¿DOS HOMBRES BUENOS?

 

Fotocomposición by plazabierta.com

He visto estos días en el cine dos películas basadas en hechos reales: ‘Richard Jewell’ (de Clint Eastwood) y ‘El oficial y el espía’ (de Roman Polanski). La primera gira alrededor de los Juegos Olímpicos de Atlanta 1996 y la segunda en torno al caso Dreyfus, a finales del siglo XIX; en ambas historias, distanciadas cien años entre sí, se culpó a un inocente. En la primera de ellas, la víctima pasó, de un día para otro, de ser un héroe a ser acusado de asesinato, pero no fue a la cárcel ni se instruyó causa judicial y su buen nombre sería restituido en vida. En la segunda sí se llegó a juicio (con irregularidades serias) y la víctima -un capitán del ejército francés acusado de traidor por enviar secretos militares a Alemania- fue condenada a cadena perpetua (pasó cuatro años encarcelado en la Isla del Diablo, junto a la Guayana francesa). Por su parte, el relato de Polanski orilla la durísima batalla mediática habida entre antisemitas y semitas (los diarios ‘La Libre Parole’ y ‘Aurore’) para centrarse en las intrigas dentro del estamento militar. En esas pugnas, el coronel Georges Picquart, del contraespionaje, aparece como decisivo en la rehabilitación de Alfred Dreyfus.

Lejos del ruido que esos acontecimientos produjeron, me parece interesante detenerse en las figuras que en ambos casos (uno de alcance local, otro de resonancia mundial) surgieron con fuerza singular y tuvieron una influencia determinante en la suerte de sus defendidos.

Para Richard Jewell, su abogado Watson Bryant resultó providencial. Recurrió a él por ser el contratante que mejor le había tratado como vigilante de seguridad, sin humillarle por sus condiciones físicas y mentales. Watson sorprende al espectador al abandonar su aire frívolo, displicente y despreocupado para volcarse con inteligencia, paciencia y oficio en desmontar la trampa que atenaza a Richard. Una conjunción de intereses pretendió que lo que se sabía falso pasase por evidente para la opinión pública. Watson hizo suya la desdicha de su nuevo y desangelado amigo, y acertó. En cambio, a Picquart le movió un sentido estricto de la justicia (él mismo sería represaliado e iría a la cárcel), desprovisto de todo apego y cariño hacia quien había sido su alumno Dreyfus; sin ningún vínculo personal.

Impresiona, no obstante, la potencia que puede llegar a tener el arrojo humano por conseguir claridad y hacer justicia. Esta realidad hace albergar esperanza.

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