
Hay decisiones que no plantean grandes dificultades.
La opción que se considera adecuada aparece con relativa nitidez, y el proceso consiste, básicamente, en llevarla a cabo. Puede requerir esfuerzo o implicar renuncias, pero no suele haber una duda profunda sobre qué debe hacerse.

Sin embargo, no todas las decisiones son así.
Existen situaciones en las que la claridad desaparece. En las que no hay una respuesta evidente ni un criterio único al que acogerse sin reservas. No se trata de desconocimiento ni de falta de información, sino de algo más complejo: la concurrencia de razones que, siendo legítimas, apuntan en direcciones distintas.
En estos casos, decidir se convierte en una tarea con frecuencia complicada.
Ya no consiste en aplicar una norma clara ni en seguir una pauta previamente establecida. Tampoco basta con remitirse a la experiencia, porque lo que se tiene delante no encaja del todo en lo ya vivido. Se trata, más bien, de situarse ante una realidad en la que cualquier opción presenta aspectos válidos y, al mismo tiempo, elementos problemáticos.
Es frecuente que estas situaciones generen incomodidad.
No porque la decisión sea especialmente difícil desde un punto de vista técnico, sino porque carece de un respaldo claro. No hay una garantía previa de acierto. No hay una respuesta que permita actuar con la tranquilidad de quien se limita a aplicar lo que ya está definido.
A menudo se intenta evitar este tipo de decisiones.
Se buscan referencias externas, se consulta, se comparan opiniones, se revisan alternativas. Todo ello es razonable y, en muchos casos, necesario. Pero llega un momento en el que ese proceso ya no aporta una claridad adicional. Las opciones siguen siendo, en lo esencial, las mismas.
Y entonces aparece un cierto grado de soledad.
No una soledad absoluta, pero sí la sensación de que, en última instancia, la decisión no puede delegarse por completo. Que, aunque se escuchen otras voces, el paso final corresponde a uno mismo.
Esa es una de las características de este tipo de decisiones.
Exigen asumir la responsabilidad sin disponer de una certeza plena. Actuar sin la seguridad de estar eligiendo la mejor opción posible, porque esa opción no se presenta de forma inequívoca. Y aceptar que, cualquiera que sea el camino elegido, habrá aspectos que podrían haberse hecho de otra manera.
Esto no significa que todas las decisiones sean equivalentes. Ni que no existan criterios para orientarse. La reflexión, la experiencia, los valores personales y la consideración de las consecuencias siguen siendo elementos relevantes. Pero, aun teniendo todo eso en cuenta, puede persistir un margen de indeterminación que no desaparece del todo.
En ese contexto, la decisión adquiere un carácter más personal. Ya no se apoya únicamente en lo que debe hacerse, sino también en cómo se asume lo que se hace. En la coherencia entre la opción elegida y el modo en que uno entiende su propia forma de actuar. No se trata solo de elegir una alternativa, sino de situarse en ella con cierta honestidad.
También introduce una dimensión temporal. Algunas decisiones no se comprenden plenamente en el momento en que se toman. Su alcance, sus efectos y, en ocasiones, su sentido se van revelando con el tiempo. Esto obliga a aceptar que la valoración inicial puede no ser definitiva, y que la propia experiencia irá aportando matices que en el momento de decidir no eran visibles.
Por eso, en este tipo de situaciones, conviene evitar dos extremos.
El primero es la parálisis. La tendencia a no decidir cuando no hay una respuesta clara, esperando que esta aparezca por sí sola. A veces sucede, pero en otras ocasiones la indecisión prolongada solo añade una dificultad adicional.
El segundo es la precipitación.
Decidir de forma apresurada para eliminar la incomodidad de la duda puede llevar a ignorar aspectos relevantes. No porque la decisión sea necesariamente equivocada, sino porque no ha sido suficientemente considerada.
Entre ambos extremos se sitúa un espacio más equilibrado. Un espacio en el que se asume que la claridad absoluta no siempre es posible, pero en el que, aun así, se toma una decisión. No desde la seguridad, sino desde una cierta serenidad. No desde la certeza total, sino desde una convicción razonada.
Quizá eso sea lo más cercano a una forma madura de decidir. Aceptar que no todas las situaciones ofrecen respuestas nítidas. Que, en ocasiones, hay que actuar sin disponer de todas las garantías. Y que, aun así, es posible hacerlo de manera responsable, sin delegar completamente en factores externos lo que, en última instancia, corresponde a uno mismo.
Porque hay decisiones que no se resuelven encontrando la respuesta perfecta.
Se resuelven asumiendo que no la hay.
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