Un ruido metálico, acompañado de un vocerío deshumanizante, recorrió el largo y ancho corredor. Las súplicas y los golpes parecían provenir de una estancia cercana. Los escalofriantes sonidos acrecentaron, si cabe, el pánico entre las reclusas. ¡Cuánto sufrimiento y cuánta atrocidad! No había rastro de humanidad en los nazis. ¡Justicia! Una palabra tan noble, de significado elevado y hermoso, y tan denigrada en aquellos fatídicos días.
Una mañana más, el impasible carcelero aparecería y, con estruendosa voz, leería uno a uno los nombres de las condenadas. Irena se preguntó si su nombre estaría en la lista. Una vez más, pensó desesperadamente en los niños cuya identidad, su futuro y el de sus familias dependían solo de ella … ¿Sería aquel el día, el precio a pagar por haber desafiado los abusos del poder y defendido a quienes nadie escuchaba?
Años atrás…
La expulsión de la Universidad de Varsovia
El férreo sentido de la justicia que la poseía era esencial a su personalidad. Defender a ultranza sus valores y posicionarse junto a las víctimas había tenido un alto coste en el pasado reciente. Su artículo Los hombres de Polonia, una vehemente defensa de los derechos de las madres solteras, y su negativa a acatar la nueva norma que segregaba a los estudiantes judíos del resto, propiciaron su expulsión de la prestigiosa universidad.

La ignominiosa orden fue impulsada por las juventudes del partido Democracia Radical y por violentos ultranacionalistas de Campo Nacional Radical, -ilegalizado en 1934-. Consistía en una serie de normas legislativas de carácter racista y antisemita, aprobadas por el partido nazi en septiembre de 1935, en la ciudad de Núremberg, Alemania. Los “arios” debían ocupar los asientos de la derecha y los judíos, los de la izquierda. Algunos alumnos, entre ellos Irena, se negaron a acatarla, permaneciendo en pie.
Los ultraderechistas, liderados por un desalmado llamado Jan Mosdorf, se exhibían por aulas y pasillos con unas cintas verdes en los brazos. Seducidos por los discursos xenófobos de Hitler, los radicales actuaban impunemente, cometiendo todo tipo de desmanes. En una ocasión, Irena desafió a un matón y recibió un puñetazo en la cara que la derribó, bañada en sangre e inconsciente. En la Universidad Libre de Polonia fue distinto, los salvajes ultras eran recibidos entre abucheos y chorros de agua por los estudiantes, a los que se unían los profesores, como la doctora Radlińska.
Una decisión crucial
Mientras un clima de violencia y creciente hostilidad se gestaba, Mietek trabajaba duramente para labrarse un futuro. Obtuvo una plaza permanente en la Universidad de Poznań, recompensa a su esfuerzo y tesón. Irena se encontró ante un dilema: renunciar a sus proyectos para seguir a su marido o quedarse en Varsovia. Decidió lo último, aunque no se divorciaron para no perjudicar a Mietek. Se trasladó al piso de su madre, en el distrito de Wola, y consiguió finalizar las asignaturas pendientes. Su graduación estuvo empañada por las noticias preocupantes que circulaban, la guerra con Alemania parecía inevitable.
El 30 de agosto de 1939 acudió a la estación a despedir a Mietek, había sido movilizado para luchar en el frente. Oficialmente seguía siendo su marido y, además, su cariño permanecía intacto. Irena sabía que Adam estaba en una situación similar y que también partía en el tren. La incertidumbre, una calma tensa y las lágrimas circulaban entre los reclutas y sus familiares. Irena volvió a su trabajo acongojada, palpando la tristeza a su alrededor; no había nadie que no tuviese a un ser querido enrolado.
El amanecer rojo del 1 de septiembre de 1939
A las seis de la madrugada, inesperada y bruscamente, las sirenas de las alarmas antiaéreas sonaron con insistencia. Irena y su madre, asustadas, se lanzaron a la calle enfundadas en sus batas. Los vecinos, perplejos, salían a la carrera de sus hogares. Las miradas oteaban el horizonte en busca de la amenaza que se cernía sobre ellos. Apremiados por los guardias, regresaron a sus casas. Con una taza de café caliente entre las manos y la desolación en el alma, escucharon en la radio la demoledora noticia: Hitler había invadido Polonia; estaban en guerra.

La voz grave y solemne del alcalde de Varsovia quebró el eventual silencio, solicitaba a los empleados municipales acudir a sus puestos. Irena se sobrepuso y reaccionó de inmediato. Aun temiendo por su vida, cogió la bicicleta y pedaleó veloz por las calles desiertas hasta el Ayuntamiento. Pensaba en todo lo que habría que organizar: ayudas para los afectados por los bombardeos, medicinas, mantas, comida…
El rugido de los aviones y el estruendo de las bombas hicieron temblar los cimientos de la ciudad, y con ellos a sus habitantes que, aterrorizados, corrieron a refugiarse en los sótanos. Encogida y angustiada, su pensamiento voló hacia su madre, su marido y Adam. Le espantaba la sola idea de que les hubiese ocurrido una desgracia. Irena rezó con fuerza en su interior.
Un antes y un después
Al abandonar el refugio, una imagen dantesca la sobrecogió. El cielo aparecía ennegrecido, los edificios ardían, apenas se podía ver ni respirar en medio del polvo y la ceniza… cadáveres desperdigados, caballos que agonizaban. Entre humo y pavesas, la gente gritaba ensangrentada pidiendo auxilio. El alcalde de la ciudad, dando ejemplo, lideró la organización de equipos de trabajo para crear puestos de ayuda a la ciudadanía.
La ciudad, aun en estado de shock y envuelta en humo, no tuvo respiro. El día 8 de septiembre, los nazis iniciaron el combate terrestre. El general Walerian Czuma dirigió a su valeroso ejército en un intento por repeler los ataques. Las alarmas sonaban constantemente, los incendios no cesaban, la comida empezó a escasear y el suministro de agua -dañado por las bombas nazis- dejó de funcionar. La central eléctrica, también bombardeada, cortó la señal de la radio polaca.
El 24 de septiembre, más de mil aviones de la Luftwaffe sobrevolaron el cielo de Polonia en un ataque brutal y sin precedentes. Alrededor de cuarenta mil civiles perdieron la vida durante los bombardeos. Millares de muertos y heridos yacían por doquier. Varsovia parecía una ciudad fantasmal. A la doctora Radlińska la rescataron de entre los escombros, herida. Por fin, el 27 de septiembre, ante la insostenible situación, el gobierno polaco firmó la rendición y los alemanes ocuparon la capital.
La desigual guerra se cobró la vida de setenta mil combatientes polacos; más de seiscientos mil fueron capturados y trasladados a Alemania y la Unión Soviética, entre ellos Mietek. Adam fue liberado junto a otros judíos, los nazis tenían otros planes para ellos.
El surgimiento de la resistencia
Tras la ocupación, la ciudad quedó bajo el control de Hans Frank y sus hombres. Siguiendo las instrucciones del despiadado jefe de la Gestapo, Reinhard Heydrich, de quien Hitler decía: “es un hombre con un corazón de hierro” -y uno de los principales autores del Holocausto-, cada aspecto de la vida judía estaba bajo su control. Expropiaron empresas y granjas, restringieron libertades y les impidieron asistir a actividades culturales, ejercer cargos públicos o gestionar sus cuentas bancarias. No podían caminar por los parques, viajar en tren ni utilizar el teléfono; cerraron sus sinagogas y les obligaron a llevar la estrella de David para reconocerlos.

Los católicos polacos también sufrieron escarnio y hostigamiento. Eran despreciados como inferiores a los arios, calificados de Untermenschen, “subhumanos”. Entre los planes del Tercer Reich estaba la “limpieza étnica” del pueblo polaco y la aniquilación de su cultura. Hitler dio instrucciones precisas para eliminar a los “intelectuales”, es decir, todos los que tuvieran voz: profesores, maestros, médicos, abogados, científicos, escritores… Empezaron por destruir escuelas y universidades, y quemar bibliotecas. Unos cincuenta mil polacos fueron ejecutados o deportados a los campos de concentración.
En medio de este clima de terror, los polacos no tardaron en crear un amplio movimiento de resistencia, salvo los grupos de extrema derecha que apoyaron a los nazis. Irena comprendió con claridad que no bastaba con sobrevivir, había que actuar. Ella y un reducido grupo de amigas comenzaron a organizar discretamente redes de ayuda: recogían información, creaban escondites y buscaban formas de proteger a los más vulnerables. En su mente y corazón, empezó a trazar un plan que parecía imposible de lograr, pero necesario: salvar a cuantos más niños del horror que se cernía sobre ellos.
Una energía interior la impulsaba a desafiar las reglas de la ocupación. Cada acción implicaba un riesgo extremo, poniendo una y otra vez su vida en peligro, pero también encendía una luz de esperanza en sus días más oscuros. Se aferraba a su fe con todas sus fuerzas.
En el presente…
En la celda, escuchó los pasos del soldado que se acercaba. Intentó mantenerse lúcida, sin sucumbir al pavor. ¿Habría fallado el plan de Zegota para liberarla?
Los nazis aún no habían descubierto quién era… ni la identidad secreta que Irena protegía, con cada golpe en su cuerpo y en cada latido de su corazón.




