“¿DE VERDAD TÚ ME QUIERES?”

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Quizá debieran poner ustedes, mientras leen esto que sigue, el adagio del concierto para clarinete, KV 622, de Mozart. O la sinfonía nº 40. Es solo una sugerencia.

La primera vez que lo vi tendría yo unos diez u once años; él andaría por los treinta, supongo. Fue en mi ciudad natal. Mi padre me llevó al concierto que daba una orquesta local de cuyo nombre prefiero no acordarme, porque aquellas buenas gentes –el carnicero, el lechero, la de la mercería, uno del que se decía que había estudiado violín– sonaban como gatos en enero. Eso sí, era en un salón muy bonito y muy elegante del Parador Nacional. Tocaron una cosa que se llamaba –lo ponía en el programa– Sinfonía nº 40 en Sol menor.

No se entendía casi nada porque los músicos iban cada uno a su aire y no miraban nunca a aquel señor gordito, Samartino creo que se llamaba, que estaba de pie ante ellos con un palito en la mano y que agitaba los brazos con la desesperación de quien se está ahogando en medio del mar. Pero supe de inmediato que aquella música, al menos al principio, daba frío. Parecía alegre pero no lo era, se veía que quien la escribió estaba nervioso, trataba de aparentar dulzura y buen humor pero en realidad estaba muy preocupado por algo. Me inquietó. Me dio un escalofrío y me aflojé un poco el nudo de la corbata, que me apretaba. Mi madre me había puesto corbata. Decía que los niños bien educados teníamos que ir “como es debido” a los conciertos elegantes.

Pero eso del frío fue sólo el primer trozo. Los músicos acabaron de tocar (unos antes y otros después, también es verdad), hicieron una pausa muy breve en la que nadie aplaudió y luego empezaron con la segunda parte: Andante, decía el programa. Aaah, caramba. Eso ya era otra cosa. Dejé en paz mi corbata y cerré los ojos, pero daba igual porque lo veía todo: era un bosque, una arboleda al lado del mar, por la tarde. Se estaba poniendo el sol y había barcos que pasaban muy despacio sobre el reflejo dorado del agua. Cuando la orquesta daba un golpe fuerte, todos a la vez (pero no lo daban todos a la vez, claro, eso había que imaginárselo), se alborotaban los pájaros en los árboles, pero no pasaba nada, no era por un susto o porque sucediese algo malo, era solo pura alegría, ganas de vivir. Oías aquella música y sabías que en aquel bosque junto al mar estaba la felicidad, allí nadie podía hacerte daño; te daban unas ganas terribles de quedarte para siempre en aquel lugar mágico en el que los pájaros zascandileaban en los árboles solo porque estaban contentos.

Cuando terminó el trozo del bosque abrí los ojos. Y lo vi. Estaba justo en la última silla de nuestra fila. Inclinado hacia delante, me miraba con los ojos azules muy abiertos. Me sonreía; yo también le sonreí, tenía unos dientecitos muy divertidos. Llevaba una peluca ridícula, de color gris y con un lazo atrás, y una especie de chaquetón verde con adornos dorados. Ah, ¡y qué nariz! ¡Una nariz enorme! Nos quedamos mirando el uno al otro como dos bobos y, de pronto, se llevó el pulgar a la narizota y me hizo burla. Yo me eché a reír –mi padre se me quedó mirando, extrañado– y él me guiñó un ojo justo cuando la orquesta volvía a tocar. Ya todo fue bien. El siguiente trozo, Menuetto, era como un juguete para armar, difícil pero muy divertido; y el último, Finale, se me antojó como una tormenta de broma. A ver si me explico: es como cuando te cuentan un cuento de miedo pero ya sabes que no hay ni gota de miedo porque quien te lo cuenta se está riendo, finge y exagera y hace gestos cómicos; y la tormenta, en realidad, es para que tú también te rías. Todo esto pensé yo aquella tarde, con diez u once años.

Luego llegó el intermedio del concierto. Mi padre salió a fumar al pasillo (entonces dejaban fumar en los sitios elegantes) y yo me quedé solo en mi silla con mi corbata. Fue entonces cuando el tipo de la peluca y de la narizota se sentó a mi lado.

–¿Te ha gustado mi música?

–Sí.

–No, no, dime, ¿cuánto te ha gustado?

–Pues… Al principio daba un poco de frío, pero luego era como un día de cumpleaños.

–Ah, bien, bien. ¡Je! ¡Mira! ¡Como un día de cumpleaños! ¡Eso tiene gracia! ¿Sabes, chiquillo? No me acuerdo bien ahora, pero yo diría que la escribí pensando en ti.

–Ya me he dado cuenta –sonreí, un poco colorado.

De pronto le cambió la cara, se puso casi serio.

–Oye, ¿tú me quieres?

Me lo pensé un poco antes de contestar:

–Si eres capaz de hacer música como esa, yo creo que sí te voy a querer.

Se le iluminó la cara con un súbito resplandor de felicidad. Me revolvió el pelo, me dio un beso en la mejilla y se fue. De la segunda parte del concierto no me acuerdo en absoluto. Yo estaba pensando en el bosque del cumpleaños.

 

*     *     *

 

La segunda vez que lo vi estaba yo destrozado. Era el verano de mis trece años y un coche acababa de matar a mi mejor amigo, a mi perro Pol. Mi padre, para consolarme, me había regalado un disco: el Concierto para clarinete en La mayor. Pero no había consuelo para mí. Las lágrimas se me caían al suelo una tras otra, rítmicas, solas, sin esfuerzo ni final, como gotas de dolor puro. Mozart, esa vez, estaba muy pálido, ojeroso, terriblemente delgado. Pero sonreía con la misma luz de siempre. Me pasó la mano por el hombro:

–Estás triste, chiquillo, ¿eh?

No pude más. Me abracé a él y reventé en un llanto desesperado, inacabable, un llanto airado y vengativo ante la brutal injusticia de la muerte. Él me dejó llorar todo lo que quise –le llené de mocos la casaca verde– y luego dijo:

–Vamos a hacer una cosa. Pon el segundo movimiento de mi concierto.

–Sí, hombre, para músicas estoy yo.

–Hazme caaaso, Luisito, cabezota.

Puse el disco. De inmediato, la melodía del clarinete se clavó en mi alma como si fuese un hierro al rojo vivo. Dios, aquello no se podía soportar, era un dolor terrible. Pensé que lo que en realidad quería aquel narigudo canalla era matarme allí mismo. Pero no. Poco a poco las nieblas de mi alma se fueron disipando y mi corazón, sin dejar de sangrar, empezó a sospechar que había una luz detrás de tanto sufrimiento. Aquel clarinete milagroso me hería, sí, me hería brutalmente, pero me estaba señalando, nota a nota, frase a frase, la luz que brillaba –tan lejos– en el fondo de la herida.

–Dime qué piensas, chiquillo.

–¿A ti también se te ha muerto tu perro? –sollocé.

Mozart me miró y me sonrió con una inmensa dulzura:

–A mí se me ha muerto, o se me ha ido, o he dejado ir, a mucha gente a la que quería, Luisín, chicobueno. Lo mismo te va a pasar a ti.  Es un dolor espantoso, sí. Pero escucha lo que dice ese clarinete: sufres porque eres capaz de amar –murmuró muy despacio, apretándome la mano–; lo importante es eso, poder amar, querer amar: eso es estar vivo. Ser capaz de entregar tu corazón entero, sin reservas, sin pedir nada a cambio. Sin garantías, sin tener derecho a nada. Se sufre mucho, y muchas veces, pero solo quien es capaz de sufrir así es también capaz de ser feliz. No dan una cosa sin la otra. ¿Te sientes mejor?

–Pues no.

–Estupendo. Así es como debe ser.

Me cogió la cara con las manos:

–Oye, ¿tú me quieres?

Sonreí como pude, a través de los lagrimones:

–Si eres capaz de hacer música como la de ese clarinete, creo que sí te voy a querer…

Me revolvió el pelo, sonrió y se fue. Caminaba encorvado. En la puerta le dio un golpe de tos.

 

*     *     *

 

He vuelto a verlo infinidad de veces en todos estos años. Variaba mucho de aspecto. En ocasiones era un niño pequeño con una cursi peluca empolvada que cantaba en el coro aquello de Bella cosa è far l’amore, de su ópera La finta semplice; con aquella melodía hice yo reír por primera vez a Do. Otras veces era un jovenzuelo golfo que me traspasaba de emoción cuando, por ejemplo, entraba yo en la catedral de mi ciudad y lo veía de pronto sentado al órgano, tocando como un loco su Sonata nº 14 en Do mayor. Cuando se casó mi hermano Jorge (la primera gran boda de la familia), Clara, Carmen y yo cantamos, justo en el momento del intercambio de anillos, el inolvidable terzettino “Soave sia il vento”, de la ópera Così fan tutte: Mozart, sentado al armonio, me miraba con cara de terror, murmurándome: “Lo vas a mataaar, beeestia, lo vas a mataaar, ¡que esto es muy fuerte!” Y tenía razón: mi hermano Jorge, que será todo lo brutote que se quiera pero que nunca dejará de ser un corazón de oro, se echó a llorar como una Magdalena en mitad de la iglesia, al oír aquello, y casi se fue al carajo todo; hoy es el día en que ni él ni mi adorable cuñada Ana pueden oír el Soave sia il vento sin sacar el pañuelo.

Hace como treinta años, en la deliciosa iglesia de Portimao, en el Algarve portugués, Mozart me arreglaba el nudo de la pajarita justo antes de que yo saliese a cantar, por primera vez en mi vida, su Requiem, con mi añorado Coro de León. Mi amigo tenía un aspecto horrible: la cara amarillenta, el pelo desordenado, unas ojeras profundas como surcos. Pero allí seguía, inatacable, su sonrisa:

–¿Te lo sabes, Luis?

–De memoria. Pregúntame si quieres.

–Y… ¿te gusta?

–Por Dios, ¿cómo puedes preguntarme eso? ¡Claro que me gusta!

–No, no, dime la verdad, ¿cuánto te gusta?

Apreté los puños:

–Es la música más maravillosa que he escuchado jamás. ¡Y voy a cantarla!

Mozart hizo verdaderos esfuerzos por parecer feliz, pero estaba muy enfermo. Se le escapó un gesto de dolor:

–Oye, ¿tú me quieres?

–Pero por favor, por favor, ¡por favor!

–No, en serio, dime: ¿De verdad que me quieres?

En ese preciso instante nos interrumpió mi hermano Óscar, que iba a cantar la voz de bajo en el coro, justo a mi lado:

–Luisito, ¿ya estás otra vez hablando solo?

–No hablo solo. Estoy hablando con Mozart.

Oscarín, como le hemos llamado siempre en casa, sonrió, burlón:

–Tú siempre con tus cosas, querido hermano mayor…

No pude contestar a Mozart en aquel momento. Lo hago ahora. Con los años leí mucho sobre él, escribí también mucho, escuché toda su música (aquí la tengo entera), canté o dirigí una gran cantidad de obras suyas. Visité la casa donde nació, en Salzburgo; los lugares en los que vivió, en los que fue feliz o desdichado. Y muy pronto me enteré de que se pasó media vida repitiendo a todo el mundo aquella pregunta obsesiva: “¿Tú me quieres? ¿De verdad que me quieres?”.

Le respondo ahora con las palabras del musicólogo Henri Gheon que cita Lincoln R. Maiztegui Casas al final de su bellísima, emocionante biografía Mozart detrás de la máscara, que publicó Planeta:

“Sí, Wolfgang, te quiero. Te quiero hasta el límite mismo de mi capacidad de amar. Más que a ningún otro artista de ningún otro arte. Más que a todo genio humano. Más que a toda humana perfección”. Te quiero porque nadie como tú ha sabido acompañarme, consolarme, curar mis heridas, mitigar mi desaliento, alentar mi dicha, hacerme reír de pura felicidad, durante todos los días de mi vida. Te quiero con toda mi alma, Mozart, porque tu música milagrosa está en mi sangre, corre por mis venas, forma parte de mi risa, de mi manera de respirar, de mi mirada, de mis sueños, de mi forma de sentarme o del modo silencioso en que, cuando me meto en la cama, echo de menos a demasiada gente ya, pero está tu música. Te quiero porque en todos y cada uno de los besos que he dado en mi vida, fuera a quien fuese, sonabas tú, latía el Porgi amor qualche ristoro; te quiero porque fuiste tú quien me enseñó la forma de querer que tengo; te quiero porque…

–Ya vale, chaval, ya vale; lo he entendido –me dice Mozart, que me sonríe ahora mismo, burlón y lleno de bondad, narigón y con su casaca verde, de pie a mi derecha, apoyado en la estantería de los Quijotes. Está sonando, bajito, el segundo movimiento del Concierto para clarinete. El mismo de cuando se murió mi perro. El mismo que hizo llorar a Do aquel día en que volvíamos los dos del Pryca, con el maletero cargado de vituallas como para un mes, y Do, que adoraba el heavy metal y la samba y poco más, estalló en lágrimas:

–¡Esto sí es bonito! ¿Ves? ¡Esto sí es bonito, y no las cosas tan aburridas que me pones siempre de ese Mozart, que es un pesado!

Ya está, no pasa nada más. Esto es lo que quería contarles. Que hará un calor despiadado, sí; que arderán los montes y los pueblos, que nos irá lancinando poco a poco la guerra que sigue ahí; que vendrán más años malos y nos harán más ciegos, como decía Ferlosio; que nos iremos quedando solos poco a poco y que la desesperanza nos irá trepando día tras día por las piernas, como una hiedra que ya sabemos que no se irá. Pero que no todo está perdido. Nos queda –al menos a mí, y ojalá también a ustedes– un refugio que no nos pueden quitar, un rincón en el que estamos a salvo, y ahí está Mozart.

La música de Mozart, que es capaz de salvar vidas. Quien lo probó lo sabe.

 

2 COMENTARIOS

  1. Muchas gracias, Darrenísimo… Oye… Un buildunsgroman ¿es un todoterreno americano o un pueblo de Baviera? ¡No lo había oído en mi vida! 😂😂😂

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