No importa lo que hagas: siempre te llamarán “Imprevisible” y, sorprendido, volverás la cabeza preguntándote: ¿cómo puede ser, si duermo, si bostezo, si estornudo y me sacudo las pulgas como cualquier otro animal? Quizá eres imprevisible como lo es un gato que no se deja atrapar preservando su libertad como un tesoro.

Conservas como pocos ese despertar con alas de buena mañana; ese sestear en la hamaca que se prolonga en el tiempo y se convierte en un viaje a otra parte…hasta que, de golpe, te caes de bruces y das con tus huesos en el pavimento. Y despiertas.
“Imprevisible”, así lo llamaban porque, con la mente en otra parte, a nada llamaba por su nombre: al caballo lo llamaba vaca, y el asfalto lo veía cubierto de musgo verde. Hablaba con metáforas saltándose todo lo presente. Y, por supuesto, se saltaba al jefe como quien salta una valla. Y entonces el jefe rabiaba por las noches sin saber muy bien qué le aquejaba.
Los días los pasaba en el trabajo, sentadito junto al jefe, apuntando siempre lo inefable, lo imponderable, lo inenarrable. —Buenas noches —saludaba al llegar de buena mañana. Y por la tarde, después de horas sumergido en sus papeles, se despedía con frases que aludían al cansancio del pobre jefe:
—Descanse en paz, señor.
—Que sea leve.
—Que su mujer le espere con un plato de sopa.
Y así perseveraba, nombrando lo innombrable como un blasfemo.
Hasta que un día, un jefe poseído por la rabia le encasquetó una papelera para que nada saliera de su boca. Llamaron a una ambulancia y le mintieron al médico:
—El pobre, se ha quedado atorado.
—¿Cómo ha sido?
—Nada, él mismo. Se tomaba tantas libertades que se ha colocado un bozal.
Oyendo la coartada, él aulló:
—¡Ha sido el jefe! No me entiende y en todo lo que hago ve transgresión imprevisible.
El médico llamó al 012:
—Un policía, por favor.
—¿Qué ocurre?
—Un intento de asesinato por asfixia.
Oyéndolo, el jefe, entró en ictus y se entregó al médico:
—Por favor, sáquenme de aquí; llévenme al hospital, a la comisaría, donde sea. Que ese ser desquiciante se quede al mando de la empresa. Que se siente en mi silla y verá lo que es bueno.
Él, ni corto ni perezoso, embutido en la papelera, se sentó en el super sillón y comenzó a llamar por teléfono como un poseso. Engolaba la voz y se erguía sobre el asiento, igualito que el jefe. Llamó a la mujer del jefe con aquella vocecita impostada: —Cariño, ¿qué me tienes preparado hoy para la cena?
Y se presentó en el domicilio conyugal. La mujer no protestó: parecía encantada con el cambio. Y lo que nunca se supo es si “aquello” fue a mayores o él se escurrió por la puerta.
El caso es que la empresa va viento en popa gracias a esos aires frescos y desenfadados del desgobierno, en que todos comienzan por fin a realizar su parcela de trabajo; cada uno lo suyo. Y el jefe yace en una cama del hospital geriátrico por foco irritativo: esa ira a borbotones que lo libró de la silla y del maldito empleado que siempre le decía lo que no quería oír.
Con el tiempo, “Imprevisible” dejó de ser un apodo y pasó a ser un cargo oficial dentro de la empresa. Lo grabaron en una placa dorada: Director de Asuntos Imprevisibles y Ocurrencias Varias.




