja de haber seguidores de la ínclita que dale que dale a la caja acaban destapando los truenos que lleva dentro.

 

 

Durante años, eran principios de la informatización de las empresas, uno de los grandes objetivos de las empresas, de los empresarios, era implantar un sistema de fichaje que pudiera controlar la presencia de sus empleados. Y mentar esto era mentar la bicha, era el control de los explotadores, sindicatos dixit, para exprimir más a los trabajadores.

Los ánimos se encrespaban y los responsables de informatizar teníamos que dar verdaderas charlas para explicar que no era un sistema para controlar el rendimiento del trabajo, si no su productividad, que estaría primada. Claro que por supuesto no éramos creídos, en ocasiones con razón, otras no, y las protestas y a veces más  seguían su curso hasta que la práctica ponía cada cosa en su lugar.

Y en estas breves palabras ya figuran cuatro de los cinco conceptos por los que Pandora puede haber vuelto a abrir la cajita de marras. Lo que nadie ha explicado, tal vez ni siquiera al gobierno dada su nula experiencia empresarial, es que todo control tiene una doble vertiente que lo hace al mismo tiempo deseable y peligroso.

Hay cinco conceptos en este tema: presencia, absentismo, empleo, rendimiento y productividad. Los cinco se pueden agrupar en dos categorías según el grado de control. Un grupo lo componen presencia y absentismo, el grupo que analiza si el trabajador está o no en su puesto de trabajo y constituyen el control de presencia. Las otras tres (empleo, rendimiento y productividad) analizan la cantidad y efectividad del trabajo realizado y conforman el control de producción.

El control de producción solo es viable si la empresa es capaz de sistematizar el trabajo encargado al trabajador y el tiempo de realización de dicho trabajo, de tal forma que empleo es el número de horas de trabajo asignadas a un trabajador, rendimiento sería el cociente de dividir las horas reales usadas frente a las asignadas, y se expresa como un porcentaje, y la productividad es el cociente resultante de dividir el empleo y el rendimiento y su valor máximo es 1, que es cuando el tiempo asignado y el empleado en la realización del trabajo son iguales.

El control de producción, salvo excepciones, es solo utilizable en fábricas y talleres que tienen tareas perfectamente definidas y baremadas. Puede haber excepciones, pero su análisis tiene complicaciones que no lo hacen interesante. En todo caso si soy empresario y me obligan a tener un control de presencia aprovecharé los datos iniciales para buscar un análisis más profundo de la calidad de mis trabajadores, y seguro que eso ya no gusta tanto.

Pero para buscar la mano de Pandora en la decisión del Gobierno de obligar a todas las empresas a llevar un control de presencia, que ya es obligar por obligar sin tener en cuenta las características peculiares de empresas y trabajadores, no necesito ir al control de producción, con poner un control de presencia riguroso ya puedo encontrarme con datos insospechados.

El primer trueno que puedo haber destapado, sobre todo si hablamos del empleo público es el absentismo, todos esos funcionarios y trabajadores que viven una baja sistemática y que hasta este momento podían negar por la falta de datos o por la dudosa solidaridad de los compañeros fichadores.

Y el absentismo, además, puede ser presencial. Todos conocemos el caso del trabajador que circulan por las dependencias de la empresa con unas carpetas o papeles en la mano y no le queda mesa por visitar. Está, nadie puede dudarlo, pero ¿hace algo?, habitualmente poco. Con lo que yo impondría un control de presencia en el puesto de trabajo, codificando los tiempos de abandono del puesto en necesarios, innecesarios y evitables, es decir aquellos que podrían haberse realizado sin hacer un desplazamiento. Para ello establecería control de paso en todos los accesos de la oficina: baños, dependencias, e incluso en el mismo puesto de trabajo. Y puestos, ya que me han obligado, puedo empezar a conseguir algunos ratios que serían sorprendentes. Tiempos muertos por horas trabajadas. Horas por trámite realizado. Horas por   contrato conseguido. Y así hasta un sinfín de análisis de semi productividad que hasta ahora eran soslayables pero que puestos a controlar apenas suponen un esfuerzo adicional sobre lo exigido. ¿Y si las horas extras se dan por una baja productividad de los trabajadores? ¿Qué medida adoptará el gobierno?

Eso, habrá que preguntarse si el gobierno va a aceptar las medidas empresariales contra esos trabajadores que existen en todas las empresas, maestros del escaqueo y del  disimulo, cuando intenten presentarse como motivos de despido justificado.

A lo peor resulta que el beneficio social, como la esperanza, queda en el fondo de la caja de Pandora de la que han salido a borbotones el absentismo puro, el presencial y los puestos de trabajo que en vez de crearse se muestran prescindibles.

No puedo evitar el pensar que a lo mejor, puestos a gobernar un país los políticos harían un poco mejor en leer alfo más de mitología y algo menos de autores de la lucha de clases. Que harían mejor en conocer de primera mano la realidad de las empresas y fiarse un poco menos de “actores sociales” que solo conocen de empresas que en España son excepcionales, pero que intentan aplicar los mismos baremos y maneras a las grandes corporaciones y al negocio familiar.

Eso sí, molón queda un ratos. ¡Camarero! Barra libre de control de presencia para todos, que el gobierno invita, pero no paga.

¡Ay Pandora, Pandora! Siempre a vueltas con la cajita.

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