EL ASCO EN LA RETAGUARDIA

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Lo primero que quiero decir, les va a sonar a conocido; no voy a hablar de la guerra. Me niego a entrar en el juego de justificaciones y contra opiniones que leo y releo, que oigo y me martillea, en cualquier medio de comunicación, reunión social o barra de bar. Me niego a etiquetar a buenos y malos en un conflicto donde hay muertos que ni buscaron, ni pidieron, ni entendieron por qué morían. Hasta aquí espero que esté todo claro.

El problema viene cuando ciertos comentarios llegan a provocar la nausea. Una nausea seca, ética, moral, profunda que te conmociona y te hace víctima de la necesidad ideológica, inmoral, patética, de justificar lo injustificable por parte de individuos que se consideran con el derecho a vomitar su miseria ideológica a los cuatro vientos, cayendo en el insulto a los muertos, en la descalificación de los agredidos, en la bufonada respecto al drama, en un intento demoledor, demoledor para su propia estima y para nuestra propia estima, de trivializar un drama en el que millones de personas han visto truncada, o extinta, su vida. La intolerancia ética llega cuando el uso de los canales de comunicación abiertos, comunes y que exponen tus oídos a una diversidad de individuos y posiciones éticas que pueden llegar a resultar intolerables, son usados sin vergüenza, ni rigor, para difundir insultos, descalificaciones, charlotadas que no tienen otro fin que sostener una posición ideológica sin la más mínima trastienda ética, una posición de superioridad moral que naufraga en una incapacidad ética.

No, definitivamente no quiero hablar de una guerra que me obligaría a tomar partido, partido por gente que mata, sea por el motivo que sea. De una guerra en la que los muertos, sean los que sean, estoy convencido de que no tenían vocación de serlo, en la que las familias de los muertos, se entierren con la bandera que se entierren, no tenían voluntad de perderlos.

Pero una cosa es no querer hablar de la guerra y otra es callarme, tolerar, pasar por encima de la miseria moral que ciertas campañas de propaganda intentan hacer pasar por análisis independientes de una situación inevitable, inevitable, curiosamente, para el agresor.

No quiero quitar ni poner rey, porque no tengo señor al que servir, ni lo quiero, pero estoy harto del matonismo ruso, de sus declaraciones amenazantes, de su soberbia institucional que no refleja otra cosa que un totalitarismo difícilmente ocultable. Estoy harto de las amenazas, típicas del abusón del recreo y la salida, de unos señores, me niego a considerar que representan el sentir de un país, que han decidido, en base a unos argumentos insostenibles, matar a otros para favorecer sus ambiciones, o para paliar sus miedos, o para imponer sus razones, que cualquiera de estos planteamientos justificativos me resulta igual de falso, de inasumible. A unos matones de barrio que se consideran con derecho a decirles a los demás lo que pueden y no pueden hacer, que se quejan de que los abusados no se dejen robar, matar, sojuzgar, sin ofrecer resistencia, y que intentan, por la vía de la amenaza, por la vía del miedo, someter a cualquiera que se preste a ayudar al atacado.

No soporto la ética comparativa. No soporto a los que son capaces de justificar una atrocidad con el miserable argumento de que otros también lo hicieron, y no lo soporto porque esa postura indica una incapacidad moral de autocrítica, una incapacidad ética de superación, y la debilidad intelectual del que es incapaz de asumir sus propios actos por su convicción y razones.

Como pacifista convencido, como ácrata asumido, no comparto patrias ni banderas, no entiendo de fronteras, no admiro a los supuestos héroes, ni espero a que los dioses bajen del Olimpo a decirme cual es mi creencia. No creo en los buenos y en los malos, ni creo que haya nadie en posesión de la Verdad, en ningún paladín de la Justicia, en ningún guardián de la Paz ajena, peros sí que creo en mejores y en peores, sí que considero que las razones nos acercan a la razón, que la legalidad, la no ideológica, es un intento de acercarnos a la justicia, y que el que agrede nunca puede reclamar la razón, ni erigirse en defensor de la Paz.

La OTAN no es inocente. Ninguna entente militar puede serlo. EEUU no es un imperio inocente, ninguno lo es, ni lo ha sido. Europa no es una democracia idílica, posiblemente ni siquiera es una democracia real. Pero nada de todo esto justifica la abominable agresión de Rusia y sus aliados contra Ucrania. Nada de todo esto justifica ni uno solo de los miles de muertos, de los millones de refugiados, de los lugares arrasados. Nada de todo esto puede justificar la insania de unos dirigentes, los unos y los otros, más preocupados por imponer una visión ideológica de la sociedad, que por facilitar una sociedad de los ciudadanos, de las personas.

No, no quiero, una vez más lo repito, hablar de la guerra, pero la miseria de los que, desde la retaguardia, sin jugarse la vida, de forma artera, usan la palabra, las ventanas que posiblemente su ideología cerraría, la libertad de expresión que su ideología cercenaría hasta que fuera la libertad de expresión de lo que ellos piensan, para justificar lo injustificable, para insultar a los agredidos, para imponer la superioridad moral de la ética comparativa sobre la Ética, para difundir una defensa del matonismo y la violencia, me han obligado, por primera vez en mi vida, espero que por única vez en mi vida, desde la nausea y la insania, a bloquear a alguien por sus ideas.

Siempre he defendido la libertad de pensar y opinar sin cortapisas. Siempre he considerado que hay que oír todo, a todos, y reflexionar sobre lo que se escucha, sea para estar de acuerdo o disentir, para aprender de la misma forma de lo que se asume y de lo que se rechaza, para poder oponerme con razones a lo que no creo y defender lo que creo con argumentos, pero nunca, hasta hoy, el asco me había hecho reaccionar instintivamente contra una expresión ajena de miseria moral, de cobardía intelectual, que me provocó la burla, la descalificación gratuita, de una persona cuya vida está en peligro por decisión ajena.

Si hay algo que soporto menos que a los matones, es a los cobardes que les ríen las gracias, a los miserables que los acompañan y jalean. No soporto el asco a los luchadores de retaguardia, a esos que le dan palmaditas al abusón para asegurarse ser de los suyos.

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