DON FERNANDO SIMÓN SORIA (una especie de encomio, o algo parecido)

DON FERNANDO SIMÓN SORIA (una especie de encomio, o algo parecido)

 

Bueno, mi querido amigo (eso se lo digo a todos, ¡vayas a creer!).

Hace tanto tiempo ya que no hemos coincidido, que estoy seguro que ni me recuerdas. Confieso que también me sorprendí la primera vez que vi tu envejecida facha en todas las televisiones españolas: Privadas y Públicas…todas:

¡Uy, pero si es Fernando! Díjeme. Al verte así en la tele, de sopetón…

 

La primera vez que te vi en la “cuatro”, mientras hacía ‘zapping’ de ése, que es lo único que me divierte del aparato (perdóname el tuteo, pero son ya muchos años del mismo y como siempre, la costumbre se hace norma y la norma se hace ley, irremisiblemente), me quedé muy atento a todo lo que decías, como aquella vez – creo que fue en Hamburgo, sobre el 97, creo – sentados en primera fila cual tiernos hermanicos castigados para no perdernos ni un sólo detalle de todos y cada uno de los ponentes. Y de lo que decían, claro está.

Tú eras uno de ellos. Te animaste a dar tu charla en inglés de Inglaterra, a pesar de disponer de traductoras más que capaces en su oficio, encantadoras, educadas y pacientes (pacientes de Paciencia, que debían disponer de mucha para aguantar a tanto «Diospadre», politeísmo puro, como bien sabemos los de ésta cofradía), porque, que yo recuerde, todas eran mujeres.

O cómo se diga ahora para no quedar muy mal con los disonantes y las disonantas. A pesar de que, francamente, me la trae al pairo ventoso.

Te seguí viendo y oyendo en todas las apariciones que tuviste desde entonces sobre el SARS Cov-2 y aún tienes a bien seguir haciendo. Directamente en vivo y sin escudos. Como ha de ser.

(Ya no te veo tanto…ya no tanto)

Oyéndote y viéndote con tu desaliñada indumentaria (las cosas como son, Fernando; no nos pongamos tiquismiquis).

Con esa eterna voz quebrada de adolescente que está en pleno proceso hormonal de cambiar el tono – y que tanto sonrojo nos producía a los infantes, intercambiando los tonos infantiles agudos con los más graves otrora oídos, mientras intentábamos impresionar a la mozuela de turno haciendo muecas a lo Clark Gable: ¡eso si que eran gallos melódicos!…qué vergüenza, madre -.

¡Uy, pero si es Fernando! Díjeme.

¿En qué ‘embolao’ se ha metido ahora don Fernando? Díjeme de nuevo.

Con lo tímido que es – al menos así te veo yo, desde los albores – y metiéndose en la casa de millones, contando una serie de trabalenguas, cifras, y demás familiares, e intentando por todos los medios aparcar el léxico estrictamente científico para hacer las intervenciones lo más asequible posible a toda persona que no lo entienda, al personal menos conocedor de tanta palabreja médica.

Como ha de ser. Y…consiguiéndolo.

La Bondad , en el más amplio sentido de la palabra, la rezumas, la sudas por mucho que te duches varias veces al día y te laves las manos hidroalcohólicamente – como así pregonas y casi  exiges – cada tres cuartos de minuto. Más o menos o…aproximadamente.

He de escribir, eso sí, que aparecer al menos tres días seguidos con la misma camisa y con la misma chaqueta de lana negra con cremallera me llegó a preocupar; la barba sin rapar no ayudaba mucho a achicar mi inquietud, francamente; que eso de “perroflauta” – repelente palabreja – lo que es ir…te va; pero ¿tanto y ante tantos? , pues no. No te veía con esas trazas y me desazoné un poco bastante. ¿Se habrá puesto malo? Díjeme…

A mí me resulta imposible, por más que lo intentase – que no estoy en ello – verte u oírte en plan borde o mamón con nadie.  So pena que hayas cambiado una montonera desde aquellos tiempos. Y lo que es insolentemente fatuo y jactancioso ni se me pasa por el caletre. Por mucho que un manojo de infortunio hubiera pasado por tus rincones, que Dios no lo quiera.

Y si la Bondad la rezumas… la Ciencia la regalas.

Por muchas cifras que hayas intentado disimular; por muchas necesidades viremicas que hayas tenido que inventar – fuere “in crescendo” o “diminuendo” en virtud de las necesidades del momento y del político: Llamemosle  mascarillas. Látex, Epis y otros aparejos imprescindibles para evitar, no ya la infección, sino el simple contagio…que no es lo mismo como sabes infinitamente mejor que yo.

Pero, de veras…¿en qué ‘embolao’ te has venido a meter, machote?

Porque por pasta gansa no es, eso seguro. Y por ¿prestigio científico?: muchísimo menos. Te sobra del mismo para prestar sin devolución a tanto listillo y tanta falsa teoría y asquerosa especulación.

Ahora, con tus disertaciones televisivas hermoso, tienes a toda España dividida en dos: tus paladines y tus vituperadores. O sea…como siempre.

Entre los que se ponen las camisetas de todos los colores con tu semblante pintado en ella, a manera de admiración y orgullo  (yo no me las he puesto todavía, a pesar de la mucha admiración y no poco orgullo que te tengo y te tendré, pero en mi pueblo no he visto camisetas de esas, ni en el primark (“praimark” que diría una que yo me sé), ni en el corteinglés ése (al que es raro que  vaya), ni en los ‘invasores’ – las gentes de mi pueblo saben a qué me refiero con ‘invasores’, los martes de mañana alrededor de la sartén ferial, créeme-; de haberlas encontrado, me las compro de todos los teñidos y sus variantes, combinen o no con mis zapatillas, con tal de llevar tus pintas adonde quiera que fuese. Presumiendo de un buen tío, bueno y sabio.

Y los otros, los que te ponen a parir encima de un burro vestido de perejil bien fresco.

A éstos últimos, los borricos parteros digo, ni repajolero caso. Oye. Que ya los espero yo.

Cuenta conmigo en altruista e insolicitada defensa, que yo soy más bronco que tú. No tanto por amistad –  que también – como por escuchar indecentes chascarrillos, que ni son ciertos, ni me resultan tolerables, ni los transijo.

Con ése tipo de falacias e insultos sin conocimiento mínimo del percal, yo si que me hago altivo, petulante, borde y lo que haya que ser de menester, y les pongo la zanahoria en sus morros a ver si saben lo que ‘vale un peine’, que va a ser que tampoco, oye.

Y si admiro a la persona que eres…¡imagina al personaje (al científico)!

Aunque hayan pasado los años y ni recuerdes de mí el cómo, ni el dónde ni el cuándo.

Porque yo a ti sí que te recuerdo. Hablando roto, en inglés y sin corbata ni traje a juego… disertando magistralmente sobre ¿el Sida?…sí, ese fue el tema.

Bien sabes – ¿qué nuevo puedo decirte?- que España es la tierra más fuerte y firme de todas las tierras del mundo: durante milenios hemos tratado  – y en ello seguimos – de destruirla y…aquí la tienes…¡tan campante, vivíta y mucho por colear!

Si algo bueno tiene (y sigo con el presente de indicativo, que no se confunda nadie con un pretérito perfecto simple, porque el virus lo que es estar…está) ésta p*** pandemia, has sido tú aunque te hayan exigido guiones.

¡Has sido tú! Y no hay más que hablar…

 

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