DE LOS MENSAJES, LAS DUDAS Y LA HUMANIDAD QUE INSISTE

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Hoy he recibido un mensaje de un lector. Se refería a mi último artículo, donde afirmaba sin demasiados rodeos que la humanidad se dirige con paso firme al carajo. Lo escribí con rabia, con ironía, con el dolor ácido de quien observa cómo se celebra la idiotez, cómo se repite la historia no como farsa sino como rutina, y cómo la sociedad se entretiene mientras se deshace a sí misma por dentro.

José Mujica

El lector, con amabilidad e inteligencia, me decía que quizá aún no hemos llegado del todo a ese abismo, pero que sin duda hacemos grandes esfuerzos por conseguirlo. Y tenía razón. Yo sigo creyendo que caminamos hacia esa dirección, pero hoy, por algún motivo, me quedé reflexionando. No por debilidad, ni por corrección política, sino porque me vino a la mente un rostro: el de Pepe Mujica, recientemente fallecido.

Pensé en él no como figura pública, ni como presidente, sino como síntoma de otra humanidad posible. Un hombre austero hasta el extremo, rodeado de perros y de geranios, que hablaba con campesinos y con cumbres de líderes sin cambiar de tono ni de traje. No era santo ni sabio perfecto, no existen, pero sí era alguien que no necesitaba vender su alma para hacer política. Y eso, en este mundo, ya es casi un milagro.

Recordé una frase suya que le escuché hace años, dicha con esa voz de madera vieja y paciencia campesina: “El ser humano no nació para estar solo ni para odiar, sino para ayudar y ser ayudado”. Me pareció entonces una obviedad, pero ahora, en este contexto de guerras retransmitidas como telenovelas y algoritmos premiando la miseria moral, me parece una resistencia.

Porque si algo aprendí leyendo a Chomsky, es que la historia no la escriben solo los poderosos: también los que resisten al olvido, los que insisten en entender el mundo en lugar de gritarle. Y Mujica era eso: una disidencia amable. Un sabio campesino en un mundo de CEOs histéricos. Una voz que recordaba, como hace Chomsky, que el poder necesita de la ignorancia para perpetuarse, y que pensar, pensar de verdad, es siempre un acto subversivo.

Vivimos rodeados de noticias diseñadas para el olvido rápido, de discursos vacíos y trincheras ideológicas que se retroalimentan sin decir nada nuevo. Pero en medio de todo eso, la bondad sigue ahí. Invisible, silenciosa. En una madre que cría con dignidad. En un joven que cuida a su abuelo. En un maestro que resiste el aburrimiento institucional para despertar una pregunta. En un lector que, en vez de insultar, escribe para dialogar.

No es cierto que el mundo esté lleno de maldad. Lo que ocurre es que el bien no hace ruido, y el algoritmo no lo premia. La maldad es más vistosa, más rentable, más fotogénica. Pero la bondad sigue siendo mayoría, aunque mal organizada y peor narrada. Lo dijo García Márquez mejor que nadie: “Lo mejor que le puede pasar a uno en la vida es hacer el bien sin mirar a quién, y sin esperar que salga en los periódicos”.

Así que hoy, por un momento, bajé la guardia. Pensé que tal vez, solo tal vez, aún no está todo perdido. Que si cada uno aporta un gramo de lucidez, de compasión, de pensamiento libre… quizás no lleguemos tan al fondo como parece. Quizá, incluso, aprendamos algo antes de que el sistema nos enseñe a obedecer del todo.

Chomsky dice que el deber de la inteligencia es desenmascarar el poder. Yo añadiría: y proteger lo humano en los márgenes. Porque no se trata solo de entender cómo funciona el mundo, sino de elegir cómo queremos habitarlo.

Seguimos. Pensando, escribiendo, dudando. Que es otra forma de resistir.

 

2 COMENTARIOS

  1. Estremecedor artículo; en el buen sentido del término.
    Sin duda, como versa el viejo libro: «No hay nada nuevo bajo el sol». Por eso siempre habrá futuro; en lo externo diferente, pero en esencia lo mismo.
    Y, sí, el mundo está repleto de amor y bondad; la caverna sólo muestra sombras.

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  2. Leyendo el artículo y viendo la foto de Pepe Mújica, no puedo evitar un pequeño comentario que retrata a nuestra sociedad y, en especial, a nuestros políticos, con algunas excepciones que, por razones obvias, apenas conocemos o no los conocemos en absoluto.
    Ha muerto Pepe Mújica y se ha propagado un lamento universal: ha fallecido una persona extraordinaria por su honestidad, humildad y sentido común. Como si fuese alguien que no perteneciese a este mundo. Como si fuese un extraño fenómeno de la naturaleza.
    Hace un para de días falleció Sebastiao Salgado, artista y ser humano, desde su compromiso social, extraordinario también.
    En Salgado confluyen dos características: una voluntarista, que es su posicionamiento en el bando de los más as desfavorecidos, de los más perjudicados por el desarrollo de la economía capitalista y colonialista, y otra genética, como es haber nacido con una habilidad especial para la fotografía, para se capaz de reproducir mediante imágenes sobrecogedoras las penurias de una gran parte de la sociedad que no queremos ver desde nuestro observatorio privilegiado.
    En Mújica sólo tenemos que apreciar una característica: su voluntad de ser como era. No es preciso nacer con una virtud especial. El compromiso, la honestidad, el sentido común son cosas que se adquieren. Solamente se trata de observar a la gente con la que convives día a día, mirar con atención a lo que te rodea, extraer tus conclusiones y actuar en consecuencia.
    Cuando ves a un político homenajeando a Pepe Mújica, destacando sus indudables virtudes, la pregunta inmediata es ¿y por qué no le imitas? ¿Por qué no te comportas de la misma manera?
    No era un milagro de la naturaleza, sino una persona normal y corriente que ha elegido la humildad y la solidaridad, despreciando el lujo y las prebendas de los cargos políticos que la sociedad de la otorgado.
    Si el cinismo y la hipocresía son señales que identifican a la mayoría de los políticos que alcanzan cotas importantes de poder, no hay mayor cinismo ni mayor hipocresía que la de homenajear a un hombre por su humildad mientras se coge el coche oficial para ir a mear.

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