EL DÍA QUE ANNIE ERNAUX ENTRÓ EN MI VIDA…

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Más difícil que desnudarse es volverte a vestir. Eso lo pienso mientras veo la ropa rasgando las baldosas del suelo. Las prendas andan desperdigadas formando una flor,  «no fue fácil», le digo a las bragas que están en el centro. Las miro, ni siquiera son bonitas, un trozo de algodón negro, un oxímoron como nosotros. ¡Vaya bandera agorera escogí para rendirme!

El brazo se me escurre por un lado de la cama, mira hacia ellas, acusándolas, se hace el muerto. Me pongo de lado y todo se vierte, hasta la tristeza se desmaya.

No fue fácil, despojarse nunca lo es, pero volverte a poner la ropa es todavía peor. Tiene sabor a despedida, a un adiós fuera de lugar, pasado de moda como la falda en evasé arrugada ya por el paso del tiempo, el que ha transcurrido desde que me la levantaste aquella tarde haciendo un canto al sol. Fue lo primero que cayó al suelo, al lado de la nevera.

Luego me desabrochaste la blusa, quedó desfallecida bajo las cortinas de la alcoba, lo hiciste tan torpemente que arrancaste un botón, salió brincando hasta esconderse en algún sitio. Jamás volví a verlo.

Lo demás fue todo de carrerilla, la ropa interior ensombreció el suelo, y de esa umbría brotaron las primeras confesiones de un amor sin fin que duraría un par de meses y algún día suelto.

La tarde de los miércoles era la que me tenías reservada con la excusa del gimnasio, era cuando venías a casa. También hacías ejercicio los lunes y los viernes, pero entonces yo te venía peor; los lunes por cansancio y los viernes porque era la noche que salías con tu mujer y alguna pareja de amigos.

A mí me quedaba el centro de la semana, el día que la divide en dos. Vivía la primera parte esperando y la segunda, recordando un par de horas que solo duraban lo que cabe en un desnudo.

Después de ti permanecía tumbada observando cómo te vestías. Al principio nos duchábamos juntos, con el tiempo comencé a guardarme tus rastros hasta el día siguiente, para que duraras más. Acostumbré a no moverme de casa después de tu marcha, no quería ver a nadie que me distrajera del más mínimo detalle, tenía que grabarlo en mi memoria como en una vieja cinta de radiocasete que pudiera rebobinar al gusto. Lo volvía a revivir todo una y otra vez, como la resaca del último en marcharse de la fiesta. Con tu sabor y tu olor pegado al paladar.

Mantenía tu esperma reseco entre mis muslos, me gustaba sentirlo pellizcándome la piel al moverme, como un papel celofán. Otra huella que probaba que habías estado aquí, y de ese modo, desenvolvía una y otra vez el mismo regalo. También lamía el antebrazo para encontrarme con algún rastro de sudor recogido de tu espalda, o metía la cabeza entre las sábanas para respirar la mezcla de colonia cara y sexo acelerado.

Paso la última página de Pura pasión, leo la última nota y corro a desempolvar este cuento que dejé un día a medio cocer. Por un instante me siento la prima pobre, sucia y cursi de Annie Ernaux, o no, soy Annie Ernaux, pero sin Nobel, ni libros, apenas cultura y con treinta años de diferencia.

Es ella la que me ayuda a incorporarme y se sienta a mi lado, desnuda también, solidaria como una hermana mayor. Le ofrezco un cigarro como si estuviéramos en una cafetería del centro en esos tiempos en los que se podía fumar en cualquier sitio, y permanecemos en el borde de la cama, el lugar donde las dos hemos habitado tantas veces, en los límites.

Le cuento de mi amor incondicional en el que lo única condición ha sido reinventarlo una y otra vez hasta el desgaste, hasta que no se ha podido devorar más porque ya no quedaba nada pegado al hueso.

De eso solo sabemos quienes hemos vivido en un vestíbulo, quienes hemos padecido la peor de las ausencias, la del teléfono mudo y frío como las manos de un muerto. Ese tipo de personas que no damos para recibir, sino para poder recrearlo después.

Hablamos también de las imágenes fijas, indelebles… En ese momento pienso que Annie nunca utilizaría el adjetivo «indeleble», hasta que lo encuentro en su libro El acontecimiento, y lloro de emoción al darme con esa palabra de bruces. Segundos después me deslizo por un tobogán y me desvanezco en un pasado que también fue el suyo, marcando las diferencias entre lo difícil y lo terrible, entre lo inolvidable y lo traumático.

Comparto con ella la idea de que se escribe en presente lo que ya ha sucedido, al menos, hasta que ha pasado el tiempo suficiente para liberarlo de vergüenza.

Cuarenta años separan sus tres meses de los míos. Aquí ya no era ilegal, algo habíamos avanzado, aunque los tres supuestos permitidos por la ley lo tiznaban de moral con olor a naftalina. Eran tres las puertas para acceder a un infierno particular del que no se llega a salir nunca.

Primero fue una entrevista ante una señora con gafas que se denominó «psicóloga», ella fue la que me declaró «apta», no sin antes juzgarme y aleccionarme por encima de la montura, levantaba la vista al hablar por si acaso los cristales le hacían ver su criterio con distinto color. «Daños psicológicos», incluyó en mi expediente.

Esos recuerdos permanecen en compartimentos estancos, incomunicados entre ellos.

La premio Nobel asiente mientras me escucha, coge mi mano, yo acaricio su piel de papel cebolla sin abandonar el monólogo, que ni se lo dedico a ella ni me lo dedico a mí.

«El suelo estaba helado» continúo, me hicieron caminar descalza por un pasillo largo como un día sin pan, seguía a una señora de uniforme blanco, solo sé que era bajita y que solo me habló para decirme: «siéntate ahí», mientras señalaba una silla que parecía un potro de tortura. Después nada, la oscuridad. Habría preferido anestesia epidural, pero un médico joven me recomendó dormirme completamente, no sé si porque de ese modo aumentaba el precio de la intervención o porque realmente pensaba que era lo mejor para mí. «Así no recordarás nada», me dijo. En ese «nada» solamente iban incluidos, como si estuvieran de oferta, los minutos que tardó en sacarme de dentro eso que ya me pertenecía, se le olvidó decirme que los meses de antes y los años de después no me iban a abandonar jamás. Tampoco todo, no hay que exagerar, cosas sueltas, recortes, calderilla en billetes de quinientos euros.

Desperté vomitando y llorando, ha sido la única vez en toda mi vida que he hecho algo nada más abrir los ojos, generalmente bastante tengo con respirar. Dos mujeres tumbadas en camillas contrapeadas me consolaban, seguramente por la diferencia de edad que teníamos, el miedo y el dolor debía ser el mismo, aunque en ese momento no lo pareciera. Si hubieran cerrado la grieta que nos separaba a unas de otras habríamos formado un cubo. Un cubículo dentro de un cubículo. Matrioskas sin hijos.

Pasó poco rato hasta que me vestí y recorrí otro pasillo, esta vez calzada con unas botas marrones de piel vuelta. También recuerdo el jersey de lana blanco y los pantalones de pana dos tallas más grande que yo.

Ahí, un portazo de cámara acorazada vuelve a encerrarlo todo, a dejarlo como estaba. Recojo una lágrima del rostro de Annie, desagua por una hendidura, por uno de tantos canales de sabiduría que cruza su cara. «No te entristezcas» la consuelo, «las cosas importantes nos han pasado entre las piernas. La felicidad y la desolación. Las ganancias y las pérdidas». Casi no recuerdo nada más, quizás que no comía y apenas hablaba. No era tristeza, más bien desinterés. Tomé afición a la sensación de deslizarme por la vida como si viajara en un pasillo rodante.

Desde entonces he seguido desnudándome cada miércoles, aunque él nunca ha vuelto a llamar ni ha regresado a verme. Me acuesto en la misma postura en la que me encontraba la última vez que marchó de aquí para mantener intacto el escenario del crimen.

Anochece, miro mi muñeca desnuda para adivinar la hora que ya ha pasado, y me pongo en pie por fin, es el momento de despegarme de la cama seca y arrugada. Me dirijo al centro de esa flor que crece en la habitación cada semana para volver a deshojarla y hacer que termine en un «sí».

Un crujido de madera podrida crepita en mi rodilla al agacharme. Desde el suelo me giro para agradecerle que me haya acompañado en la última despedida, no está, también se ha marchado, pero eso ya no importa.

Publicaciones y libros de la autora.

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