DOS MUNDOS

Tu mundo exterior, es el reflejo de tu mundo Interior.

 

Fuente: NASA

Cuando encontramos a una persona de alma limpia, porque la hay, la primera respuesta suele ser la desconfianza porque no nos acabamos de creer su pureza y, la siguiente, sentir lástima, pensando en su continuo destino recibiendo tortazos de un lado y del otro, colgándole el cartel de “pringao”, del que todo el mundo se va a aprovechar.

Es decir, somos conscientes de la bondad de algunas personas, pero también que este adjetivo lleva aparejado un nivel de sufrimiento ante un mundo egoísta, destructivo, impersonalizado, sin compasión por el débil o por el que sufre, del que sólo se puede huir según la mayoría haciéndonos fuertes en nuestro corazón. Y, no les falta razón, aunque sólo en parte, porque es cierto que tenemos que ponernos ciertos caparazones en la vida, sobre todo para defendernos de aquellos que como las sanguijuelas están dispuestos a chuparnos la sangre para engordar en su burbuja particular o en su pequeño mundo social de apariencias.

Ahora bien, el truco completo no consiste sólo en volverse fuerte de corazón, sino que además, se haga sin perder la ternura del alma. No como abnegados santurrones que, allá cada uno y cada una lo que va dando por el mundo, sino  bajo el convencimiento que la única forma posible de actuar frente a los demás es haciéndoles lo mismo que nosotros desearíamos que nos hicieran, eso sí, prevenidos, porque no siempre no encontraremos a un ser humano integro delante, sino a un despiadado ser, a un alma negra que, no debemos juzgar, entre otras cosas porque no sabemos cuál ha sido su recorrido por esta vida, sino solamente mantenerle a cierta distancia, la suficiente para poder ver con perspectiva cuál va a ser su próxima jugada.

El referido convencimiento es fundamental para ser felices y no sentirnos como un juguete roto a manos de ciertos congéneres, es decir, sólo convirtiendo en nuestra causa esa forma recta de actuar conseguiremos dar salida a esa continua queja de que el mundo es una mierda, refiriéndonos al comportamiento que, con cierta distancia y aires de superioridad, atribuimos al resto de seres de nuestro mismo planeta de la misma especie, olvidándonos que nosotros no somos muy diferentes, sino que, ta vez más hipócritas, justificando nuestros erróneos y desacertados comportamientos en una actitud de supervivencia o defensa ante nuestro mundo exterior.

Sí, tenemos que intentar ser fuertes de corazón, sobre todo aquellas personas altamente sensibles por su extraordinario, transparente y desnudo corazón, lo que significa que debemos vivir con cierta alerta ante comportamientos abusivos o destructivos de los demás en relación a nosotros, preparando la respuesta acertada para que no sobrepase la frontera que hemos marcado, no sólo con el fin de protegernos, sino también de rechazar con rotundidad tales comportamientos y a la persona que los lleva cabo, a la que no se trata de poner en su sitio, sino todo lo contrario, ponernos nosotros en el sitio que consideramos el adecuado para que esa persona no llegue a hacernos daño y, si ya nos lo ha hecho, no nos lo vuelva a hacer.

Ahora bien, si la dureza del corazón no va acompañada de la ternura de nuestra alma que, no es otra cosa que nuestros nobles sentimientos hacia los demás, corremos el riesgo que aquel se vuelva como una roca insensible, dura, aunque no irrompible, que nos deshumanice, que nos convierta en esos mismos seres negros que destruyen el mundo, la humanidad.

En definitiva, podemos mantener nuestro alma limpia, dígase nuestro espíritu, nuestro interior, aquello que forma la parte más intrínseca de nuestro ser y que hemos moldeado a través de la conciencia, de la experiencia, del aprendizaje, de la convivencia pacífica y constructiva; y no por ello sentirnos o que nos conviertan en unos “pringaos”; en principio porque, más lo es que sólo aletea y no puede volar por ser esclavo de su propia ruindad, pero además, porque por el convencimiento que, actuar con bondad, nos ha convertido en activistas para transformar el mundo, primero el nuestro, el interno, a veces cubierto de una excesiva capa de protección que nos aísla y nos convierte también en ciertos seres carentes de luz.

Pruébalo, y tal vez salgas de ese dolor que te causan los demás. Y, recordad, el que sufre por una causa con el tiempo el sufrimiento se convierte en satisfacción.

Esta es nuestra evolución.

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