DEL DOLOR CRÓNICO Y EL DESEO DE VIVIR

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A duras penas soy capaz de mantener mis dedos sobre el teclado de mi portátil y de mantenerme un poco incorporado en la cama para poder escribir lo que ahora estoy escribiendo. No quiero dar la imagen de un quejica, aunque si soy sincero, poco me importa, cada vez menos, la imagen que los demás se hagan de mí porque soy consciente que unos me entenderán y otros no, siendo lo más probable que entre los primeros estén quienes igual que yo sufren una dolencia crónica de cualquier tipo o que tienen desarrollada su capacidad de empatizar con el prójimo.

Foto de Inge Poelman en Unsplash

La incapacidad de escribir, por suerte, o por desgracia, depende como se mire, no me afecta a la capacidad mental de poderlo hacer, porque como siempre digo la escritura para mi es una liberación del alma, es una forma de entrar en conexión, casi espiritual, con el mundo que me rodea. Aunque hoy, hecho de menos ese silencio absoluto, esa conexión con el aquí y el ahora libre de cualquier pensamiento y emoción, sintiendo sólo el placentero silencio que ahogue la tribulación que me ocasiona el dolor.

Son muchos años, yo dría más de quince los que llevo soportando el dolor neuropático procedente de una estenosis de canal en las lumbares y de una posterior artrodesis sujetando con tornillos tres vértebras lumbares, pero, a pesar del ruido que en mi cabeza ocasiona esta situación, a veces, dicho sea de paso inaguantable, sin embargo, no pierdo la emoción de seguir viviendo, es más, cuanto más ocupada tengo la cabeza con cuestiones, tanto terrenales como celestiales, entiéndase éstas últimas, como aquellas que recaen en mi continuo pensamiento ontológico, y que me llevan a filosofar sobre el sentido del ser y de la vida, que luego decido compartir con aquellos que se atreven a soportar mis devaneos mentales; menos siento el dolor.

En otra ocasión, dando vueltas a este mismo tema en este mismo medio, llegué a la conclusión que, ahora mantengo con más firmeza que entonces, por la experiencia obtenida de la meditación entrando en ese trance del aquí y el ahora, que una cosa es el dolor y otra el sufrimiento, y así es, el dolor siempre esta ahí, pudiéndose controlar su intensidad con medicación y con ciertos consejos médicos, a veces, menos de lo que en mi caso desearía, pero el sufrimiento si es reconducible a una situación, no de resignación, sino todo lo contrario, de lucha continua en búsqueda de la felicidad a cualquier precio, siendo un camino para encontrarla reflexionar sobre lo positivo que nos aporta la vida, sobre lo maravilloso que resultar vivir el día a día, con intensidad.

Soy consciente, y si no lo reconociese sería una estupidez por mi parte, que existen umbrales del dolor que pueden llegar a plantarnos la continuidad de la existencia, que si soy sincero en el agotamiento de la lucha contra ese dolor incapacitante he sentido en una ocasión, llevándome a pensar en el deseo de aquellos avocados a una vida postrada por el dolor, de una muerte digna y la crueldad del mundo que es capaz de cuestionar dicho deseo bajo la perspectiva de una moral de superioridad religiosa o de cualquier otro tipo, contra la libertad, no me atrevo a afirmar si valiente o cobarde, de acabar con todo, sólo admitir, evitando hacer con ello apología de la  eutanasia que, sin dignidad, la vida del hombre deja de ser verdaderamente humana y se hace dispensable: esa vida ya no es vida, tal y como dijo Hersch J. en su obra “La vie à son juste Prix”.

No necesito comprensión por mi dolor crónico, y creo que tampoco los millones de mortales que lo sufren, tanto sólo el respeto por quienes se atreven a juzgar y, peor aún, cuestionar que todo es un cuento para llamar la atención de los demás o justificar la falta de asunción de ciertos compromisos sociales o laborales o acceder a determinadas prestaciones, que dicho sea de paso, ya se ha cotizado por ellas. Quizá para saber de lo que hablan y juzgan, deberían soportar un dolor de cabeza esporádico durante un par de días sin parar, porque, no hay nada mejor que la experiencia para aprender, quizá así dejasen de apuntar con su dedo acusador.

Tampoco quiero preocupar a nadie. Esto es lo que es, como un carrusel de ferias, un día mejor y otro peor; pero repito, con ganas inmensas de compartir mi tiempo con mi familia, mis amigos y mis Queridos Brothers del camino de la vida, y de mi sis…, sentir sus besos y abrazos. Pero sobre todo, no sentir vergüenza por estar enfermo.

 

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