EL ANILLO

Muchas veces, en esos días largos y llenos de luz de agosto, aquí en Madrid, hay muy poquitas cosas que hacer.

Sólo en casa y con toda la familia aún de vacaciones, uno, al menos yo, se aburre como una ostra, a lo más, se me ocurre pasear por el parque, sentarme en una terracilla y tomarse un vino blanco fresquito mientras miro a los gorriones o dar una vuelta con la bicicleta por palacio, como si fuera un «Guiri».

Aquel día, después de comer en el restaurante de al lado, bastante bien por cierto, no tenía gana ninguna de hacer alguna de esas cosas, de modo que encaminé pasos hacia mi casa con la sana intención de tirarme a la Bartola y escuchar un poco de música.

Al bajar los tres escalones que separan la puerta del restaurante de la acera, noté que había pisado algo con mi pie derecho, algo bastante pequeño y duro. Aparté mi peana y vi que era una pequeña cajita blanca, bueno, ahora gris por el pisotón que le había metido.  Agaché los lomos y la cogí, mirándola con atención: Una caja pequeña, forrada de satén blanco, con una inscripción en letras doradas: «Joyería Pérez» Cava baja 13″ y a continuación y con las mismas letras, el número de teléfono del sitio. Dentro de la aquella cajita además, había algo, pues al moverla, lo que fuese se iba de un lado para otro. Abrí la tapita lentamente y con mucho cuidado, como cuando era niño y abría los regalos el día de Reyes, intentando recrearme en el tiempo y en la alegría de la sorpresa.

-¡Andá, pero si es un anillo de oro, y un anillo de bodas además, por la pinta que tiene!  Lo mismo tiene una inscripción o un nombre en su interior y además hay un papelito requetedoblado también… a ver, a ver.

Cogí el anillo con mis dedos y miré por la parte interna del mismo. Efectivamente había algo grabado: «Carlos, 12 de octubre de 1967». Al leer aquello me quedé un poco sorprendido.

-¡Contra!, pues si que lleva tiempo este anillo perdido.

Después saqué con cuidado el papelín y lo desdoblé con mucho cuidado, pues parecía muy viejo y a punto de resquebrajarse, leyendo lo que él ponía. Era una dirección, un día y una hora: «Iglesia de los Sagrados Corazones, Martín de los Heros 91, diez de agosto de 2008. cinco de la tarde».

Miré mi reloj, eran las cinco menos cuarto. Durante un instante pensé en guardarme el anillo de recuerdo, subir a casa y continuar con el plan que tenía para la tarde; sillón y música, pero mi curiosidad y una cierta inquietud que de repente me hacía cosquillas en el estómago me hizo dirigirme hacia aquella cita que no era la mía y ver de qué se trataba todo aquello, total el punto de encuentro estaba a menos de diez minutos de donde me encontraba.

Fui paseando lentamente hasta allí, contemplando los escaparates de las tiendas, todas ellas con el cartel de «cerrado por vacaciones», los árboles, cargados de hojas, el volar de los pájaros que volando atravesaban como flechas el cielo. La calle estaba desierta, no había nadie. – Claro, -me dije-, a las cinco menos cinco, en agosto y con la que está cayendo, como para estar dando vueltas.

Estaba muy cerca ya de la Iglesia de los Sagrados Corazones y en la larga recta que es la calle Martín de Los Heros pude ver que un nutrido grupo de personas se arremolinaba en torno a la puerta del templo. A medida que me acercaba, vi que aquellas personas tanto las mujeres como los hombres iban vestidos de una manera un tanto rara, bueno más que rara, anticuada, como de los años sesenta, trajes con pantalones de campana, los hombres con grandes patillas y bigotes, las mujeres con el pelo muy cardado. Se trataba sin duda de una boda, una boda algo peculiar, pero una boda. Uno de ellos, que debía ser el novio, iba de un lado para otro nervioso, mientras que la novia, una preciosa chica, vestida con un traje blanco muy hermoso, aunque algo pasado de moda, estaba a punto de llorar.

Al fin llegué a la iglesia, estaba a unos metros delante de ellos y, fue en aquel instante cuando me quedé perplejo al ver, como aquellas personas, que ahora me miraban con la misma curiosidad que yo a ellos hace unos instantes, me eran del todo conocidas: Mis abuelos, mis tíos, toda mi familia estaba allí reunida: Mi abuela Amparo, que murió el día del atentado de las Torres Gemelas, estaba allí, al igual que mi abuelo Gregorio y así todos los demás, vivos y mucho más jóvenes de lo que yo les había conocido.

No podía mover un solo músculo de mi cuerpo. Me había quedado paralizado.

Mi abuela, se acercó a mi y me preguntó:

-¿Desea algo Joven? ¡Pero qué hace así, vestido, con unos calzones cortos! ¿Es usted amigo de mi hijo?, ¿Quiere algo?

Yo no podía articular palabra, me límite a sacar el bolsillo la cajita con el anillo y enseñárselo. De la cara de mi abuela salió la sonrisa más radiante que había visto en mi vida.

-¡Ay, Dios mío, que lo ha encontrado, que lo ha encontrado! Carlos hijo, ven, ven, ¡Que este señor ha encontrado el anillo!

El grupo se abrió y de él salió mi padre, un chaval de veinticinco años. Se acercó a mí, cogió la cajita de mi mano y me abrazó con todas sus fuerzas, que eran muchas.

-¡Muchísimas gracias caballero, Me ha salvado la vida!, había perdido el anillo de bodas y mi novia, Mari Carmen, decía que no ella no se casaba sin su anillo .Es usted un hombre honrado, si señor, otro cualquiera se lo hubiera quedado.

Y me estrechó la mano.

-Tenga, buen hombre -me dijo sacando de su bolsillo 200 pesetas y metiéndomelas en el bolsillo de mi pantalón corto- por las molestias y anda hágase una foto con nosotros.

Yo asentí y le di las gracias alucinado.

El fotógrafo hizo una foto a todos yo incluido. Después y tras darme mil veces las gracias, se metieron todos en el templo y yo me quedé solo en la calle que de repente se llenó del calor del verano.

Regresé a casa mas bien flotando que andando. Todo aquello debía de haber sido una alucinación producida por el calor y el vino de la comida. Entré en casa y cogí el álbum de fotos de la boda de mis padres que mamá me había dado hacía unos días.

En una de las fotos de grupo aparecía toda la familia y además, un extraño hombre vestido con pantalón corto y con cara de alucinado, que antes no aparecía, era yo.

Metí la mano al bolsillo derecho de mi pantalón y saque 200 arrugadas pesetas de papel.

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Madrid, 4 de agosto de 1968. Madrileño de 4ª generación. Compagina su labor literaria, con la escultura y la pintura. Deportista y amante de la naturaleza, aprovecha cualquier excusa para huir de su Madrid e ir a cualquier sitio “con un poco de verde”.

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