EL CIELO ENVENENADO Y LA NEGACIÓN COLECTIVA

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Hoy me desperté con el alma encogida. Bastó con abrir la ventana y mirar hacia arriba para que una punzada de rabia, una vez más, me recorriese el pecho: el cielo, ese azul que alguna vez nos prometía claridad y horizonte, estaba completamente cubierto por una bruma blanquecina, una neblina artificial nacida de decenas de estelas de avión —chemtrails— que se aglomeran hasta formar una capa química densa y opaca. No es niebla natural. No es neblina húmeda. Es un velo blando, enfermizo, que, en gran medida, bloquea la luz del sol y deja al mundo bajo una luminosidad mortecina, falsa, plástica.

Foto de Joachim Süß en Unsplash

 

La sensación de impotencia es difícil de describir. Una cosa es sospechar, otra es mirar con tus propios ojos y constatar cómo, en cuestión de horas, un cielo despejado se convierte en un mosaico de rayas blanquecinas que lentamente se difuminan, se expanden y se funden en una sola masa turbia. Y peor aún es el intento de compartir esta observación con quienes nos rodean. ¿Qué he recibido decenas de veces? Negaciones. Burlas. Silencios incómodos. Personas que jamás han mirado el cielo con atención ahora se convierten en expertos meteorólogos con respuestas automatizadas y sonrisas condescendientes. Los mismos expertos meteorólogos de a pie que, si hace un calor inusual en febrero, de inmediato justifican tal fenómeno con el neovocablo «cambio climático», al mismo que tiempo que los chemtrails siguen contándose por decenas sobre sus cabezas.

Lo que me duele no es solo el cielo tapado —aunque esto ya basta para indignarme sobremanera—, sino la negación activa, agresiva, de lo evidente. Porque sí, basta con levantar la vista cada día, observar con constancia, y ver cómo el patrón se repite: cielos llenos de líneas que no se disipan como las antiguas estelas de vapor —los contrails, un fenómeno meramente físico que consiste en la condensación y cristalización del agua por razones de temperatura y presión y que desaparece en cuestión de segundos—, sino que se mantienen, se abren, se mezclan y tapan. ¿Y qué dicen? «Es normal». ¿Normal que el sol no atraviese ya limpio el cielo? ¿Normal que tengamos días enteros de luz difusa sin una sola nube real? ¿Normal respirar un aire denso abundante en químicos neurotóxicos?

Pido algo muy básico, muy humano: que se observe. Que se cuestione. Que se entienda que una mirada atenta al cielo no es locura ni paranoia, sino un acto de conciencia simple y llano, al alcance de cualquier persona. Porque si ya no podemos hablar de lo que vemos con nuestros propios ojos sin que se nos ridiculice, entonces hemos caído en la trampa más peligrosa de todas: el autoengaño colectivo.

Y mientras tanto, allá arriba, con más de 700 patentes que avalan todo esto y una publicación en el BOE que lo legitima, siguen fumigando.

2 COMENTARIOS

  1. Esto sí que es un artículo interesante y valiente.

    Comparto lo que dices, cada palabra y el sentimiento de impotencia y rabia que sientes.

    Yo además, noto un sabor metálico muy desagradable que se me agarra a la garganta y después siento pesar en el estómago.

    Somos muy pocos quienes observamos esas estelas ( comencé a darme cuenta a raíz de las observaciones de una amiga) y, sí, cuando hablamos de ello se nos tacha de paranoicos o conspiranoicos.

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  2. Desde los 90 que desde EEUU ya empezaron con el primado negativo añadiendo estelas en los cielos de los dibujos animados. Estamos en 2025 y, habiendo países que prohíben el uso de estas técnicas de geoingeniería en sus territorios, en España aún nos hallamos soportando estas prácticas terroristas mientras nuestros vecinos nos tachan de magufos tan solo por interesarnos en conocer qué es realmente eso que todos encontramos sobre nuestras cabezas muchos más días de lo que cabría desear. A mí me ha alegrado reconocer el cambio de perspectiva que he podido observar en amistades mías con el paso del tiempo en este tema.

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