EL BUSCADOR

 

De las infinitas maneras que la vida tiene de manifestarse, fuera tal vez la de Diemitriu Lampreanu, la mas hermosa de todas ellas, al menos que yo haya conocido.

En la aldea de Juntutui, mi hogar, bañado por las verdes aguas del lago Lubaikj, aquel que el poeta Piotr cantara una y mil veces henchido de amor por su dulce Kirina, tres veces al mes, que suelen coincidir con jueves, el ciego de los ojos azules, Diemitriu Lampreanu, dobla la esquina de la calle Lubra, guiado por su bastón de madera de ojo de cíclope y entra en la plaza con su andar lento, bajo la atenta mirada de las tres acacias que desde hace más de cincuenta años mueven sus hojas al son de los compases del mundo maravilloso de aquel hombre que sin ver, todo conoce.

Él no lo sabe pero, nosotros, el pueblo entero espera su llegada con la ilusión con la que un niño pega su nariz al escaparate de la pastelería de la señora Praisu..

Una silla vacía le aguarda siempre impaciente…e impaciente toca el bastón una de las patas del asiento, produciendo un “toc” que a Dimitriu le sirve de referencia para sentarse.

Se sienta y se queda quieto durante mucho rato, a veces hasta horas, esperando a que algo suceda.

No sé, tal vez sea el vuelo de una mosca que llega tarde a las sobras de la merienda cerca del lago, o el canto lejano del pájaro que enamorado del atardecer, intenta imitar con su canto la voz de un hombre enamorado….”ven, ven amada mía”…el pájaro despliega sus alas y vuela, perdiéndose en el fondo de la mirada de aquella a la que él, Diemitriu nunca vio.

Las calles se han quedado vacías y el eco de lo que se avecina llena al pueblo entero de esperanza. Juntutui vive en su plaza.

Y es en ese preciso momento, cuando aquel hombre alto y menudo de azules ojos ciegos de amor, comienza a esculpir el aire de sonidos, de palabras que salen de su boca, de nombres olvidados por todos.

La plaza se cubre de una tenue bruma que todo lo envuelve. Es el mundo entero el que se pega como un chicle en un zapato, que se estira a medida que su voz, pronuncia nuestros nombres.

Sin que él lo sepa nos acercarnos, tanto que nos convertimos en un libro de seiscientas tres páginas, cayendo a su lado deseoso de ser leído.

Ha comenzado a llover y el tamboril de las gotas de lluvia del verano, forma redobles de Bee-Boop en los cristales de mi habitación.

La cara de Miles Davis se dibuja en los visillos movidos por el viento.

He despertado y el pueblo entero desaparece; solamente Diemitriu en su silla de madera de pino es real, tan real como yo.

Se ha levantado y de su cara llena de líneas trazadas de una mano ha leído mi destino.

Abriendo el libro por la página 307 ha comenzado a leer unos versos que creía olvidados en el cuello de mi camisa.

“Habrás de ver que el son
de la amalgama
que mezcla la tristeza
con la risa,
es música de oídos
conocida,
clamor, rumor de hojas,
paradigma.
No hay árbol que esa dicha,
No conozca,
Ni amor
Que de tan gran,
Guíe mi vida,
Pues sueños,
De real son tan hermosos,
Que forman de tu cuerpo,
Mi delicia…”

Tras eso, Diemitriu Lampreanu, se ha dado media vuelta y volviendo a doblar la calle Lubra ha desaparecido, dejando tras de sí los nombres de todos aquellos que alguna vez han soñado o soñarán con él y con el más bonito de los amores.

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