DEL PENSAMIENTO ÚNICO

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Comienzo a redactar el presente ensayo habiendo leído alrededor de dos terceras partes de la publicación científica[1] titulada “Mind-wandering as spontaneous thought: a dynamic framework” [Divagar como pensamiento espontáneo: un enfoque dinámico], estudiada, redactada y publicada por cinco especialistas asentados en centros de investigación y universidades canadienses y estadounidenses. Me falta por leer el último apartado: el que versa sobre las implicaciones clínicas.

Reconozco que, por ahora, el escrito me resulta tan fascinante como complejo. Creo haber comprendido (lo cual no significa que vaya a seguir haciéndolo en el futuro) algunas de las relaciones neurológicas que, con destreza y elegancia, se desgranan y dibujan a lo largo del texto. Por lo que llego a recordar, entiendo que existen ciertas redes neuronales cerebrales que interactúan entre sí de formas diversas y heterogéneas según las cualidades del estado mental del cual brotan y/o que producen.

Los diferentes estados mentales que se suceden en la mente de cualquier individuo difieren en ciertas dimensiones, a saber: I) el grado de relación que guardan con la tarea que se está llevando a cabo en el momento, II) la orientación que guardan (bien sea esta proyectada hacia el propio interior o hacia el ajeno exterior) y III) el grado de relación que los caracteriza en relación a un objetivo o meta concreto (es decir, si estos guardan, o no, relación con algún afecto, significado o proyecto personal; en otras palabras, si, implícitamente, adquieren o poseen un significado personal para el individuo en cuestión).

Una nota que quisiera recalcar guarda un carácter gramático. Se aduce en el texto a la terminología con la que, muy bellamente, William James, hace más de 100 años, trató de describir el concepto de estado mental. A su vez, el filósofo y psicólogo refería a los dinámicos estadios que se discernían entre estos y aquellos estados mentales; a los espacios o períodos que distaban entre estados mentales distintos. La nota consiste en que me pregunto hasta qué punto un estado mental se trata de un estado mental y no de un proceso mental.

Bien es sabido que la Realidad es mutable, cambiante, fluctuante; la Realidad es un proceso en sí mismo, complejo, vasto y longevo. Bien es sabido también que en la Realidad todo guarda cierta relación, mayor o menor según de qué hablemos concretamente, con el Todo; como mínimo, una relación de pertenencia, pues no hay nada que exista fuera/tras/más allá del Todo (y si la hay, permanece, y me atrevo a decir que siempre permanecerá, incognoscible para nosotros). En cuanto a todo lo que atañe a la condición humana (estados mentales incluidos), puede aseverarse con firmeza que forma parte del Todo, que conforma un retazo (muy interesante y curioso, no quede por decir) de este, que se halla ontológica e inseparablemente vinculado al inefable proceso del Todo.

Además, sabemos que la Vida es un proceso en sí mismo también. Que, supuestamente, un día nació (¿si no estuvo viva siempre?) y que, desde entonces, encarnada, “moleculada” en disposiciones orgánicas de toda índole, jamás ha dejado de ser. Es decir, que la Vida, eterna o finita (es indiferente, pues ambas opciones son plausibles y ninguna descartaría el sentido de su definición como proceso), se trata de un proceso en sí mismo, al igual que la Realidad.

La Ciencia Occidental siempre ha sufrido de un Ego un tanto soberbio. Se ha creído superior en muchas ocasiones a la Sabiduría, a la Intuición, a la Emoción; en una palabra: a Oriente. Ni Occidente ni Oriente son mejor ninguno al otro. Ambos se complementan; ambos forman parte del Todo. La Ciencia Occidental siempre ha tendido a dividir, catalogar, diagnosticar; Oriente a unificar e integrar.

Tras esta perorata (más intuitiva que racional, más divagativa que estructurada), mi pregunta es: ¿Cuándo y dónde se inicia y termina un estado mental? ¿Dónde se ubica la liminalidad de entre los “flights” y “perchings” jamesianos? ¿Qué potencial de acción, ya disparado o todavía latente, define las electroquímicas fronteras entre estados mentales?

Existe un concepto muy popular en los campos de la psicología social, de la sociología, del neuromárketing, de la publicidad, de la (geo)política, de la información, de la psicotrónica, de la inteligencia, entre muchos otros. Este concepto se trata del pensamiento único, el cual podría definirse como la convergencia de una línea/modo/forma de pensamiento idéntica o muy similarmente compartida por un elevado número de personas, sino incluso por la mayoría de las personas que conforman la sociedad; es decir, las masas. Cabe decir que el célebre ilustrado José Ortega y Gasset ya predijo, a inicios del siglo XX, el inevitable advenimiento del pensamiento único y de las (nefastas) consecuencias que se derivarían del mismo.

Considero que el pensamiento único podría definirse como una especie de cosmovisión compartida. En una sociedad regida por el pensamiento único, en una sociedad en la que el pensamiento único se extendiese como una tupida enredadera sobre un muro de cal blanca, una considerable parte de la población determinaría sus pensamientos (y, por ende, sus estados emocionales y su conducta) a raíz de una (inconsciente) base epistemológica homogénea, de una (escueta) serie de (inconscientes) creencias limitadoras y de un (breve) conjunto de retazos (des)informativos acompañados de un (mediocre) hilo argumental pseudo-hilvanado. Todo ello conformaría gran parte de la sustancia de la mente de estas personas, de sus preocupaciones y de sus estados mentales; además, conformaría en gran medida su estilo de vida y hábitos, el modo en que se relacionarían con sus semejantes y consigo mismo… Estoy convencido de que, a día de hoy, este caso representa (con alta fidelidad) la realidad que cohabitamos: muchísima gente se nutre de un modo escandalosamente homogéneo. TikTok, Netflix y la TV conforman, para demasiados, los (prácticamente) únicos canales de adquisición de información sobre la realidad circundante e incluso, como se ha podido comprobar a raíz de la masiva inoculación de creencias epistemológicas que se ha recreado digitalmente y, seguidamente, de boca en boca desde la irrupción de un coronavirus de cuyo origen no quiero acordarme, sobre la propia. Es lo suyo, pues, que mucha gente, como consecuencia, piense igual; es decir, de la misma forma, sobre los mismos temas y basándose en las mismas premisas.

El pensamiento único, así las cosas, impregnaría cada uno de las encajonadas categorías que pueden encontrarse en la figura número 1 de la publicación científica anteriormente mencionada en relación a la abstracta conceptualización de los diferentes tipos de pensamiento que un individuo puede experimentar. Al tratarse, según definición de cosecha propia, de una cosmovisión en su conjunto (tanto ontológica como epistemológicamente hablando, pero sobre todo quisiera hacer hincapié en su naturaleza ontológica), de una forma y modo tendenciosos de relacionarse con la información y la Realidad, de una predisposición holística a la hora de sumergirse en esta última, el pensamiento único constituiría una especie de hiperónimo, el cual englobaría las hipónimas manifestaciones que puede adoptar el pensamiento, tales como la ensoñación, la divagación, el pensamiento creativo, el pensamiento dirigido a un objetivo, la ruminación, el pensamiento obsesivo… El pensamiento único, constituido por creencias e ideas, argumentarios y justificaciones, emociones y pensamientos, actos y hábitos, insuflaría una predisposición mental tanto en contenido como en forma.

Pues no es lo mismo un fanático que un librepensador: desde un pretencioso, corroído, mordaz, aborrecible y malsano convencimiento, el ignorante farda, juzga, berrea, enjuicia, condena y se justifica; desde un humilde y curioso escepticismo, el cultivado duda, contempla, reflexiona, razona, expone, argumenta, reconsidera, descubre, se corrige, aprende, crece y agradece; he aquí el efecto Dunning-Kruger representado en verbos.

Recordando ahora que me queda por leer el último tercio del texto científico que aquí nos trae, el cual trata de las implicaciones clínicas que auguran las evidencias en materia de neurología expuestas a lo largo del texto, y considerando lo recientemente tecleado, me pregunto:

  • ¿Qué correlatos neuronales devendrían de un análisis sistemático in vivo con individuos expuestos a una conversación espontánea en la que un tema controvertido fuese tratado?
  • ¿Qué resultados se obtendrían de un refinado estudio científico en el que se examinasen las activaciones neuronales que resultarían en los cerebros de individuos a)filósofos, b)fanáticos, e c)indiferentes cuando mantuviesen una conversación natural respecto de un tema conflictivo de interés general?
  • ¿Qué podría concluirse de las evidencias sustraídas de los datos que se tomaran de un experimento formal en el que uno o cientos de individuos informados debatiesen sobre un tema candente y concreto con otros tantos otros individuos que hubiesen sido previa y sistemáticamente desinformados ininterrumpida (y recalcitrantemente) al respecto del relevante tema de conversación bajo debate?

Habiendo ya leído la última parte de la respectiva publicación científica que aquí nos atañe, dispongo a terminar el presente texto con alguna que otra intuitiva pincelada respecto del concepto que pongo sobre la mesa, a saber, el pensamiento único y la relación que puede llegar a albergar con algunos de los conceptos que se describen en el artículo de Christoff y compañía.

Considerando las breves notas que hasta el momento he tecleado respecto del concepto de pensamiento único, me atrevería a hipotetizar que el pensamiento único, a diferencia del librepensamiento, pudiera hallarse presente en mayor medida, en comparación a un grupo control, en individuos cuyos correlatos neuronales/neurológicos presentasen niveles más elevados de las así llamadas restricciones deliberadas (deliberate constraints), especialmente cuando/en el momento en que los contenidos de la divagación (mind-wandering) o del pensamiento espontáneo en cuestión fuesen, explícita y/o implícitamente, reconocidos por el propio individuo como contrarios a su “status quo” mental (o lo que vendría a ser equivalente, a su red de esquemas mentales de confianza), como ajenos o incongruentes con respecto al mismo, o como indebidos y/o incorrectos.

Releo y retomo el presente escrito un mes y medio después de haber redactado todo lo que el lector haya podido leer hasta esta misma línea. De tal modo, siguiendo con lo expresado en el párrafo anterior, cabe recalcar que quizá pudieran hallarse diferencias entre aquellos individuos que fuesen conscientes de que su pensar es similar o idéntico al de la sociedad, al del grupo de referencia, y aquellos individuos que, siendo su línea de pensamiento, su status quo mental, la epistemología de su ideología, el contenido de sus creencias similares o idénticos a los de la sociedad o, en su defecto, a los de su grupo de referencia, no fuesen conscientes de semejante hecho. El sentido de pertenencia a un grupo y el consecuente miedo a perder el privilegio de tal sentir se hallaría presente, o no, respectivamente, según a cada cual. Alguien que piensa como los demás, quiera reconocerlo o no, no es lo mismo que alguien que piensa similar o idénticamente a los demás, pero no como ellos. Cabría investigar también la posible relación que guardasen el estilo cognitivo de cada uno de estos sujetos con los datos que arrojasen una serie de análisis psicométricos rigurosos que midiesen sus respectivas magnitudes personales en relación a algunas de las variables conocidas acerca del temperamento y la personalidad humanas, a saber, la apertura a la experiencia y el neuroticismo, por poner un par de ejemplos.

¿Piensan del mismo modo y forma una persona que se dedica a cuestionar tanto la Realidad como su realidad y otra que busca reafirmar su visión de la misma a cada oportunidad que se le presenta? ¿Piensan similarmente una persona humilde que una arrogante? No lo creo. Entonces, me pregunto: si no piensan igual, ¿en qué difieren principalmente, tanto a nivel mental como cerebral/neuronal/fisiológico? ¿Cuáles son las discrepancias fisiológicas más significativas? ¿En qué modo difieren sus modos de atender a la Realidad; es decir, sus hábitos atencionales?

Por último, ¿he escrito este texto inmerso en dos estados mentales diferenciados separados en el tiempo o lo he manufacturado fruto de un único proceso mental continuo?

[1]Christoff et al. (2016). Mind-wandering as spontaneous thought: a dynamic framework. Nature,

4 COMENTARIOS

  1. Buen texto sobre el mayor enemigo de la libertad y el libre pensamiento. O logramos acabar con los factores que lo fomentan( religiones, ideologías, emporios económicos y sistemas educativos diseñados para su preponderancia) o la única inteligencia apreciable en el planeta corresponderá a la IA y a los delfines.

    • El mayor enemigo es el miedo, y siempre lo será. El miedo a madurar, a responsabilizarse, a escuchar, a leer, a aprender, a errar, a rectificar, a actuar, a decidir… Nada puede detener a un hombre o una mujer sin miedo, ni religiones, ni ideologías, ni emporios económicos ni sistemas de adoctrinamiento. El miedo es el enemigo y los malos lo saben muy bien, por eso lo aplican sistemáticamente.

  2. Sí, vamos hacia el pensamiento único por falta de referentes. Hoy en día la gente solo puede informarse a través de millones de creadores de contenidos en TikTok, YouTube o Podcasts, decenas de plataformas de streaming que tienen cientos de opciones a la carta cada una, infinitas publicaciones digitales escritas… Es que no hay variedad. No como antes, que sólo había dos canales de televisión, 10 radios y cuatro periódicos, y todo el mundo hablaba de lo mismo y tenía los mismos referentes. En aquella época sí que había variedad. O mejor aún, en tiempos de la dictadura cuando todo el mundo veía el nodo y películas pasadas por la censura. Aquellos sí que eran buenos tiempos para el pensamiento diverso e independiente. Diga usted que sí.

    • El pensamiento único tiene sus idas y venidas, se forja, más o menos, al estilo de María: “un pasito p’alante y un pasito p’atrás”. Aunque más bien un par p’alante. Un ejemplo muy obvio de ello: antes de 2020, el 99’9% de la población tan siquiera había escuchado jamás la palabra ‘asintomático’; es decir, que por sus oídos jamás se habían introducido en toda su vida la secuencia concreta de respectivos fonemas. Llega 2020 y suceden cositas por todo el mundo. Entre ellas, se inocula sistemáticamente, usando la infalible técnica del martillo-pilón, no solo dicho vocablo, sino precisamente una creencia falaz muy potente arraigada en este, a cuantos más mejor. En cristiano: se adoctrina (es decir, que se instruye autoritaria, interesada y malignamente) a la población sobre una mentira (además comprobable y comprobada, que no quede por decir) haciendo uso de un pseudo-argumentario reproducido por centenares de voces ajenas, lo cual refuerza el pensamiento único general con este ‘bit’ desinformativo concreto. ¿Cuántas personas crees que en 3 años han pasado de A a B, siendo A: el desconocer por completo la existencia del concepto de ‘asintomático’, y B: el creer que ellos mismos pueden haber sido los causantes de enfermedades, sino muertes, ajenas sin haber padecido síntoma relacionado alguno previamente? Es patológico.

      Otra práctica paralela a la que ejemplifica la anterior, la cual no representa más que un caso concreto de manifestación y consecuencia del potente proceso del aborrecible discurso único, el cual obviamente constituye un factor relevante a la hora de generar el pensamiento único en la población (y, no quede por decir, pertenece y/u obedece a poderes fácticos, financieros, geopolíticos y económicos varios con claro ánimo de lucro), es la censura selectiva. La invisibilización, la ridiculización, el menosprecio, entre muchas otras, son algunas de las encarnadas manifestaciones en las que la censura puede ser ejercida. La palabra ‘selectiva’ hace referencia a la elección, en este caso, de a quién se censura y a quién no (sino, más bien, se lo pone en la portada). Justamente, un ejemplo de censura selectiva muy obvio es la que se ejecuta en algunas de las plataformas que has nombrado, como son TikTok y YouTube, donde según qué temas toques se te censura o no. Un ejemplo muy remarcable al respecto de cuán selectiva puede ser la censura, o bien la permisividad, como verás, es el hecho de que en Facebook (desconozco si a día de hoy sigue así, pero sé que era así incluso hace menos de una sola década) uno podía encontrarse con decenas y centenares de grupos en los que, semi-abiertamente, rulaba pornografía infantil. Desde 2020, por cuestionar el relato oficialista, el discurso único, por generar debate y cuestionar el status quo, por disentir y opinar al respecto, por promover la prudencia, etc, se te censuraba sistemáticamente del sistema, bien mediante fact-checkers, bien mediante el algoritmo (que hace que apenas aparezcas en el ‘feed’ de inicio de tus seguidores), o, como no, bloqueándote el acceso a la plataforma y/o borrando tu cuenta personal. Yo mismo he sido receptor de todas estas prácticas últimamente enumeradas en Instagram durante meses, hasta que me bloquearon el acceso y posteriormente eliminaron mi cuenta, por compartir capturas de pantalla que el algoritmo reconocía con algún tipo de “alerta roja”.

      La siguiente afirmación constituye un hecho en sí mismo: las inoculaciones masivas de la covid-19 no han salvado vidas. Hay evidencia científica rigurosa abundantísima al respecto. Que el político o el tertuliano de turno, mi tía que es médica, mi vecino o su perro digan lo contrario, si tal opinión no está contrastada con y asentada en evidencia científica de dimensiones significativas, no es más que eso, una opinión. Una muy común, pues se ha repartido gratuitamente a diestro y siniestro, día tras día, durante años, exclusivamente. No se ha hablado de otra cosa en años. Es normal que las masas consideren tal creencia común como la verdad; es normal que se genere el pensamiento único al respecto.

      Casi se me olvida: la ciencia de la Psicología es muy clara al respecto: una oferta desproporcionada no significa en un incrmeento de la libertad de elección (pues la Libertad no se trata solo en potencia, a priori, sino, quizá más bien, en hecho, in situ) y, además, tiende a generar frustración e impotencia por bloqueo ante la exacerbada cantidad para elegir. Es como cuando vas a un restaurante y la carta es infinita. Si a un niño o a una niña le dices “elige la camiseta que más te guste/la que quieras/una”, y le muestras una colección de 300, ¿qué pasa? Se abruma y pierde el interés. Si le ofreces tres camisetas bonitas y le pides que elija la que más le gusta no tarda ni 5 segundos en efectuar la elección que con 300 ha sido incapaz de llevar a cabo. Pues con los “millones de creadores de contenidos en TikTok, YouTube o Podcasts, decenas de plataformas de streaming que tienen cientos de opciones a la carta cada una, infinitas publicaciones digitales escritas”, ¿qué crees que ocurre, sociológicamente hablando? ¿Has observado el fenómeno sociológico a colación? ¿Cuáles son tus conclusiones? Recuerda, antes de contestar, el siguiente matiz: que, en términos cualitativos, la gran mayoría de la oferta mediática pertenece a los mismos dueños, su mensaje se basa en las mismas premisas, “cacatúa” el mismo contenido y se dirige al mismo público, a saber, las masas. La oferta es algo como “gambas a la brasa, cocidas, al horno, al vapor, salteadas, guisadas, fritas, rebozadas, sofritas, con piña, al limón, con mango, con pimientos, en sopas, estofados, ensaladas, con patatas, en hamburguesa, en sandwich”, cuando también hay sepia, calamares, nísperos, granadas, garbanzos, lentejas, apio, cilantro, cuscús, lasaña, pizza, macarrones, ajo, cebolla, etc, etc, etc, y todas sus posibles combinaciones.

      Muy agradecidamente por tu oportunidad, espero tu respuesta, estimado Pablo.

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