EL CIRCO DE SUS SEÑORÍAS

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Hubo un tiempo —o quizá simplemente nos gusta imaginar que lo hubo— en que el Congreso de los Diputados era el lugar donde nuestros representantes debatían sobre los grandes problemas de la nación. Se confrontaban ideas, se defendían proyectos políticos diferentes y, aunque las discrepancias pudieran ser profundas, cabía esperar cierto respeto hacia la institución y hacia quienes, desde posiciones distintas, representaban también a millones de ciudadanos. Hoy, contemplar algunas sesiones parlamentarias produce una sensación bastante diferente. Uno enciende la televisión esperando encontrar política y acaba preguntándose si no habrá sintonizado por error algún programa de entretenimiento especialmente bronco.

 

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El mecanismo parece sencillo. Alguien formula una pregunta que rara vez pretende obtener una respuesta. El interpelado contesta algo que frecuentemente guarda una relación remota con lo preguntado y, cuando faltan argumentos, siempre queda disponible el formidable recurso dialéctico que ha sostenido durante siglos las mejores tradiciones intelectuales de Occidente: «Y tú más». Aristóteles probablemente no llegó a conocerlo. Una lástima. Se habría ahorrado unas cuantas páginas sobre lógica.

La política parlamentaria parece haberse convertido demasiadas veces en una competición para descubrir quién pronuncia la frase más hiriente, quién consigue el corte de vídeo más difundido o quién provoca la ovación más estruendosa de los propios. Poco importa convencer al adversario —empresa considerada ya absurda— y casi tampoco convencer al ciudadano. Lo verdaderamente importante es conseguir veinte segundos aprovechables para TikTok, X, Instagram o cualquier otra plaza pública digital donde cinco palabras constituyen un razonamiento, diez empiezan a resultar sospechosas y un párrafo completo corre el serio peligro de ser considerado literatura clásica.

Y así hemos llegado a una curiosa democracia audiovisual en la que el político ya no necesita explicar demasiado: necesita un eslogan. Pensar exige tiempo; repetir apenas requiere memoria. Leer distintas fuentes resulta agotador; compartir una consigna requiere únicamente un dedo. Contrastar informaciones supone el incómodo riesgo de descubrir que nuestra opinión quizá necesitaba algún matiz. Mucho más confortable resulta recibir cada mañana el correspondiente paquete ideológico perfectamente precocinado: aquí están los buenos, allí los malos; estos dicen siempre la verdad, aquellos mienten siempre; nosotros defendemos la democracia, ellos pretenden destruirla. Y mañana, si conviene, intercambiamos los papeles.

La mentira tampoco parece constituir ya un problema demasiado grave. Hemos perfeccionado el concepto hasta extremos admirables. Ya no se miente: se «contextualiza». No se manipulan los hechos: se construye un «relato». No se cambia de opinión: se adapta uno a las circunstancias. No se contradice lo afirmado solemnemente seis meses antes: se responde a una nueva realidad. El diccionario político contemporáneo posee la extraordinaria virtud de conseguir que cualquier contradicción pueda convertirse, debidamente explicada, en una muestra de coherencia.

Mientras tanto, el ciudadano contempla el espectáculo. Algunos indignados; otros encantados siempre que quien propine el golpe verbal pertenezca a su equipo. Porque también nosotros hemos aceptado convertir la política en una competición deportiva. Ya no escuchamos para comprender, sino para confirmar. Queremos que «los nuestros» humillen a «los otros». Celebramos una descalificación como si fuera un gol y difundimos el vídeo correspondiente acompañándolo de algún comentario profundo: «¡Zasca!». Hemos conseguido resumir siglos de pensamiento político en cuatro letras y un signo de exclamación.

El problema, sin embargo, deja de tener gracia cuando semejante degradación abandona el Parlamento y penetra en la sociedad. La confrontación permanente termina fabricando ciudadanos enfrentados. Si desde las instituciones se enseña diariamente que quien discrepa no está equivocado sino que es moralmente despreciable, no debería sorprendernos que esa misma lógica termine instalándose en nuestras conversaciones, familias, universidades, trabajos y redes sociales.

Especialmente preocupante resulta cuando los jóvenes reciben la política convertida en un producto de marketing emocional. Juventud significa pasión, inconformismo y deseo de cambiar aquello que parece injusto, y precisamente por eso constituye un terreno extraordinariamente fértil para quienes prefieren seguidores a ciudadanos. Un ciudadano pregunta; un seguidor obedece. Un ciudadano duda; un fanático posee certezas. Un ciudadano busca información; un militante del pensamiento único busca únicamente argumentos que confirmen aquello que ya había decidido creer.

Y ahí comienza el verdadero peligro. Cuando cualquier causa política pretende elevarse a verdad moral indiscutible, los derechos fundamentales pueden terminar dependiendo de quién los ejerza. La libertad de pensamiento resulta magnífica mientras se piense correctamente; la libertad de información, mientras informe quien consideramos fiable; la libertad de prensa, mientras publique aquello que queremos leer; la propiedad privada, mientras pertenezca a quien juzgamos digno de poseerla. Y así, poco a poco, los derechos dejan de ser universales para convertirse en concesiones ideológicas.

Quizá por eso el problema no sean solamente los políticos. Sería demasiado cómodo. Ellos han aprendido perfectamente qué espectáculo obtiene audiencia porque nosotros se la concedemos. Han descubierto que la moderación no genera titulares, que reconocer una equivocación parece debilidad, que admitir que el adversario tiene razón resulta electoralmente sospechoso y que un insulto convenientemente grabado puede recorrer millones de teléfonos en pocas horas.

Tal vez algún día nuestros representantes recuerden que ocupar un escaño no debería convertir a nadie en actor de una función semanal, sino en depositario temporal de una enorme responsabilidad. Y quizá nosotros recordemos también que la democracia necesita ciudadanos, no hinchas; pensamiento, no consignas; información, no propaganda; discrepancia, no odio.

Mientras llega ese día, continuará la función. Se abre el telón. Sus señorías ocupan sus asientos. Las cámaras están preparadas. Las redes sociales esperan impacientes el próximo vídeo de veinte segundos.

Solo queda una duda.

¿A qué hora empieza la política?

 

NOTA FINAL: Si has llegado a leer lo aquí escrito te felicito, porque no todos son capaces de hacerlo. Estás entre los mejores.

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