EL CORAJE QUE NO HIZO RUÍDO (5ª PARTE)

Una heroína entre sombras

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Los viejos y oxidados goznes de la celda chirriaron cuando la puerta se abrió, y un haz de luz se coló, hiriendo la penumbra. Entre el denso y sepulcral silencio que siguió, a Irena le pareció escuchar, como en un susurro lejano, su nombre y, por un instante, los latidos de su corazón se ralentizaron mientras su esperanza se desvanecía…

Un nuevo crujido marcó el compás de su angustia. Otro oficial apareció desde la sombra bajo el umbral y, sin apenas mirarla, le ordenó que lo siguiera. Se irguió con dificultad, apoyando las manos sobre el sólido y frío muro. Cojeando, impregnada de un nauseabundo olor a humedad y ceniza, comenzó a arrastrar sus propios pasos por el interminable corredor, en cuyos recovecos se escondían decenas de trágicas historias. Avanzó con lentitud camino de su ejecución, malherida, creyendo ver los tiernos rostros de aquellos a quienes había salvado… Por un instante, una sonrisa breve, trágica, se dibujó en su demacrado rostro. 

La bruma del presente se mezclaba con la del pasado

Carcel nazi

En octubre de 1940

Hacía poco más de un año que los alemanes ocupaban Polonia. Para los judíos, era una temeridad abandonar sus casas y aventurarse por las calles de Varsovia. Los antisemitas polacos, alentados por los nazis, los asaltaban en cuanto descubrían que portaban el brazalete con la estrella de David. Recibían insultos y brutales palizas, de las que la sangre no tardaba en brotar. La violencia, cada vez más indiscriminada, traspasó límites insospechados, haciéndose insostenible en todas las ciudades del país.

Adam pertenecía a una burguesía ilustrada, de izquierdas, y temía por la seguridad de Irena, pues ya no era un secreto que mantenían una relación sentimental. Las leyes vigentes impuestas por los alemanes prohibían las parejas mixtas como la suya. Como judío, estaba obligado a llevar en el brazo el brazalete con la estrella de David, e Irena, en un gesto de solidaridad y como medida de precaución, decidió lucirlo también para evitar las represalias de los nazis y la furia de los antisemitas polacos.

Aún perduraba en su memoria la conmoción provocada por el pogromo organizado meses atrás por un millar de matones polacos. Armados con barras de metal, palos y sogas, y al grito de “¡Queremos una Varsovia libre de judíos!”, se lanzaron a una cacería salvaje que terminó con diez judíos linchados y más de quinientos heridos, muchos de ellos de gravedad.

El origen del gueto

Un cercado de alambre de espino rodeaba un área de setenta y tres calles, abarcando parte de barrios judíos como Muranów, Mirów o Nowolipki, muchos de cuyos edificios presentaban graves daños por los bombardeos. Por orden del gobernador Ludwig Fischer, los judíos del lado ario debían trasladarse al gueto, mientras que los arios de los barrios obreros se desplazarían a las zonas residenciales. La comunidad judía sufragaría la construcción de un muro de tres metros de altura y dieciocho kilómetros de longitud, lo que obligó a Adam a abandonar su acogedor hogar y sus amados libros.

La creación de guetos urbanos formaba parte de un plan del Tercer Reich destinado a aniquilar a los judíos polacos. Hans Frank, como gobernador general de los territorios ocupados y bajo las órdenes directas de Reinhard Heydrich, se encargó personalmente de levantar el mayor gueto de Europa. El gobernador, apodado “el verdugo de Varsovia” por su extremada crueldad, era otro de los ideólogos del nazismo, al nivel de Heinrich Himmler, Rudolf Hess o Alfred Rosenberg.

Levantamiento-del-Gueto de Varsovia

Todos los amigos judíos de Irena tuvieron que mudarse de vivienda: Rachela Rosenthal, Ewa Rechtman, el abogado Józef Zysman, siempre tan meticuloso con los papeles… Aunque aún nadie parecía percatarse, la “limpieza étnica” ideada por los nazis ya había comenzado. En un espacio pensado para unas ochenta mil personas llegaron a hacinar hasta medio millón.

La vida en el gueto

Las condiciones precarias, hacinamiento, pobreza, insalubridad provocaron brotes epidémicos. Adam se sumió en una actitud de apatía y profunda depresión; para sobrevivir era imprescindible librar cada día una nueva batalla. Irena se convirtió en el bastión que lo sostuvo, con fuerza y determinación. Ella se negaba a rendirse ante el pesimismo, buscaba subterfugios y soluciones para enfrentar y engañar a los alemanes. Al principio, las puertas solo se cerraban de noche, y el comercio fluía. Había quien pensaba que era cuestión de aguantar, agachar la cabeza y aquello pasaría.

Irena acudía de día con alimentos, medicinas de contrabando y dinero escondido en el dobladillo de su abrigo. Se deslizaba como una sombra entre el laberinto de calles abarrotadas, edificios en ruinas, y miradas furtivas llenas de desconfianza, consciente de que un solo error podía costarle la vida. Cada paso que daba la enfrentaba al hambre, la enfermedad, y al más profundo desamparo.

Un mes después, los alemanes decretaron el cierre total, alegando que los judíos eran transmisores de enfermedades. Una clara advertencia se difundió como un reguero de pólvora entre la población, quien desobedeciese sus normas e intentase ayudar sería ejecutado. Durante la semana del Sabbat, las puertas aún se mantuvieron abiertas, y muchos polacos acudieron a visitar a sus amigos con alimentos y flores. No todos eran antisemitas; sin embargo, el ambiente de terror que imperaba les impedía desafiar a los nazis.

Las consecuencias del cierre no se hicieron esperar, las raciones escasearon y la desnutrición comenzó a causar estragos entre los más vulnerables -niños, ancianos, enfermos-. No había otra forma de sobrevivir que recurrir al mercado negro. Muchos niños pequeños perdieron la vida a manos de los alemanes, que no titubeaban en disparar cuando les descubrían intentando colarse entre las rendijas del muro, solo para conseguir unas patatas o una hogaza de pan. A partir de entonces, entrar era imposible sin un pase especial, y cualquier intento sin él costaría la vida.

Salvando a los niños del horror

Irena no podía permanecer impasible mientras se exterminaba al pueblo judío y buscó ayuda en el jefe del departamento de Sanidad, el doctor Juliusz Majkowski. Aprovechando el miedo de los nazis a contagiarse por una epidemia de cólera, se las ingenió para falsificar un pase. Cuando los alemanes ordenaron a los polacos hacerse cargo de la situación, Irena no desaprovechó la oportunidad, consiguió certificados identificativos del cuerpo sanitario para ella, su amiga Irka Schultz y otras mediadoras, y hasta 1943 entraron y salieron del gueto de manera legal.

niño gueto varsovia

Por las calles de la zona aria de Varsovia cientos de niños deambulaban solos -unos cuatro mil-, en su gran mayoría eran huérfanos, otros habían logrado escapar del gueto en compañía de sus desesperadas familias. Famélicos, sucios e infestados de piojos, se dedicaban a robar y mendigar. Los hados quisieron que fuese Irka, y no un soldado alemán, quien encontrase a Wanda, una niña de ocho años, que temerosa y desfallecida se escondía bajo una alcantarilla, ajena al peligro que la rodeaba. La única oportunidad de salvar a aquellos niños era colocarlos en el orfanato católico del padre Boduen, o que fuesen adoptados por familias católicas, sabiendo que los certificados de nacimiento eran falsos.

La célula de resistencia que Irena había creado junto a las trabajadoras de Bienestar Social del entorno de la doctora Radlinska operaba en la clandestinidad, extremando precauciones, pues los inspectores revisaban el destino de las ayudas. Los alemanes descubrieron irregularidades en sus expedientes, la acusaron de ayudar a los judíos del gueto y la trasladaron a la fuerza a Grochów, lejos del hogar que compartía con su madre. Aunque aquel hecho quedó en un susto, la experiencia la obligó a ser aún más precavida.

El grupo de Irena seguía aumentando, ya contaba con doce miembros, todos unidos por un mismo objetivo y arrojo. Al erigirse en enlace entre diferentes personas que vivían a ambos lados del muro, adoptó un nombre en clave para protegerse a sí misma y a los demás. Aquel invierno logró salvar la vida de muchos judíos gracias a falsificar los certificados y encontrarles refugio. Irena también colaboraba con Ewa, la cual dirigía un comité o grupo altruista de jóvenes de la resistencia, Jugendkreise, que recibían formación de todo tipo, incluida la sanitaria.

Irena ideó un plan para sacar a los niños y ponerlos a salvo en el lado ario. Era muy arriesgado, cada operación requería coordinar a varias personas y la confianza era vital, en un clima donde se palpaba el miedo y las suspicacias. Pero aquellos no eran tiempos para la duda o la indecisión. En los meses siguientes, con la colaboración de una joven polaca llamada Wladka, lograron recolocar a muchos niños judíos con familias arias, gracias a una remuneración económica proporcionada por el Ayuntamiento. Otros miembros de la resistencia falsificaban los documentos.

Mientras tanto, inquietantes historias comenzaron a circular, y muchas familias pidieron ayuda a Irena para trasladar a sus hijos del gueto. Ocurrió algo insólito, un joven llamado Szlama Ber Winer logró escapar del campo de concentración de Chelmno y, al llegar a Varsovia, contó cómo miles de judíos habían sido asesinados con gas en enormes contenedores en el bosque. Muchos dudaron de su relato, pero otros le creyeron y, aterrorizados, decidieron actuar.

Treblinka

El Tercer Reich estaba a punto de culminar la última fase de su macabro plan. Al final de la primavera se iba a inaugurar un nuevo campo, Treblinka, apenas a cien kilómetros de Varsovia. No estaba diseñado con el propósito de reubicar a los judíos, como querían hacer creer los nazis con su propaganda maliciosa, si no que se trataba de la “solución final” para exterminarlos. El dirigente de las SS Hermann Hoffle puso en conocimiento del Consejo de Varsovia su voluntad de trasladarlos para su “reasentamiento”. Era el 22 de julio de 1942.

Los grupos que trabajaban con la resistencia, incluido el de Irena, no tenían tiempo que perder. Ahora su lucha era contra un mal en estado puro, y contrarreloj. Irena se centraría con mayor empeño en la evasión y el salvamento de los niños que aún quedaban en el gueto. Intentaría salvar al mayor número posible de personas de la muerte horrible que les aguardaba en Treblinka; un campo de horror y muerte, que formaba parte de la Operación Reinhard, uno de los principales ideólogos del Holocausto, conocido por Hitler como “el hombre con el corazón de hierro”.

Los nazis andaban tras la pista de una enigmática espía…

“Todavía llevo en mi cuerpo las marcas que aquellos ‘superhombres’ alemanes me hicieron” Irena Sendler

Continuará…

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