EL CORAJE QUE NO HIZO RUIDO

Una flor entre ruinas y escombros

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Este relato se inspira en la vida real de una mujer heroica. El brillo de su espíritu ilumina las páginas más oscuras de la historia que le tocó vivir. Ejemplo de decencia, de coraje y humanidad, se enfrentó al mal exponiendo su propia existencia en múltiples ocasiones. Y, pese al miedo que sentía, fue leal a sí misma, a sus convicciones, al legado heredado, e hizo lo correcto. La Gestapo la sometió a un tormento infernal, en el que muchos terminaban quebrándose, pero ella no sucumbió. No lograron arrancarle una sola palabra. Soportó todo tipo de vejaciones por salvar a seres inocentes que ni siquiera conocía. Sucedió durante la Segunda Guerra Mundial, una época tenebrosa que asolaba y estremecía Europa.

Prisión de Pawiak, Varsovia, diciembre de 1943

En un rincón de la celda de la prisión de Pawiak, hacinada junto a otras doce mujeres, una joven trataba de sobreponerse al terror que la invadía. Con el cuerpo maltrecho, huesos fracturados, y una constante desazón provocada por las chinches que se ensañaban con sus heridas, permanecía en una vigilia constante. Luchaba en su interior para conservar la lucidez y no claudicar ante las torturas más abyectas aplicadas por la Gestapo.

Prisión de Pawiak, Varsovia,

No sabía qué temía más: si que los oficiales la condujeran al cuartel general para interrogarla de nuevo, o que su nombre apareciera en la lista de condenados a muerte que los nazis elaboraban y leían en voz alta cada mañana. ¡Sus fuerzas estaban al límite! Los recientes episodios de sadismo sufridos a manos de los alemanes —ensañándose al golpearla con los puños y las botas de cuero, propinándole patadas, latigazos y feroces insultos— la sobrecogían.

A pesar del tiempo que la Gestapo llevaba torturándola en las dependencias de la calle Szucha, no habían conseguido someterla. Ella se centraba en resistir. Pero ¿cuánto tiempo más podría soportar? Sospechaban que transmitía algún tipo de información a la resistencia, aunque no creían en absoluto que la mujer rubia, menuda, anodina que tenían ante ellos —y a la que menospreciaban— fuese un activo trascendental.

Se trataba de Irena Sendler: ‘El Ángel del gueto de Varsovia’

Mucho más que sus heridas le preocupaban las listas que había hecho con los nombres de los niños liberados del gueto y entregados al cuidado de familias católicas, de manera clandestina. Solo ella conocía esas identidades; las había anotado con una clave de su propia invención, en papel de fumar, enrollado y escondido en tarros de vidrio. En caso de que los nazis la fusilasen, los niños no podrían reencontrarse con sus familiares una vez finalizada la guerra; se perderían sus identidades.

Irena Sendler:

Esa idea la martirizaba y, al mismo tiempo, le insuflaba una fuerza extra para aguantar.

Irena, también apodada como la Schindler femenina o la heroína de Polonia, se encontraba en Pawiak por la denuncia de una empleada de la lavandería que la reconoció bajo tortura. Miembros de la resistencia utilizaban el local para intercambiar mensajes escondidos entre la ropa. La mujer interrogada desconocía quién era en realidad Irena, y solo ese dato había logrado salvarla… de momento.

En la prisión, destinada en un principio a los “intelectuales” (presos políticos), imperaba una ley brutal entre los carceleros. Intentaban minar la moral de las reclusas utilizando todo tipo de ultrajes, matándolas arbitrariamente si algo no les agradaba. Alternándolas al azar, seguidamente les descerrajaban un tiro en la frente, sembrando el terror y el trauma en quienes sobrevivían a ese “juego macabro”, convertido en una especie de suerte. A Irena, los hados la visitaron al salvarla en una de esas ocasiones.

Muchas de las presas con las que Irena coincidía en la celda eran madres. Aquellas mujeres vivían una angustia extrema sin saber qué suerte esperaba a sus hijos. Compartían sus desafortunadas vidas y, entre susurros, hacían circular la historia de los niños que habían logrado huir con la ayuda clandestina de la resistencia. Ignoraban que la mujer torturada y maltrecha, la trabajadora social que se consolaba y rezaba junto a ellas, era quien había arriesgado su propia vida para salvar a todos aquellos niños judíos de una muerte segura en el gueto.

Una organización de resistencia llamada Zegota

El Consejo de Ayuda a los Judíos era una organización secreta, con un nombre en clave: Zegota. Integradas en ella se encontraban las Fuerzas Especiales Insurgentes. La dirigía Basia Dietrich y estaba dedicada a proporcionar alimentos y medicinas a los más vulnerables, así como a salvar a los niños judíos, sacándolos a escondidas del gueto. Basia había sido fusilada a las puertas de la prisión y su muerte provocó en Irena un profundo desgarro en el alma.

Los líderes de la organización habían contactado con Irena al conocer las actividades que llevaba a cabo por su cuenta. Le proporcionaron los recursos necesarios para seguir con las operaciones encubiertas, y desde entonces fueron colaboradores. Uno de los dirigentes, Julian Grobelny, le hizo llegar un mensaje secreto: le comunicaba que estaban haciendo lo posible por liberarla.

 

Cuando el atardecer se apoderaba del interior de la celda, a ella se le encogía el corazón pensando en el día siguiente: ¿se encontraría su nombre en la fatídica lista? Aun así, se decía a sí misma que las sombras lóbregas de aquel tiempo pasarían, y que los niños que había logrado poner a salvo, asumiendo tan elevado coste, darían testimonio al mundo de la barbarie sufrida.

Desde el rincón que ocupaba en la celda, con los ojos semicerrados, amparada por la penumbra y el silencio —roto a veces por algunos quejidos y las cegadoras luces de las linternas de los carceleros—, se aferraba con todo su ser a la imagen de Jesús y se sumía en los buenos recuerdos de su infancia, manteniendo viva la llama de la esperanza.

Irena tenía muy presente el legado y las palabras de su padre, el doctor Stanislaw Krzyzanowski, sobre la bondad o la maldad de las personas, sin importar el credo o la procedencia. ¡Lo que importaba era la persona!

 

Fin de la primera parte

 

 

1 COMENTARIO

  1. Me ha estremecido este relato. La crueldad humana sólo es superada por el valor y la bondad de los héroes y heroínas.

    Hacen falta muchos artículos como este, que pongan de manifiesto la historia, porque algo así no debe ser olvidado.

    Gracias.

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