EL DESENCUENTRO

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Capìtulo I

Las maletas, junto a los paquetes y las bolsas, se esparcían por el portal, recién sacados del ascensor y a la espera de que Antonio fuera a buscar el coche en el que cargarlas. Era el paso previo de todo viaje, viajes que él y Lucía hacían con cierta frecuencia. Antonio miró la ingente cantidad de objetos que tendría que acomodar en un espacio que siempre parecía incapaz antes de empezar acomodarlo todo en su interior, y que, al final, efectivamente, resultaba incapaz. Miró a Lucía:

  • ¿Está todo? Son las once y treinta y cinco. Parece que hoy conseguiremos salir antes
  • Ya lo revisé y no nos dejamos nada. Esa camisa no te queda bien, estás empeñado en ponértela y ese estampado no está ya de moda.
  • Pero a mí me encanta, como me encanta ese vestido de rayas que llevas. Te hace especialmente guapa –respondió Antonio, con una sonrisa casi pícara- Bueno, pues voy a por el coche.

 

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Lucía miró como se alejaba Antonio. Odiaba aquella camisa que Antonio se ponía indefectiblemente cuando salía de viaje, ¡Qué manía! Cuando Antonio dobló la esquina empezó a organizar el batiburrillo de bultos según sabía que a él le gustaba, primero los grandes, y al final las bolsas y los bolsos. Miró el reloj, las once y cuarenta y tres. Antonio tardaba. El coche estaba a una manzana. Siempre pasaba lo mismo, por h o por b acababan saliendo tarde. Seguro que se había entretenido mirando algo en el móvil.

A las once y cincuenta y siete Lucía empezó a llamar a Antonio, que no cogía el teléfono. A cada llamada su sentimiento de indignación se iba trocando en preocupación, y una congoja que le impedía respirar con facilidad y un escozor incómodo que le hacía lagrimear los ojos. A las doce quince, al hacer la llamada una voz anónima, de mensajes de la compañía telefónica dijo:

  • El número marcado no existe

Se derrumbó. El historial de llamadas daba que había estado llamando a un número desconocido, y en la agenda del teléfono no figuraba el nombre de Antonio, ni su número. Asustada llamó a la policía.

Años más tarde, recordaba todo lo sucedido y lo comentaba con Ana, su mejor amiga. Nunca, nadie, había vuelto a saber de Antonio, ni siquiera la policía. El coche estaba aparcado donde lo habían dejado la tarde anterior. Nunca, nadie, usó las tarjetas o intentó hacer algún movimiento en las cuentas comunes. El caso se archivó y pasó a ser un número más en las estadísticas de personas desaparecidas, de casos sin resolver.

 

Capìtulo II

Las maletas, junto a los paquetes y las bolsas, se esparcían por el portal, recién sacados del ascensor y a la espera de que Antonio fuera a buscar el coche en el que cargarlas. Era el paso previo de todo viaje, viajes que él y Lucía hacían con cierta frecuencia. Antonio miró la ingente cantidad de objetos que tendría que acomodar en un espacio que siempre parecía incapaz antes de empezar acomodarlo todo en su interior, y que, al final, efectivamente, resultaba incapaz. Miró a Lucía:

  • ¿Está todo? Son las once y treinta y cinco. Parece que hoy conseguiremos salir antes
  • Ya lo revisé y no nos dejamos nada. Esa camisa no te queda bien, estás empeñado en ponértela y ese estampado no está ya de moda.
  • Pero a mí me encanta, como me encanta ese vestido de rayas que llevas. Te hace especialmente guapa –respondió Antonio, con una sonrisa casi pícara- Bueno, pues voy a por el coche.

Antonio se puso en camino. El coche estaba apenas a la vuelta de la esquina. Según caminaba sonó el móvil, era del despacho. Atendió la llamada, y mientras hablaba, como cualquier persona normal, perdió el control de su entorno. Anduvo hacia delante, hacia atrás, llegó hasta el coche, metió la llave y lo abrió. Desanduvo unos pasos, y volvió. Abrió la puerta, la volvió a cerrar y se alejó unos pasos, hablando con una voz innecesariamente alta. Finalmente colgó y volvió al coche. Las once y cuarenta y tres, Lucía estaría ya impaciente y de mal humor. Arrancó, se puso el cinturón y justo cuando iba a maniobrar, un transporte de contenedores lo sobrepasó y paró apenas dos vehículos más adelante, donde un contenedor de obra a rebosar esperaba su recogida. Intentó llamar a Lucía, pero comunicaba. Estaría hablando con Ana.

A las once y cincuenta y siete el portacontenedores remató sus maniobras y pudo al fin ponerse en marcha. Lucía seguía comunicando. Y Antonio dejó de llamar. Al llegar al portal no vio a Lucía, ni había ninguna maleta, paquete o bolsa a la vista. Llamó al portero automático y nadie contestó en casa. Volvió a llamar a Lucía, por si se había enfadado por la tardanza y había hecho alguna tontería. A las doce quince, al hacer la llamada una voz anónima, de mensajes de la compañía telefónica dijo:

  • El número marcado no existe

Se derrumbó. El historial de llamadas daba que había estado llamando a un número desconocido, y en la agenda del teléfono no figuraba el nombre de Lucía, ni su número. Asustado llamó a la policía.

Años más tarde, recordaba todo lo sucedido y lo comentaba con algunos amigos. Nunca, nadie, había vuelto a saber de Lucía, ni siquiera la policía. Las maletas y todo su contenido faltaban de la casa. Nunca, nadie, usó las tarjetas o intentó hacer algún movimiento en las cuentas comunes. El caso se archivó y pasó a ser un número más en las estadísticas de personas desaparecidas, de casos sin resolver.

 

Capìtulo III

Las maletas, junto a los paquetes y las bolsas, se esparcían por el portal, recién sacados del ascensor y a la espera de que Antonio fuera a buscar el coche en el que cargarlas. Era el paso previo de todo viaje, viajes que él y Lucía hacían con cierta frecuencia. Antonio miró la ingente cantidad de objetos que tendría que acomodar en un espacio que siempre parecía incapaz antes de empezar acomodarlo todo en su interior, y que al final, efectivamente, resultaba incapaz. Miró a Lucía:

  • ¿Está todo? Son las once y treinta y cinco. Parece que hoy conseguiremos salir antes
  • Ya lo revisé y no nos dejamos nada. Esa camisa no te queda bien, estás empeñado en ponértela y ese estampado no está ya de moda.
  • Pero a mí me encanta, como me encanta ese vestido de rayas que llevas. Te hace especialmente guapa –respondió Antonio, con una sonrisa casi pícara- Bueno, pues voy a por el coche.

Lucía miró como se alejaba Antonio. Odiaba aquella camisa que Antonio se ponía indefectiblemente cuando salía de viaje, ¡Qué manía! Cuando Antonio dobló la esquina empezó a organizar el batiburrillo de bultos según sabía que a él le gustaba, primero los grandes, y al final las bolsas y los bolsos. Miró el reloj, las once y cuarenta y tres. Antonio tardaba. El coche estaba a una manzana. Siempre pasaba lo mismo, por h o por b acababan saliendo tarde. Seguro que se había entretenido mirando algo en el móvil.

Antonio se puso en camino. El coche estaba apenas a la vuelta de la esquina. Según caminaba sonó el móvil, era del despacho. Atendió la llamada, y mientras hablaba, como cualquier persona normal, perdió el control de su entorno. Anduvo hacia delante, hacia atrás, llegó hasta el coche, metió la llave y lo abrió. Desanduvo unos pasos, y volvió. Abrió la puerta, la volvió a cerrar y se alejó unos pasos, hablando en una voz innecesariamente alta. Finalmente colgó y volvió al coche. Las once y cuarenta y tres, Lucía estaría ya impaciente y de mal humor. Arrancó, se puso el cinturón y justo cuando iba a maniobrar, un transporte de contenedores lo sobrepasó y paró apenas dos vehículos más adelante, donde un contenedor de obra a rebosar esperaba su recogida. Intentó llamar a Lucía, pero comunicaba. Estaría hablando con Ana.

A las once y cincuenta y siete el portacontenedores remató sus maniobras y pudo al fin ponerse en marcha. María, que intentaba llamarlo a él, seguía comunicando. Y Juan dejó de llamar. Al llegar al portal, serían las doce y quince, María estaba impaciente y enfadada. Le explicó lo que había pasado mientras acomodaba el equipaje en el maletero y cuando se montaron en el coche, a María se le había pasado el enfado. Con su vestido vaquero, a juego con la camisa de Juan, estaba especialmente atractiva.

Años más tarde, recordaban aquel viaje como uno de los más felices que habían hecho nunca, y lo comentaban con sus amigos, a los que conocieron en su transcurso, Lucía y Antonio

 

Capìtulo IV

Eran las once y treinta y cinco. El portal, polvoriento, abandonado desde hacía años, mostraba todo un catálogo de basura y escombros que se habían acumulado en todo ese tiempo sin que nadie transitara por él. Nadie usaba ya el ascensor, nadie subía y bajaba sus escaleras, como seguramente había sucedido en otros tiempos. A las once y cincuenta y siete, si hubiera habido alguien mirando, habría observado unas sombras, unas luces que parecían personas moviéndose por el portal. Una esperaba, otra se iba. A las doce y quince la figura que se había quedado se duplicó. A las doce y quince entraron dos figuras, una con camisa estampada, otra con camisa, vaquera. A las doce y quince dos parecieron salir, y las otras dos se desvanecieron.

Años más tarde, el edificio fue derribado para construir un nuevo edificio, más al gusto de la época. Durante las obras, a las doce y quince, los obreros encontraron unas maletas, bolsas y bolsos. Una de las maletas tenía una etiqueta que ponía “Lucía y Antonio”, pero, al parecer, nadie, nunca, había reclamado aquellos enseres, incluidos documentos, alguna joya y algo de dinero. Avisaron a la policía, que miró entre su archivo de objetos cuya desaparición hubiera sido denunciada, pero nunca encontraron nada con esos nombres.

Encontraron algo parecido, curiosamente parecido, curiosamente en aquella misma dirección, pero estaba a nombre de Juan y María. Nada que ver. De todas formas, y por asegurarse, indagaron en el historial de vecinos de aquel inmueble. No había ningún Juan, o María, pero sí una pareja de nombre que habían vivido allí hacía años de nombres Lucía y Antonio, pero ambos figuraban como desaparecidos desde hacía años. Nadie, en la comisaría recordaba nada sobre el caso. Los objetos de valor fueron subastados, y el resto siguió diferentes destinos.

Alguna vez, de vez en cuando, alguien sacaba a colación el misterioso caso de Pedro y Gertrudis, que habían desaparecido dejando abandonado todo el equipaje. Pero transcurrido el tiempo aquello se convirtió en una historia que se contaba como inventada. «Un desencuentro», que alguien les había puesto por nombre a esas fabulaciones.

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