DEL DERECHO A LA POSESIÓN DE LA VIDA AJENA Y DE LAS COTAS GLOBALES DE SEMEN

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Uno de los puntos en los que se concentran los esfuerzos a la hora de establecer e implementar la agenda ideológica de las masas en Occidente es la creencia sobre el derecho a la posesión de la vida ajena.

Recurrente y paulatinamente se ametralla a las mentes de todas las generaciones, aunque en mayor medida a algunas que a otras, con sendas ideas, frases y argumentarios destinados a generar la creencia colectiva sobre el derecho a la posesión de la vida. No obstante, también es cierto que, por otro lado, se trata de incrustar, paralelamente, la creencia sobre la no pertenencia, o correspondencia, de los hijos biológicos a sus respectivos padres, también biológicos.

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“Las parejas LGTBIQ+ ruego se me disculpe si me falta o sobra alguna letra— también tienen derecho a tener hijos —o hijes, según a quien se le preste atención—.” Esta oración, repetida tanto por individuos que, mejor o peor y, más bien, peor que mejor—, ostentan cargos políticos, como por ciudadanos de a pie de todas las edades, especialmente muchos de los pertenecientes a las generaciones menos experimentadas, puede comprenderse como la máxima por excelencia al respecto, la cual puede llegar a constituirse como la que mejor pero no por ello exclusivamente encarna o representa, actualmente y en esencia, el significado que ostenta la creencia sobre el derecho a la posesión de la vida ajena. Cualquier planteamiento que se asemeje a, o se acerque a representar, tal concepto es, cuando menos, repugnante, y debiera ser también, en mi opinión, cuestionado y criticado y, en los casos pertinentes, punible.

En primer lugar, tal idea ya puede ser desmontada desde el entendimiento de que nadie pertenece a nadie, de que nadie tiene el derecho de poseer a nadie. La posesión de seres humanos es algo horrendo, aborrecible e inhumano, considerando también a la numerosa cantidad de mafias de toda índole que, en las sombras, realizan acciones destinadas a perpetuar semejante aberración y, obviamente, a sacar rédito especialmente ecónomico a través de ello

En segundo lugar, aprovecharse de la buena fe de las parejas LGTBIQ+ que quieren criar juntos a un infante es deleznable; fomentar entre líneas tanto el tráfico infantil como el de embriones y gametos mediante la exacerbación del sentimiento paternal y maternal de los individuos es asqueroso.

En tercer lugar, el derecho a, como se suele decir, tener un hijo o hija es inexistente. Tal cosa es falsa y burda; alberga y esconde un buenismo y un egocentrismo que lindan, sino conviven, con el narcisismo. Nadie tiene derecho a tener una hija o un hijo, o los que sean. Se mediatiza este derecho falaz, mientras, simultáneamente, se obvian, tergiversan y emponzoñan muchos deberes. Cabe decir que el derecho a tener un hijo dista de constituir un sinónimo respecto del derecho a la reproducción; debiéramos quizá empezar a definir, para comenzar a distinguir, las finas líneas que separan ambos conceptos.

En cuarto lugar, la obsesión por el derecho a la posesión de la vida ajena puede llegar a ser tan extremo que, en no escasas ocasiones, se compran bebés, embriones y gametos ajenos; es decir, se legitima y se desarrolla un mercado específicamente enfocado en su compra y venta. Parejas y matrimonios que, por las razones que sean, no pueden engendrar un embrión, fecundar una nueva vida, generar descendencia propia, literalmente, alquilan vientres ajenos, compran fetos y/o los roban a través de engaños institucionales, adquieren por un módico precio gametos de donantes anónimos… La obsesión por el derecho a la posesión de la vida ajena produce directamente que el tráfico de gametos, embriones, fetos, neonatos, bebés e infantes, como mínimo, se mantenga, sino quizá ciertamenteprolifere, mientras el siglo XXI, junto a sus vicisitudes, transcurre a nuestro alrededor.

 

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En quinto lugar, al mismo tiempo que todas estas cosas suceden y se suceden en el tiempo, día tras día, también se está cociendo en el caldero de la memoria colectiva, a fuego lento, la creencia de que muchos padres y madres no son aptos para criar a sus hijos. Esta creencia, que en desafortunadas ocasiones concretas puede ser cierta, en muchas otras no lo es, considerando que, en nuestra condición humana, nadie es perfecto, y, por lo tanto, su respectiva forma de criar tampoco, siempre y cuando el afecto esté presente y la negligencia y el maltrato borrados del mapa; como en todo en la vida: existen muchos grises.

En sexto lugar, siguiendo con la idea del párrafo anterior, cabe decir que la problemática actual gira en torno a la mediatización exacerbada de ciertos aspectos de la crianza que, tal y como son mostrados a la población general a través de los medios de manipulación, se presentan como un mal mayor que supuestamente debe atajarse cuanto antes. Por razones obvias, este genuino énfasis, rayano en la mediocridad, en ciertos aspectos supuestamente fatales de la crianza de los infantes de las generaciones actuales que, aparentemente, se da en también supuestas numerosísimas ocasiones a lo largo y ancho del territorio nacional hay quien asevera que del global—, incide en detrimento de la visibilización de ciertos otros aspectos de la crianza, quizá de mayor relevancia social. Por ejemplo, se bombardea, de uvas a peras pero paulatinamente, con la idea de que abundantísimos padres y madres no respetan la presunta libertad del infante a la hora de definir, incluso proclamar, su propio género como si tal preocupación se desarrollase de forma natural en la inmensa mayoría de los infantes a lo largo de las prematuras etapas de su desarrollo biopsicosociomoral—, al mismo tiempo en el que, vamos a decir, se presta atención nula al hecho de que, durante dos años, lo que se traduce en demasiados cientos de días, se ha obligado a todos los niños y niñas a usar mascarillas, bozales o trapos, como guste el estimado lector llamarlos, a diario, durante horas y horas, tanto da aquí que allá, en el patio, haciendo gimnasia, por la calle y en el parque al puto aire libre—, haciendo caso omiso a todos los profesionales que NO expertosque, con honradez, sentido común y evidencia científica válida e ingente como aval, denunciaban tanto la irracionalidad y la irresponsabilidad de semejante sinsentido como el inmenso perjuicio que este genera y acarrea directamente en la salud infantil, el daño sistemático significativamente relacionado con siendo moderados con el lenguajeel empeoramiento en el desarrollo y la salud general de los infantes, incluso adoctrinándolos hasta el dogmático punto de hacerles creer de que tal cosa “era por su bien y por el de todos”, alcanzando en excesivas ocasiones el denigrante extremo de estigmatizar a los niños y niñas que decidían, tanto por su propia cuenta como con el consentimiento y/o el involucramiento de sus padres, no usar mascarillas en su día a día mejor dicho, a los que decidían respirar con normalidad, naturalidad y libertad—.

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En séptimo lugar, quisiera recalcar que el sentimiento sobre el derecho a la posesión de la vida ajena no es algo nuevo. Tanto en el pasado como en el presente, también en el futuro, tristemente, el derecho a la posesión de la vida ajena se ha efectuado y se efectúa cuando, por ejemplo, se legitima, mayormente en ciertas sociedades, que el hombre obtenga un poder (casi) absoluto sobre la mujer, doblegando su voluntad en favor de la propia, poseyendo el derecho de decisión y acción sobre su integridad física; o cuando millones y millones de animales se asesinan diariamente para ser devorados por millones de fauces humanas, tanto hambrientas como ciegas de gula, especialmente las últimas; o cuando se arrasan bosques, selvas y junglas para plantar monocultivos y explotar yacimientos minerales con los que, un par de cabezas, a costa de otras decenas de miles, especular en el juego de las bolsas de valores; o cuando millones de personas, incluso a sabiendas, consumen prendas de ropa a un ritmo acelerado e innecesario, promoviendo, alimentando y legitimando una industria explotadora y superficial, pagando con el dinero fruto de su sangre, sudor y lágrimas este o aquel retazo de tela de baja calidad solo porque este se halla temporalmente de moda y el miedo a no formar parte de ella las abruma profundamente o quizá porque sea ya un hábito más, como ducharse o encargar un pedido de Glovo mientras llueve a raudales, en lugar de prepararse una sopita uno solo; o cuando otros millones de niños y niñas, mujeres e incluso ancianos, en otra parte del mundo a la que sistemáticamente los otros millones hacen ojos ciegos y oídos sordos, siguen siendo explotados, en el sentido humano de la palabra, durante más de la mitad de la jornada de veinticuatro, día tras día, año tras año, hacinados como puercos en almacenes que se caen a pedazos, sin más vida que la supervivencia más indigna; o cuando se insta, empuja, trata de forzar al prójimo, al vecino, al anciano, al crío, a todo dios, a que se le inocule el mismo pinchazo, o pinchazos, al que, o a los que, cada cual se ha sometido sin hacer preguntas, sin exigir información veraz al respecto, sin ningún tipo de consentimiento informado mediante, tan solo siguiendo la corriente, agachando la cabeza y haciendo caso estricto al amo, a los expertos varios y variopintos y al famoso e inexistente comité, a lo que me dicen en la tele y la tía abuela de turno, que es médica/enfermera que no científica, ni microbióloga, ni viróloga, ni investigadora, ni epidemióloga, ni verdaderamente curiosa, ni honesta, consintiendo mentiras abiertas, fomentándolas con resignación y cobardía, aceptando abusos y justificándolos, señalando, estigmatizando y agrediendo verbalmente a quien libremente decidía no poner el brazo para recibir sendos pinchazos de una sustancia ambigua que no auguraba ni ha asegurado ningún beneficio obvio y significativo, tachándolos de “terroristas de la salud”, “negacionistas”, “covidiotas” y demás improperios propios de individuos a los que le han comido hasta el tuétano, generándoles un estrés, un miedo, una hipocondría, una desconfianza dignas de análisis clínico; o cuando…

En resumen, el sentimiento sobre el derecho a la posesión de la vida se da cuando al individuo se lo infunda de ideas en esencia narcisistas, buscando que llegue a creerse realmente importante, el ombligo del mundo, incluso, en cierto modo, a que crea que el mundo le debe algo, que tiene derecho a [insertar acción, experiencia o estado anhelado, supuestamente merecido, que se trata de realizar, vivir u obtener sin ningún atisbo de ética mínimamente asentada en los valores de la razón y la racionalidad, la compasión y el altruismo, la humildad y la nobleza, la equidad y la bondad, la moderación y el sentido de lo justo, la sensatez y la verdad, la humanidad…, y no en el egoísmo y el egocentrismo, el narcisismo y el histrionismo, la falsedad y el postureo, la vanidad y la soberbia, la envidia y la desconfianza…].

En octavo y último lugar, a colación del párrafo anterior, lo que sí resulta novedoso a día de hoy es la frivolidad y el moralismo que pueden hallarse en las justificaciones y razonamientos de algunos individuos de la sociedad actual a la hora de interpretar el sentido derecho a la posesión de la vida ajena en cuanto refiere a la posesión de bebés, neonatos, embriones y similares. Hoy en día, existen parejas, entre aquellas que queriendo tener descendencia no pueden, por cualquiera de las razones que puedan ser y sean, que, añadiéndose a la espero que escueta lista de irresponsables insensateces que giran en torno a la gesta y la cría de infantes en todo el planeta, proclaman abiertamente su derecho a poseer (inmediatamente) un neonato, un crío, por su supuesto derecho a ser padres, o madres, por su supuesto derecho a tener a nadie le he oído la expresión ‘derecho a responsabilizarse de’un hijo o una hija, por su supuesto aunque incrustado externamente, justificado internamente derecho a la posesión de la vida ajena.

Lo que hasta aquí ha alcanzado a leer algún que otro lector con bastante tiempo libre lo escribí el dos de noviembre de 2022. Lo que de ahora en adelante sigue lo añado el trece de enero de 2023.

Resulta que, a escala global, escaseamos en semen. Que nadie se alarme: esto no es cosa nueva. La cosa, para quien esto le pille por sorpresa, es que desde hace décadas, según lo que la ciencia ha podido abarcar hasta la fecha, que la cantidad y, desde mi más humilde ignorancia, supongo que también la calidadpromedio de semen per —varonil— cápita experimenta un descenso notable, en crescendo aunque en este caso sería más representativo decir: en diminuzione— y alarmante.

¡Ojo, que no lo digo yo! Lo dice, junto a siete investigadores más, la epidemióloga reproductiva Shanna H. Swan en un artículo científico titulado “Temporal trends in sperm count: a systematic review and meta-regression analysis of samples collected globally in the 20th and 21st centuries” —véase en: https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/36377604/—. También expone este hecho, entre otros, en un vídeo titulado “Endocrine Disruptors – Common Chemicals That Severely Alter Your Hormones – Dr. Shanna Swan” véase en:

 

Es decir,

  • 1) que el semen, como ya hemos dicho, escasea y, además, a cada segundo que pasa, aún lo hace más;
  • 2) que la agenda política parece fomentar prácticas cuya idoneidad es, cuando menos, cuestionable;
  • 3) que el negocio del tráfico de vidas cotiza; y
  • 4) que lo de comer grillos y cucarachas en polvo fijo que resultará sobre 2030para mejor.

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