Cuando era niña, cada vez que oía la palabra “tiburón”, me entraba un escalofrío. Imaginaba una silueta oscura, una aleta rompiendo el agua, la música creciente y el terror inminente. Supongo que muchos de nosotros fuimos marcados por la misma historia: aquella película que convirtió al tiburón en un villano legendario.

Pero con los años descubrí que el tiburón no es el monstruo de los mares, sino su habitante más ancestral. Y que el miedo que sentimos hacia él dice más sobre nosotros que sobre el animal en sí.
Los tiburones llevan más de 400 millones de años nadando por los océanos. Aparecieron antes que los dinosaurios, antes que los árboles, antes incluso que los continentes tal como los conocemos. En ese tiempo han sobrevivido a extinciones masivas, cambios climáticos y transformaciones planetarias. Y lo han hecho sin dominar, sin destruir. Solo existiendo y cumpliendo su función.
Porque los tiburones son mucho más que dientes: son una pieza esencial en el equilibrio del océano. Como depredadores, regulan las poblaciones de otras especies, eliminan a los animales enfermos o débiles, y evitan que ciertos grupos crezcan sin control. Sin ellos, los mares se desequilibran. Hay estudios que demuestran que la desaparición de tiburones en ciertas zonas ha provocado el colapso de los arrecifes, la sobrepoblación de peces herbívoros, y la desaparición de especies clave.
Hoy sabemos que existen más de 530 especies de tiburones. Están por todas partes: en aguas tropicales, en los polos, en mar abierto y en las costas. Algunos, como el tiburón ballena, se alimentan de plancton. Otros, como el tiburón martillo o el tiburón tigre, cazan presas más grandes. Pero la gran mayoría son inofensivos para el ser humano. En realidad, ni somos su presa ni formamos parte de su dieta.
Aun así, cada año se matan más de 100 millones de tiburones. Algunos son capturados por sus aletas, que se venden a precios altísimos en mercados asiáticos. A otros se les da muerte por deporte o por miedo. Ironías del mundo moderno: exterminamos a una especie por miedo a un ataque que, estadísticamente, es menos probable que ser alcanzado por un rayo o caer de una escalera.
En 2023, por ejemplo, se registraron 69 ataques no provocados en todo el mundo. La mayoría fueron leves. Las muertes, 14. Para un animal que habita todos los océanos del planeta, y que convive diariamente con millones de bañistas, pescadores y buceadores, la cifra habla por sí sola. ¿No es hora de cuestionar esa narrativa que nos enseñaron? ¿No es hora de dejar de exterminar a una especie que ya habitaba la Tierra incluso antes de que existieran los anillos de Saturno?
Julio Sanz, especialista en manejo de tiburones, lo resume así:
“El tiburón es un animal imprescindible en el ecosistema marino… Matamos entre 80 y 100 millones de tiburones al año, básicamente por el consumo de la aleta, cuando el tiburón mata alrededor de unas 5 a 10 personas en todo el mundo. Creo que el animal es más bien el ser humano y no el tiburón.”
Uno de los rostros que más ha contribuido a cambiar nuestra mirada hacia los tiburones es Ocean Ramsey. Bióloga marina, buceadora y conservacionista, Ocean nada a pulmón junto a tiburones blancos, toros, tigres… y lo hace sin jaula. Su imagen rodeada de estos animales, acariciándolos suavemente o guiando su dirección con un leve contacto, ha dado la vuelta al mundo. Para muchos, ella ha devuelto la dignidad al tiburón.
Ramsey afirma que el miedo solo se supera con conocimiento. Que el tiburón no ataca porque sí. Que no es un asesino, sino un animal sensible, curioso y fundamental. Pero su trabajo no está exento de críticas. Algunos científicos aseguran que esas interacciones humanas no siempre respetan el bienestar del animal. Que pueden transmitir una falsa sensación de seguridad. Que hay una línea fina entre la conciencia ecológica y el espectáculo.
Y quizás ambas posturas tengan parte de razón. Pero si algo ha conseguido Ocean, más allá del debate, es despertar el interés. Hacer que miremos al tiburón no desde el miedo, sino desde la curiosidad. Y eso, en tiempos de indiferencia, ya es un logro enorme.
En el documental Shark Whisperer (Netflix, 30 de junio de 2025), se relata un episodio sorprendente y profundamente humano que conecta directamente con las técnicas de Ocean Ramsey. El surfista Keoni TeTawa Bowthorpe, en la costa norte de Oahu, presenció cómo un tiburón atacaba a un compañero en el agua. En lugar de huir, Keoni, inspirado por lo aprendido de Ramsey — la capacidad de leer el lenguaje corporal del tiburón y aplicar una redirección suave — intervino para desviar al animal y salvar al surfista agonizante.
Keoni comenta en el documental que lo que hizo fue actuar “sin pensar en mí, solo en salvar a mi amigo”. Su reacción no se debió a un instinto heroico hollywoodiense, sino a lo que había visto: técnicas de redirección diseñadas para ganar espacio y calmar la situación, enseñanzas que Ocean comparte con cautela y responsabilidad.
Ocean Ramsey asegura:
«… para permitir que los tiburones existan, primero hay que enseñar que no son monstruos… Son depredadores, sí, pero necesitamos que lo sean. Lo único que debemos hacer es adaptarnos a su papel, su comportamiento y su naturaleza como depredadores.»
Personalmente, como la mayoría, jamás me aventuraría a nadar con tiburones con o sin jaula. Pero sí podemos valorar y respetar un trabajo que ha salvado vidas. Ocean no busca fama por lo que hace, sino enseñar a reaccionar con conocimiento, calma y respeto. Aunque sus métodos generen debate, no hay duda de que su impacto ha llevado a un cambio real en la percepción y las políticas. Gracias a su lucha incansable, Hawái cambió su legislación y se convirtió en 2022 en el primer estado de EE. UU. en prohibir la pesca de tiburones.
¿Y si sumáramos fuerzas?
Sería interesante ver cómo podría evolucionar la ciencia si, en lugar de menospreciar a personas como Ocean Ramsey, que dedican horas y horas al estudio, la divulgación y la protección activa de los tiburones, se apostara por una colaboración más abierta entre científicos tradicionales y activistas de campo.
Ramsey no trabaja desde la comodidad de un despacho. Lo hace sumergida, literalmente, en el entorno que intenta proteger. ¿Qué pasaría si ese impulso, esa pasión, ese conocimiento empírico se integrara en proyectos científicos a gran escala?
No se trata de sustituir la ciencia rigurosa, sino de reconocer que hay saberes que nacen del contacto directo con la naturaleza, de la observación paciente, del respeto profundo. Y que unir ambas perspectivas, la académica y la experiencial, podría abrir nuevas vías para comprender, conservar y sanar nuestro planeta.
Proteger a los tiburones no es solo una cuestión de justicia animal. Es proteger al océano entero. Es reconocer que incluso aquello que nos asusta puede ser bello, útil, necesario. Es aprender a reconciliarnos con la naturaleza sin imponernos sobre ella.
Cómo proteger a los tiburones desde casa
Si este artículo te ha despertado curiosidad o empatía por los tiburones, aquí van algunas pequeñas acciones que pueden tener un gran impacto:
- Informa y sensibiliza: comparte contenido que desmonta mitos sobre tiburones.
- Evita productos con aleta de tiburón: sopas, suplementos y cosméticos pueden contribuir a su caza ilegal.
- Consume pescado responsablemente: elige marcas que respeten la pesca sostenible.
- Apoya organizaciones de conservación: como Shark Allies, WildAid, o el trabajo de Ocean en One Ocean Diving.
- Reduce plásticos: los residuos marinos también afectan a los tiburones.
- Educa desde el respeto: enseña a los niños a conocer al tiburón desde la curiosidad, no desde el miedo.






