EL DESTINO DE LOS DIOSES

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Para muchas personas nuestro destino esta escrito, viviendo con una resignación todos los acontecimientos negativos de la vida. “Dios lo quiso”, “esa era su destino”, “es mi sino”, son algunas de las frases más comunes para aceptar lo acontecido como si todos tuviésemos escrito en algún sitio todo cuanto vivimos.

 

Aceptar esa concepción de la vida me resulta cuanto menos absurdo, además de irracional, eso sin entrar a valorar una concepción tiránica de la Divinidad, en contraposición a la limitada existencia del ser humano, porque un Dios que impone un destino no sería más que la representación de un poder tiránico. 

 Tal aceptación del destino ha llevado a las religiones a hacer del poder divino un baluarte del control de sus fieles, preocupados más por temor del castigo divino que de lo divino de la vida, en su más amplia concepción, es decir, vivir con orden y libertad, dado que el desorden conduce al libertinaje y éste al caos. Hasta el punto de convertir a Dios y de cuanto le rodea en un merchandising con prolijos rendimientos económicos para hombres que dicen ser siervos de Dios; incluso pactando con el poder civil para el control de mentes habidas de la droga de las religiones.

 

 

Me viene al pelo ese pasaje del Evangelio de S. Mateo 21:12 que dice así: «12 Jesús entró en el templo y echó de allí a todos los que compraban y vendían. Volcó las mesas de los que cambiaban dinero y los puestos de los que vendían palomas. 13 «Escrito está —les dijo—: “Mi casa será llamada casa de oración”;[b]pero ustedes la están convirtiendo en “cueva de ladrones”»

Y el hombre ha vuelto a sus orígenes, cuando adulaban a dioses hechos de piedra y sacrificaban en el peor de los casos a una virgen en ofrenda por un año de buenas cosechas. De la misma manera hoy se enciende velas con formas de las diferentes partes de la anatomía humana enferma y sanada por un milagro, denominados exvotos. Recuerdo las ofrendas a San Antonio de mi suegra cuando no encontrábamos algo, aunque en este caso sí funcionaba, a pesar de que el donativo algunas veces superaba el valor de lo extraviado. 

 

En fin, al final la relación con Dios se convierte en un mercadeo a través de ofrendas por un mejor destino. “Dios mío si me curas la enfermedad que tengo salgo de rodillas en la procesión del Viernes Santo”… que está bien y respeto profundamente, allá cada uno con su forma de vivir. En definitiva, promesas a cambio de una mejor vida para nosotros y para los nuestros.

No pretendo convencer con mis argumentos, sino, sólo decir que, si hay alguien que piensa como yo que sepa que no se encuentra solo o sola. Pero, pidiendo disculpas de antemano, aunque mi intención no es ofender, un Dios como máquina expendedora de milagros me resulta un dios muy pequeño, porque no voy a ser yo quien niegue los milagros, pero de ahí a “toma y dame”, no, no lo acepto.

No acepto esta figura de un dios que pasa de ser tirano a dadivoso, en un chasquido de dos. Un dios que impone un destino que maneja a su antojo y en función de las ofrendas que reciba, me parece una historia más digna de una mente humana que de una divina. 

Y… ¿cómo es mi Dios?. Aquí, como he dicho en otras ocasiones, habría que entrar en profundidades muy profundas porque mi Dios no tiene cara y mucho menos una abultada melena y barba blanca que llega hasta sus pies, donde nos encontramos postrados todas las almas esperando el juicio final. Mi dios no tiene espada. Mi Dios es todo lo que me rodea, eres tú, es la vida, es el todo y es el nada,  el principio y el fin, en constante cambio, es el universo, los universos, la energía y la materia…la globalidad de todas ellas, no sé si me entendéis. 

Un Dios así no puede imponer barreras, porque Él no las tiene. Somos el resultado de nuestro libre albedrío, de la causalidad entendida como relación causa-efecto y del orden y prioridad que damos a nuestras acciones. Orden como manifestación de nuestra sabiduría, y del equilibrio para saber de que lado queremos estar, ¿del bien o del mal?, o lo que es lo mismo, del lado del humanismo o de la tiranía.

Lo más fácil, claro está, es mejor escudarnos en decir: “este es mi sino”

 

 

 

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