Se atribuye al poeta y ensayista Paul Valéry la frase: “A medida que me construyo, voy construyendo”. Aunque no existen fuentes que recojan estas palabras de forma literal, la expresión parece condensar fielmente el espíritu de su pensamiento. De hecho, dicha idea remite a un pasaje de su obra Eupalinos o el Arquitecto, en la que el personaje de Fedro evoca una conversación con su amigo Eupalinos, constructor de templos y figura alegórica del artista integral. Transcribo ese fragmento:
“Fedro —me decía—, mientras más medito sobre mi arte, más lo practico; mientras más pienso y obro, más sufro y gozo como arquitecto; me siento más yo mismo con una voluptuosidad y una claridad siempre más ciertas. Me pierdo en mis largas esperas; me vuelvo a encontrar por las sorpresas que causo a mí mismo; y por medio de estas graduaciones sucesivas de mi silencio, progreso en mi propia edificación; y me acerco a una correspondencia tan exacta entre mis deseos y mis potencias, que me parece haber convertido la existencia que me fue dada en una especie de obra humana. A fuerza de construir —me dijo sonriendo—, acabo por creer que me he construido a mí mismo”.

Este pasaje, de una belleza serena, contiene una intuición esencial: que el acto de crear —sea un edificio, una idea, una obra o una relación— no es ajeno al quehacer íntimo de construirnos como seres humanos. A fuerza de edificar el mundo que nos rodea, descubrimos que el verdadero trabajo ocurre también dentro de nosotros.
Esa reciprocidad entre la obra externa y la interna atraviesa toda experiencia humana profunda. Cuando me relaciono con otras personas, soy siempre consciente de nuestras semejanzas y diferencias, tanto exteriores como interiores. Compartimos la común condición humana, la estructura corporal, el anhelo de libertad, la necesidad de pertenencia, el impulso hacia el bien. Pero nos diferencia —a veces radicalmente— nuestra forma de entender la vida, nuestras aspiraciones, prioridades o maneras de expresar el afecto, la ética o el compromiso.
Esa diversidad no nos debilita, sino que nos constituye. La metáfora de la piedra bruta —una piedra sin labrar, irregular, con aristas y durezas propias— ilustra bien nuestra condición inicial. Cada uno de nosotros porta una piedra singular, y con ella está llamado a contribuir al edificio común: la sociedad, la comunidad, la cultura compartida. Ninguna piedra es igual a otra. Unas son más blandas, otras más duras; algunas necesitarán golpes firmes para encontrar su forma, otras requerirán un delicado pulido. Hay piedras destinadas a los cimientos, macizas y anónimas, y otras a las cornisas, elevadas, ornamentales y visibles. Cada una posee un lugar, una función, un destino singular en la construcción del conjunto.
Es un error común pensar que algunas piedras, por su forma irregular, por sus grietas o vacíos, carecen de valor. Sin embargo, ¿quién puede afirmar que aquella piedra horadada no está destinada a dejar pasar la luz por donde ha de nacer la aurora? A veces, son precisamente nuestras heridas, nuestras imperfecciones, las que permiten que la claridad penetre en nosotros y, a través de nosotros, en los demás.
Toda piedra, por perfecta que parezca, aislada no es más que una forma inerte. Solo cuando se inserta en el conjunto, cuando se ajusta con las demás, encuentra su plenitud. Esa es la condición del ser humano: ser con los otros. Solos, somos fragmento; juntos, armonía.
Sin embargo, esa integración no se logra sin esfuerzo ni sin renuncia. Nuestra experiencia acumulada, nuestras convicciones, nuestras costumbres —incluso aquellas que creemos más valiosas— pueden convertirse, sin darnos cuenta, en obstáculos que nos impiden ver lo nuevo, aprender lo distinto, aceptar la transformación. Solemos responder a los desafíos con automatismos adquiridos, como si toda situación nueva debiera resolverse con soluciones antiguas.
Aprender —realmente aprender— exige vaciarse de certezas. Como dice un proverbio chino: “Para poder llenar una taza, primero hay que vaciarla”. Ese acto de vaciamiento interior, de apertura radical al cambio, no es fácil. En mi caso, ha sido —y sigue siendo— uno de los trabajos más arduos. Requiere humildad para deshacer lo construido cuando se advierte que ya no sirve; valor para reconocer que, a veces, lo aprendido se ha convertido en piedra de tropiezo más que en cimiento; lucidez para rehacer el muro con nuevos planos y bien aplomado.
El pensador Jiddu Krishnamurti escribió que nuestra dependencia del conocimiento acumulado puede ser desastrosa, tanto para las relaciones personales como para la convivencia global. En su opinión, solo mediante nuevas formas de ver y de aprender —más libres, más abiertas— podremos acceder a una percepción más profunda de lo real. Esa es, en el fondo, la esencia de toda sabiduría: saber desaprender.
No me corresponde a mí decidir qué lugar me toca ocupar en esta construcción compartida. No sé si mi destino será ser piedra angular o pieza modesta encajada entre otras. Sí me corresponde, en cambio, trabajar con honestidad, dejarme labrar por la vida y por los demás, ofrecer lo mejor de mí para que la obra común se eleve con firmeza y belleza.
Porque a medida que me construyo con consciencia, con humildad y con amor, construyo también un fragmento del mundo. Y ese fragmento, aunque sea pequeño, puede ser decisivo. Tal vez no me corresponda decidir el sentido último de mi piedra, pero sí entregarla trabajada, viva y útil. Solo así podré decir, con voz serena y verdadera: a medida que me construyo… construyo.





