Diciembre es el mes de la doble vara. El del exceso y el de los recortes, el de los encuentros y las despedidas; en el que disfrutas y lloras más que en el resto del año, si todo ha ido medio bien.

Está lleno de contradicciones, por eso me gusta, porque no se sabe si va o si viene, siempre sorprende, aunque no siempre para bien.
Si no fuera por las Navidades sería mi mes preferido, pero ya habíamos quedado en que es imperfecto, lleno de luces sombrías.
Yo entro en él desaforada, me froto las manos en los comienzos de un puente eterno, y no termino de hacerlo hasta el año nuevo. El endocrino me lo ha dicho, «relájate, después de Reyes empezamos». Y ese «después de Reyes» que suena como la peor de las amenazas, hará que afronte lo que esté por venir con tres capas de grasa, para subsistir a la cuesta de enero, que se vislumbra empinada.
Me muevo lo justo para ir de fiesta en fiesta, de comida en comida, incluso de comida a cena. En todo el año no se concentran tantos acontecimientos sociales como en estos treinta y un días. Sin contar las reuniones familiares, que esas, ni son fiestas ni son nada, pero se come como si en lugar del mes se acabara el mundo.
Llego al último pedazo de roscón odiando todo lo que entra por la boca, ya sea líquido o sólido y ese momento, enclavado en el seis de enero, es cuando siento, por fin, que mi vida va a cambiar, aunque no tenga ni una pizca de fuerza para intentarlo. En veinticuatro horas volveré a sacar el chándal de entre la naftalina y a recordar el sabor de la lechuga, que tan olvidado tengo.
Pero aún no estamos en enero y diciembre todavía está al caer con nosotros dentro. En nada nos sumergiremos, también, en los trastornos emocionales además de los alimenticios, «a partir de ahora voy a empezar… o a dejar de…», como si eso fuera fácil. Abandonar la panceta, vale, pero dejar de sentir lo que se siente es harina de otro costal.
Si te paras a pensar todos los meses tienen sus cosas. Noviembre, este, el antecesor, me parece un triste, no sé por qué, pero no tiene gracia, será la grisura y la desnudez de los árboles. Febrero me gusta por años, no tiene término medio, siempre me mata, ya sea de gusto o de dolor, veintinueve o veintiocho días, tanto da. Agosto, es otro raro, a pesar de ser un mes vacacional, adornado en tiempos con amores de verano, en la vejera se lleva más de lo que trae. Y pase lo que pase, todo acaba en septiembre.
También estas son fechas para hacer balance, como si se pudiera hacer algo con el resultado, ya sean pérdidas o ganancias. Lo que es, es.
Pero, en realidad lo que me gusta de finalizar el año es volver a poner a prueba mi voluntad, ponerme retos, que luego ya veo si cumplo o no, según convenga.
Lo primero que tengo en mente, por supuesto, es adelgazar, de eso ya he hablado, así que no me repito. También hacer ejercicio, espero mantenerme firme en ese propósito, al menos hasta marzo, pero no tengo demasiada esperanza puesta en ese fin. Beber mucha agua, solo agua, todos los días salvo fiestas y vísperas y alguna víspera de víspera.
Fumar no fumo, así que, con no volver a caer en ese pozo, me conformo. Del amor y sus intersecciones no hablo. En ese campo siempre hay que hacer lo que se pueda, menos no es más y más, nunca es suficiente.
También debo cuidar de mis personas un poquito mejor de lo que lo he hecho este año, he andado dispersa lamiéndome heridas y hurgando en las crisis. El ecuador de los cincuenta lo cruzo en 2026, y ahí termina la conmiseración. Se terminó querer vivir como si tuviera treinta cuando ni la cadera ni las ganas me dan para tanto, ya.
Por lo demás, para qué engañarnos, nada va a cambiar, seguiré cabezona, perseverante y pesada. Insistiré con mis sueños, aunque ya transcurran en slow motion. Escribiré mientras pueda, sobre lo mismo y algo más, lo que a la musa le apetezca. Y creeré, porque si dejo de hacerlo ya no estaré mayor, sino acabada como el año.
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