ECO DE CAMPANAS: TU ÚLTIMO ADIÓS

Dedicado a mi tío y padrino, Manuel Andrés Briz Sánchez

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Tío Manolo. Imagen aportada por la autora del texto
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Las cabañuelas forman parte de una tradición popular muy antigua y muy nuestra, una manera de predecir el tiempo a través de la observación de la naturaleza y el cosmos en determinados días del año. Mucho antes de que existieran las aplicaciones móviles, los radares o las previsiones modernas, hubo personas que se dedicaban a interpretar esas señales de la tierra, conservando una sabiduría popular que ha pasado de generación en generación.

Mi tío Manolo fue una de esas personas.

Tío Manolo. Imagen aportada por la autora del texto

Siendo tan solo un niño, aprendió de su padre a observar el cielo, el viento, las estrellas, el comportamiento de los animales, la humedad de la tierra y todos esos pequeños detalles que para la mayoría pasan desapercibidos. Así comenzó a reconocer los cambios que anunciaban el tiempo que estaba por venir.

Dedicó gran parte de su vida a mantener viva esa tradición, a compartir sus predicciones anualmente con distintos medios de comunicación, de forma totalmente desinteresada y con una pasión que cualquiera podía percibir al escucharle. No era solo una costumbre ni una afición; era algo que llevaba dentro. Muchísima gente en Salamanca llegó a conocerle precisamente por eso, porque detrás de cada explicación había años de experiencia y una conexión muy especial con el mundo que le rodeaba. Pero para nosotros era mucho más que “el hombre de las cabañuelas”.

Era mi entrañable tío, aquel al que todos los primos rodeábamos para que nos contase una más de sus enigmáticas y bonitas historias. Tenía una sabiduría que iba más allá de las cabañuelas; nos enseñaba sobre plantas, animales, insectos y sobre ese mundo lleno de curiosidades que él sabía mirar de una forma especial. Una persona cercana, buena, con sentido del humor, de las que siempre estaban ahí cuando hacía falta y con quien podías contar en los momentos difíciles. Siempre tenía una palabra, una broma… una buena conversación.

Su ausencia deja un gran vacío, no solo por ser alguien que mantenía vivo ese saber de antes, sino porque se va una parte de nuestra familia. Aun así, somos afortunados de habernos quedado con tantos recuerdos maravillosos y con esos momentos cotidianos que ahora cobran todavía más valor.

Las campanas del pueblo han sonado por ti, tío Manolo, anunciando tu repentina partida. Hay algo profundamente triste y hermoso en imaginar cómo el eco de la noticia de tu marcha se ha extendido por el aire que tan bien conocías, recorriendo campos, árboles, animales y cielo, como si toda esa vida que observaste hasta el último momento te hubiera escuchado ahora a ti, en tu último adiós.

Me gusta pensar que los seres queridos no terminan de irse del todo, que permanecen en las historias que contamos, en las cosas sencillas que nos enseñaron, en las costumbres que ayudaron a conservar y, quizá también, en cada mirada al cielo. Hay personas que dejan huella, que acaban formando parte del paisaje de tu vida, que hacen difícil imaginar el mundo sin ellas.

Además de una profunda tristeza, eso es exactamente lo que siento ahora.

Descansa entre las estrellas, querido tío.

 

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