EL CANSANCIO DE LAS CONTRADICCCIONES

0
18285
Imagen generada por IA
91

Confieso que hay días en los que me siento profundamente cansado.

 

Imagen generada por IA

No hablo del cansancio que deja el trabajo ni de la fatiga que acompaña a las preocupaciones cotidianas, sino que me refiero a un agotamiento más íntimo, más silencioso; un cansancio que nace de contemplar la distancia que existe entre lo que sé que debería ser y lo que realmente soy.

Pido perdon por el carácter intimista de este escrito, sobre todo por la preocupación que puede generar a quiénes más intimamente me conocen. No os preocupés, las crisis son buenas siempre que sirvan para renacer, para aprender, para mejorar.

Con los años he aprendido muchas cosas. He leído, he escuchado, he reflexionado y he procurado comprender mejor la vida y a las personas, cuando ni siiquiera me conozco a mi  mismo, o quizá sí, pero no me guste cómo me veo.

He llegado incluso a aconsejar a otros en momentos difíciles, señalando caminos que considero razonables o justos; sin embargo, existe una tristeza especial cuando uno descubre que aplicar esas mismas enseñanzas sobre uno mismo resulta infinitamente más difícil que exponerlas a los demás. Por esto también os pido perdón, por la falta de coherencia.

Sé que debería ser más paciente, pero me impaciento.

Sé que debería escuchar más, pero a menudo me precipito en mis reflexiones cuando las exteriorizo, sin escuchar lo suficiente.

Sé que debería dejar a un lado ciertas opiniones cuando la razón demuestra sus debilidades, pero descubro en mí una resistencia obstinada a abandonar aquello que durante tanto tiempo he considerado propio.

Y entonces comprendo que el principal conflicto de mi vida no está fuera de mí, sino dentro.

Me cansa también el mundo que observo. Un mundo que parece haber convertido la superficialidad en virtud y el egoísmo en una forma legítima de supervivencia. Todo invita a la satisfacción inmediata, a la búsqueda constante del beneficio personal, al culto de una imagen cuidadosamente construida para ser admirada por los demás. Pero lo que verdaderamente me inquieta es descubrir cuánto participo yo mismo de esa lógica.

No siempre vivimos como pensamos. Con frecuencia sacrificamos lo importante por lo urgente, descuidamos a quienes queremos mientras dedicamos tiempo y energía a cuestiones que apenas recordaremos en unas semanas, permitimos que las relaciones se deterioren por orgullo, por comodidad o simplemente por falta de atención.  Sin embargo, cuando no recibimos el afecto que esperamos, nos sentimos decepcionados; cuando alguien se aleja, nos preguntamos por qué; cuando no somos comprendidos, sufrimos y,  pocas veces nos detenemos a pensar cuántas nosotros tampoco estuvimos presentes cuando alguien nos necesitaba. Existe una extraña facilidad para exigir aquello que no siempre estamos dispuestos a ofrecer.

También me cansa la necesidad permanente de tener razón. La observo en los demás, pero sobre todo la reconozco en mí mismo. Esa tendencia a defender una posición incluso cuando en el fondo sabemos que no es completamente sostenible, así como la  incapacidad para admitir con serenidad que podemos estar equivocados; hasta el punto que esa forma sutil en la que el orgullo se infiltra en nuestras convicciones hace imposible distinguir entre la verdad y el amor propio.

Quizá por eso me producen una profunda desazón las innumerables fachadas que construimos. Todos parecemos empeñados en proyectar una imagen mejorada de nosotros mismos, mostrando seguridad donde hay incertidumbre, firmeza donde hay miedo, coherencia donde existen contradicciones.

Levantamos pequeñas torres de marfil, aveces no tan pequeñas, desde las que contemplamos el mundo y emitimos juicios sobre quienes nos rodean; como si esa altura aparenbte de pseudomoralidad nos dotase de un poder de clarividencia acerca de los defectos ajenos, de la sobervia de los demás, de su intolerancia, de su incoherencia; mientras que nos cuesta mucho  reconocer esas mismas sombras cuando aparecen en nosotros.

Nada resulta tan sencillo como señalar errores., nada tan difícil como asumir los propios.

Por eso me fatiga especialmente el ejercicio del poder cuando está separado del ejemplo. Me cansan quienes exigen aquello que no practican, quienes reclaman sacrificios que nunca asumirían y quienes utilizan su posición para imponer criterios que ellos mismos serían incapaces de seguir.

Pero, una vez más, si soy honesto, debo reconocer que la raíz de mi cansancio no se encuentra únicamente fuera. Se encuentra también en mí, en mis propias contradicciones, en mis renuncias, en las veces que he callado cuando debía hablar, algunas veces por buenismo y otras por cobardía; en las ocasiones en las que he hablado cuando habría sido mejor escuchar, en las veces que he exigido comprensión sin comprender, en las ocasiones en las que he reclamado afecto sin haberlo cultivado.

Quizá la vida adulta consista precisamente en convivir con esa conciencia. En aceptar que nunca llegaremos a ser exactamente la persona que imaginamos, que siempre existirá una distancia entre nuestros ideales y nuestros actos.

Pero también creo que existe cierta dignidad en no dejar de intentarlo, porque el verdadero fracaso no está en la imperfección sino en dejar de verla.

Mientras uno conserve la capacidad de cuestionarse, de reconocer sus errores y de seguir buscando una forma más honesta de vivir, todavía queda algo valioso por salvar.

Y tal vez esa sea la única respuesta que he encontrado frente al cansancio: seguir adelante sin fingir que soy mejor de lo que soy, procurando cada día reducir, aunque sea un poco, la distancia entre mis palabras y mi vida.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí