Me gusta comenzar la disertación sobre cualquier tema exponiendo la definición de los conceptos nucleares que determinarán el curso de mi exposición. Así que lo prudente es identificar los conceptos que dan título a este artículo.
DEMOCRACIA
Es un sistema de gobierno en el que el poder reside en el pueblo, que ejerce su soberanía a través del voto. En una democracia, los ciudadanos tienen la oportunidad de participar en la toma de decisiones políticas, ya sea directamente o a través de representantes elegidos. Se caracteriza por el respeto a los derechos humanos, la libertad de expresión y la igualdad ante la ley.
POPULISMO
Es un enfoque político que busca representar los intereses y preocupaciones del «pueblo» frente a una élite percibida como corrupta o desconectada. El populismo puede manifestarse en diferentes ideologías y contextos y, a menudo, se basa en una retórica que apela a las emociones y a la identidad del grupo. Los líderes populistas suelen presentarse como defensores de la gente común y pueden criticar las instituciones establecidas.
Desde la primera asamblea en la antigua Grecia, donde la toma de decisiones políticas se hacía con la participación de los ciudadanos de las polis, hasta las nuevas democracias que surgieron a raíz de las ideas filosóficas expuestas por John Locke y Montesquieu, abogando por la separación de poderes y los derechos del individuo, siempre ha habido una más o menos agresiva exclusión de las personas con derecho a decisión mediante su voto. De hecho, las democracias actuales son censitarias, lo que determina quién sí y quién no puede votar a través de un censo.

En las democracias occidentales, ese censo tiene un corte etario, basándose en la supuesta falta de madurez de los jóvenes menores de determinada edad. Sin embargo, no es difícil encontrar a jóvenes de 16 años con una mejor formación y una cabeza mejor amueblada que adultos de 40. La falta de ecuanimidad de este matiz es el caldo de cultivo ideal para la proliferación y el auge de toda suerte de populismos, ya que la incapacidad de racionalizar la realidad separándola de los discursos lleva a las personas a vivir en la irrealidad y a ser incapaces de enlazar causas con consecuencias.
Si analizamos la forma actual de hacer política en el mundo occidental, nos encontramos con que todos los partidos diseñan un programa electoral en el que ponen, negro sobre blanco, los objetivos que persiguen alcanzar durante su legislatura y las propuestas de acción para lograrlos. Sin embargo, más allá de estas propuestas, más o menos determinadas, están los discursos que los líderes de los partidos proclaman día sí y día también a través de sus intervenciones públicas, difundidas por los medios de comunicación de manera más o menos crítica según su afinidad con el político en cuestión.
Por norma general, un porcentaje bajísimo de los ciudadanos conoce los programas electorales de los partidos y solo arma su visión de la realidad, y toma sus decisiones, basándose en el discurso de los líderes de las agrupaciones políticas.
En la actualidad, los líderes políticos de cualquier parte del espectro político simplifican problemas complejos en sus discursos, enfatizan los defectos de sus adversarios y los colocan en la diana como generadores de los problemas que padece la sociedad, o como quienes acabarán con el bienestar de la misma si llegan a gobernar.

Esta división maniquea entre «buenos» y «malos» no se aleja mucho del populismo, ya que determina a un colectivo como el grupo contra el que hay que combatir y contra el que no hay más defensa que el partido del líder que se dirige al público. En definitiva, todos los partidos del espectro político de nuestras democracias occidentales están usando herramientas populistas para llegar al poder, que, una vez conseguido, usarán en su propio beneficio y el de sus círculos.
La forma de hacer política consistente en deslegitimar las propuestas de los oponentes y su capacidad para gobernar crea una narrativa en la que el «pueblo» debe unirse contra los adversarios percibidos como corruptos o ineficaces. Esto contribuye a la polarización política, dividiendo a la sociedad entre «nosotros» (los partidarios) y «ellos» (los opositores).
La polarización es un rasgo común en contextos populistas, donde se fomenta un sentido de pertenencia a un grupo frente a otro. Este clima de división se palpa en la sociedad actual, donde el individuo ve como enemigo a aquel que no acepta los postulados asumidos como propios.
Vivimos momentos en los que la erística ya no domina el espacio público, donde los discursos vacíos no tienen otro objeto que halagar a aquellos que los dirigentes de la partitocracia creen que serán más dóciles y afines a sus pretensiones. Esta falta de argumentos sólidos en los discursos no es sino un síntoma de la infantilidad del pueblo, que está maduro para ser dirigido, por lo que eminentemente se ha convertido en una democracia populista generalizada.
Todo gobierno populista precisa un control absoluto sobre la población, hasta el punto de hacer inviable que los individuos puedan salir del redil creado por sus dirigentes. Para ello, se establecen una miríada de leyes cuyo único objeto es el control de lo que hacen y piensan los individuos.
En esta sociedad, la mejor manera de ejercer ese control es a través del dinero. Poco hay que agregar en una sociedad que tiende a eliminar el dinero físico e imponer transacciones electrónicas que permiten conocer hasta cuántas cajetillas de tabaco consumes al día, si visitas prostíbulos, si donas a la iglesia de tu creencia religiosa, si comes carne o pescado, o si usas gasolina, diésel o un coche eléctrico.
Si a esto sumamos la colonización que se hace desde el poder ejecutivo de los poderes legislativo y judicial, podemos plantearnos una pregunta y darnos una respuesta: ¿Hay diferencias entre democracia y populismo? Hoy, habría que contestar que no hay ninguna diferencia sustancial.
Conceptos clave a considerar:
- El gobierno de un pueblo debe estar enfocado en su bienestar, dando solidez al bienestar de la generación actual y de las futuras.
- Para poder decidir, hay que tener un nivel mínimo de educación, raciocinio y conocimientos que permita discernir lo correcto de lo incorrecto.
- Ya que cien mil millones de moscas comen mierda, ¿debemos todos comerla?
- El exceso normativo atenta contra las libertades individuales. ¿Hay que renunciar a estas?
Como apunte final, cabe mencionar a Jason Brennan, quien, en su lúcida obra Contra la democracia, expone cómo las democracias occidentales se devoran a sí mismas. En esta misma obra, poco avanzada su lectura, hace referencia a una reflexión de Joseph Schumpeter:
> “El ciudadano típico desciende a un nivel inferior de rendimiento intelectual en cuanto entra en el ámbito político. Argumenta y analiza de una forma que él mismo reconocería de inmediato como infantil en la esfera de sus intereses reales. Se vuelve de nuevo primitivo.”
La clasificación de la gente respecto a la política (hobbits, hooligans y vulcanianos) debería hacernos reflexionar. En las democracias censitarias en las que vivimos, el censo se elabora en función de la edad, y estos tres tipos de personas tienen el mismo derecho al voto, siendo su opinión equivalente entre ellos.
¿No sería recomendable repensar la forma de elaborar el censo de votantes con base en otro criterio distinto a la edad?






