DIME CON QUIÉN ANDAS

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A veces, viendo las noticias, recuerdo el refrán aquel que decía: “dime con quién andas y te diré quién eres”. Yo no sé, ni me importa, ni me apetece, saber con quienes andan, aunque es fácil deducirlo, muchos de los personajes extraños que aparecen vociferantes y desgañitados explicando lo malísimos que son los otros. Siempre, debe de ser así al parecer, hay otros que son los malos. En realidad, y según mi punto de vista, los peores porque a mí me parecen todos malos. Malos, mentirosos, ambiciosos y absolutamente desvergonzados, porque si tuvieran un mínimo de vergüenza, de esa que se llama torera, no dirían muchas de las cosas que dicen, y que todos sabemos que son mentira, ellos también, pero si podríamos decir, parafraseando, dime a quién escuchas y te diré quien eres.

 

Para mí existen tres categorías:

  1. Los que vergüenza ajena. Por sus expresiones, por sus maneras, por su absoluta falta de rigor léxico e intelectual.
  2. Los que por su tono y su lenguaje tiene más interés en soliviantar que en convencer.
  3. Los que sin reparar en su tono ni en sus palabras sabes que lo que dicen está siempre bajo sospecha. Bajo sospecha más que nada por eso de la presunción de inocencia.

Así que dado que hablan con la extraña convicción de que pueden convencer a alguien, conversos aparte, y que yo dudo que eso realmente pueda suceder, hablan en realidad para los que ya están convencidos, y esos convencidos, esos conversos, esos forofos de la palabra ajena, se pueden definir por la categoría de aquel al que escuchan y cuyas ideas integran como propias.

Los máximos exponentes de  la categoría uno podrían ser, por orden de vergüenza, Nicolás Maduro, Donald Trump, Gabriel Rufián o Carmen Calvo. Hay más, pero estos se me destacan.

Me resulta imposible imaginarme el tipo de capacidad intelectual, de capacidad de análisis, de los que enfervorizados aplauden, aclaman, las palabras muchas veces incoherentes, otras simplemente ridículas, y vacías de estas personas, evito el término personajes a propósito.

No importa, llegado el momento de escucharlos, si pueden tener algo de razón en lo que dicen, ni siquiera importa la, habitualmente, carencia de construcción racional de sus mensajes. El pensar, por un solo instante, que sus palabras pudieran parecerme convincentes me produce tal vergüenza que cada vez que se ponen a hablar me resulta inevitable levantarme y dejarlos con la palabra en la boca. En la boca o en cualquier otra parte de su anatomía con la que puedan articular.

De la categoría dos pondría como ejemplos a Jeremy Corbyn, a Boris Johnson, a Bolsonaro, a Gabriel Rufián, a Pablo Iglesias, a Quim Torra, a Carles Puigdemont o a Santiago Abascal. Todos ellos populistas, vocingleros, frentistas. En sus palabras siempre parece vislumbrarse una falla moral que hace inaceptable el trasfondo de su mensaje. Sus mensajes tienen siempre un regusto a persecución, a miseria, a infelicidad individual y colectiva, a necesidad de señalar para no ser señalados, que me induce a sospechar hasta de mí mismo. No importa si alguna vez su extenso catálogo de enemigos perseguibles, a los que se adivina en muchos casos exterminables, puede coincidir con alguna parte del mío. No importa si sus razones, que se adivinan en algunos casos irracionales, pueden parecer, en algún momento, semejantes a alguna mía. No importa `porque lo que nunca podrá coincidir es su manera de abordar las soluciones, la manera de crear afrentas y dolor en la sociedad, de fomentar mediante las palabras y los hechos el enfrentamiento y el odio.

La tercera no por menos evidente es menos peligrosa. Como representantes ideales casi cualquier político de actualidad. Theresa May, Juan Guaidó, Pablo Casado, Pedro Sánchez, por poner unos pocos. Solo pertenecen a la categoría cuando se ponen ante una cámara o un micrófono, cuando empiezan a decir sus verdades, que al contrario de las del barquero, se adivinan parciales  y efímeras, válidas solo para incondicionales y aplicables en circunstancias que no permiten otra salida.

Pongamos un ejemplo, un desgraciado ejemplo, de actualidad: Venezuela. Claramente escuchar a Maduro produce un rechazo intelectual absoluto. Sus palabras desprenden toda la demagogia y la insania ética del que solo habla para escucharse, para ser aplaudido a la fuerza, para poner sobre la mesa enemigos ficticios, odios ancestrales y defender una aristocracia ideológica que lo sostiene por propio interés. Sin embargo el mensaje de Guaidó es un mensaje de esperanza, un llamamiento a valores indiscutibles  y un ofrecimiento de una salida a un sufrimiento popular inaceptable. La elección es clara, el posicionamiento indudable. Pero, siempre hay un pero, yo no puedo evitar pensar que una vez resuelta una crisis de lesa humanidad, Guaidó guarda en el fondo de su armario la vuelta a Venezuela de una oligarquía incapaz de repartir la riqueza, de defender los valores que dice defender y que representa los intereses de las grandes multinacionales que acaparan y empobrecen sin hacer ese empobrecimiento evidente, pero si fatal. Al final el único perdedor real, gane quien gane, será el pueblo venezolano que  a pesar de tener un país rico en recursos nunca podrá disponer de ellos para su propio beneficio y lograr una situación social de bien distribuida riqueza y política de independencia y eficacia.

¿Y España?, pues en España entramos en ese periodo que al principio comentaba: dime a quien escuchas y te diré quién eres. Dime a quién votas y te explicaré como prefieres que te engañen. Por rematar con el refranero, entre marionetas anda el juego, y a mí el hecho de que se vean los hilos me sume en la apatía, en la indiferencia, en la incapacidad de votar a ningún muñeco por muy bien manejado que esté, y por mucho que le aplaudan.

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