DE TRILEROS

La realidad, la triste, lamentable realidad, es que me siento como si estuviera en medio de una partida múltiple de trileros, esos señores que juegan con tres vasos y una bolita que nunca está donde tú piensas, bueno, en realidad, que nunca está. Y esto me pasa con la política. Uno me da vueltas a la bolita de un debate y me expone varias razones que no son ninguna de las que deberían de preocuparme, y el otro trilero que está enfrente me avisa del engaño y me invita a jugar en su mesa donde tampoco va a estar la bolita que me permita ganar.

Todos pretenden decirme  donde debería estar la bolita, todos me ponen ante las narices acciones aparentemente evidentes, llenas de argumentos, para poder elegir su opción, pero ninguno me da la posibilidad que realmente me interesa, la única razón a la que están obligados. Los contemplo con pasmo y zozobra debatir si molinos o gigantes intentando distraer con sus rápidas manos mi vista del único objetivo real del debate.

© Composición para plazabierta.com

Donde yo intento buscar para mí y mis semejantes  un presente razonable, un futuro esperanzador, un sistema que permita el pleno desarrollo del individuo y de la convivencia entre todos, solo encuentro ambiciosos, oportunistas, ansiosos del poder o iluminados cuyo único afán es imponer su criterio al prójimo. Trileros.

Pues bien, me niego, me niego a que me engañen unos u otros, o los unos y los otros, que finalmente es lo que sospecho. La política no puede ser una guarida de trincones, de aprovechados, de detentadores de prebendas y de intocables. La política no puede ser la hucha con la que ciertos individuos se van a dotar poniéndola en manos de amigos y deudos para mayor provecho y escarnio del ciudadano, perdón del contribuyente, de a pié. Quiero una política veraz, eficaz, libre de ventajistas y detentadores de derechos inalienables.

Quiero una gestión eficaz que me permita mantener, y mejorar, la calidad de vida que tengo y de mis conciudadanos y me importa un ardite que quién lo haga real se llame, o que sea, socialista, comunista o liberal, porque para empezar no creo, no me lo permiten ni con sus actos ni con su historia reciente, creer que con la simple invocación de su fe ideológica ya sean capaces de reconocer la eficacia o la verdad, o al menos la voluntad de buscarlas.

Recuerdo, aunque a veces uno preferiría olvidar, una conversación mantenida hace unos meses con un militante de un partido. Una conversación que viene a resumir el por qué la situación política ha llegado al absoluto descrédito y descaro en el que nos encontramos sumidos. Una conversación que acaba dejando patente el por qué los mismos votantes, los mismos que protestamos somos los culpables de la situación por la que protestamos pretendiendo hacer a un plural pretendidamente ajeno responsable de lo que propiciamos con nuestra actitud última.

  • ¿Qué te parece el candidato de tú partido?
  • Un imbécil. No comparto en absoluto las cosas que propone.
  • Entonces, no lo votarás, supongo
  • No, una cosa es que sea imbécil y otra es que es mi imbécil.
  • Pero debería de, como mínimos, abstenerte si no está de acuerdo.
  • De eso nada, prefiero que gane mi imbécil a que ganen los otros…

Para una mayor veracidad de la conversación se puede sustituir imbécil por gilipollas y situar a mi interlocutor en cualquiera de las posiciones del espectro político. El resultado final será el mismo.

Estamos votando a nuestro imbécil afín para evitar que puedan ganar los de una ideología diferente. Preferimos un incompetente que se declare correligionario de nuestras ideas, aunque no sepa gestionarlas, aunque mienta, aunque robe, aunque nos asome al abismo del desastre, a permitir que alguien con otras ideas intente demostrar, seguramente con el mismo infame resultado, su capacidad de gestión o su compromiso real con un proyecto de futuro.

Y el problema, la tremenda desazón, es que eso sucede a todos los niveles, lo que permite que algún imbécil afín llegue a puestos en los que el daño que llega a hacer pueda ser, si no irreparable, de difícil curación.

Él no tiene la culpa. El trilero candidato se limita a saber cuál es la debilidad del sistema y a explotarla en su beneficio. No importa mentir, no importa destruir, no importa, ni siquiera, hipotecar el futuro colectivo, lo único importante es lograr el poder, es alcanzar una posición de satisfacción personal.

Lo único importante es conseguir que la bola nunca esté donde parece estar. Lo único importante es que la bola nunca esté, punto, única forma de asegurarse de que el votante nunca acierte el lugar en el que pudiera estar, porque, a lo peor, al final, el imbécil no es el que logra sus objetivos, si no el votante que se lo permite, el jugador que entra a la partida siendo perfectamente consciente del engaño.

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