Me educaron en la creencia de que cuando una persona se está ahogando hay que echarle una mano, independientemente de su religión o nacionalidad. —Irena Sendler

Ni el terror que la sobrecogía, ni el frío metal de los barrotes, la suciedad, los lamentos o las amenazas deshumanizantes de los nazis consiguieron encarcelar la mente de Irena. Su pensamiento volaba alto y libre, venciendo cualquier obstáculo que le impidiera abrazar tiernamente sus raíces.
Había nacido en la bulliciosa Varsovia el 15 de febrero de 1910, en el Hospital Católico Espíritu Santo. Su padre, Stanislaw Krzyzanowski, humanista notorio y médico especializado en enfermedades infecciosas, buscaba afianzar su carrera en la capital. Su madre, Janina Grzybowski, amaba intensamente la cultura y el teatro, además de colaborar en el trabajo social de su esposo.
El traslado a Otwock
Con apenas dos años, Irena enfermó de tos ferina. Sus padres, a fin de facilitar su curación, decidieron trasladarse a la reputada localidad de Otwock. Dotada de un microclima especial, con clínicas y balnearios especializados en enfermedades respiratorias, se había convertido en un lugar de privilegio para las clases pudientes. La cercana y atractiva ciudad se extendía a orillas del río Vístula, ofreciendo un entorno idílico y saludable, rodeada de frondosa vegetación.
No tardó en circular entre la población la amabilidad del doctor Krzyzanowski y su excelente profesionalidad. Su innata compasión y firmes principios lo llevaban a atender a todos los que necesitaban ayuda, sin distinción: ricos o pobres, católicos o judíos. Le preocupaban sobremanera los crecientes discursos antisemitas y las proclamas xenófobas de conservadores y ultranacionalistas. La Polonia que él amaba —y de la que se enorgullecía— había sido, desde la época de la Inquisición, uno de los países más tolerantes y acogedores de Europa.
En el sanatorio que dirigía su padre —y del que era propietario uno de sus tíos—, Irena creció compartiendo juegos con niños judíos que acudían a la consulta con sus madres. Se familiarizó con el yidis, con su lengua y sus tradiciones, y degustó sus dulces. Aprendió el verdadero valor de la amistad, sin distinciones raciales, y forjó lazos que perdurarían, respetándolos y queriéndolos igual que a otros niños católicos.
En ocasiones, Irena acompañaba a su padre en el carruaje tirado por caballos cuando recorría la ciudad para visitar a los enfermos. Su mirada infantil se detenía asombrada en las casas humildes y en las ropas desgastadas. Pero también presenció la tierna devoción que le profesaban y la gratitud con la que lo recibían, como a un bienhechor. Aquella mezcla de necesidad y dignidad tejió en la memoria de su alma un recuerdo indeleble.
Consecuencias de la 1ª Guerra Mundial
El ambiente apacible que imperaba en Otwock contrastaba con la agitación de las grandes ciudades. Todo se truncó con la llegada de la Primera Guerra Mundial, en 1914. El país se vio abocado a una situación de extrema necesidad, pues faltaban alimentos y medicinas. Muchos habitantes no tuvieron más remedio que recurrir al mercado negro para sobrevivir.
Las deplorables condiciones higiénicas provocaron una epidemia de tifus en Otwock, que se propagó con virulencia en los barrios más poblados y sin agua corriente. De los cuatro médicos de la ciudad, solo el doctor Krzyzanowski —movido por sus principios inquebrantables— se adentró en las zonas más afectadas, asumiendo el riesgo. Por desgracia, terminó enfermando. Y, pese al esmero en cuidarle, falleció el 10 de febrero de 1917, dejando a su familia desolada y un legado imborrable en la comunidad.
Su prematura muerte fue un golpe durísimo para Janina y su hija de siete años. Los apuros económicos de la familia llegaron a oídos de la comunidad judía, que acudió de inmediato a su rescate. Janina consideró que podía trabajar y salvar la situación, por lo que, agradecida y sumamente emocionada, rechazó la ayuda.
Un año después, en 1918, a causa de otra epidemia —esta vez de la peste— Irena enfermó. Una neumonía e infección de oídos afectaron su cerebro, lo que obligó a una trepanación. Su abuelo la llevó a una clínica privada en Varsovia, donde le practicaron la operación con éxito. Aunque la pequeña se recuperó, las migrañas la acompañarían toda su vida.
Janina trabajó denodadamente, pero la economía familiar no terminaba de remontar. Ante la peligrosa cercanía de los bolcheviques a las puertas de Otwock, decidió trasladarse, tres años después, a la ciudad de Tarczyn, a casa de su padre. Más tarde, madre e hija se mudaron junto a otros miembros de la familia materna a Piotrków, donde comenzaron a dibujarse las primeras líneas de la juventud de Irena.
Dejaron atrás la bella ciudad-balneario donde descansaba su padre, aquel lugar sereno de benévolo clima en el que Irena había vivido los días más felices, sencillos e inolvidables de su infancia. La frondosidad de sus pinares, las cristalinas aguas del Vístula, el sanatorio, los jardines y la sala de espera evocaban los juegos con niños gentiles y judíos, que convivían en armonía, aún ajenos a los discursos raciales que empezaban a propagarse y agitaban el fantasma de la xenofobia. Irena no podía imaginar lo que la vida le deparaba.
En Otwock aprendió el significado del respeto por las vidas ajenas. Se nutrió del ejemplo de humanidad de su padre, de la generosidad de su madre y del profundo amor que ambos le profesaban. Un amor sagrado que prendió raíces y dejó una huella eterna en lo más hondo de su corazón. Se convirtió en el eco que le recordaba siempre quién era y de dónde venía; la brújula que la guiaría el resto de su vida.
Allí germinó el coraje que, en el presente —décadas después— la ayudaba a sobreponerse al miedo, a enfrentarse al odio con determinación, a mantener la esperanza, y a seguir haciendo lo que consideraba correcto, pese a todo.
El mundo podría ser un lugar mejor si en él hubiese amor, tolerancia y humildad. —Irena Sendler




