DE LO INDIVIDUAL Y LO COLECTIVO

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© Ángela Zapatero para Plazabierta.com

La condición humana mediatiza y hace vulnerable a la sociedad, las instituciones y a la vida misma, en cuánto que pone bajo sospecha la relacion entre el individuo y la naturaleza. Diciembre ha dado carpetazo a un año que ha puesto de manifiesto los dos extremos del ser humano, por un parte la generosidad y por otra la mezquindad; la exquisitez y la grosería. Culmina un año de transformaciones sociales, dónde se han modificado hábitos y afectos y han mudado prioridades y esperanzas.

Hay preguntas como ¿Qué circunstancias nos desafían cómo especie? ¿que amenazas nos hacen más vulnerable? a las que quizás, durante este año que comienza, haya que buscar respuestas innovadoras desde el mundo de la política, la economía y las ciencias sociales. La pandemia nos ha desnudado como colectivo, enfrentándonos a nuestras limitaciones, dejándonos demasiados silencios por respuestas. Sin embargo el individuo se afana en buscar atajos para no afrontar las consecuencias de sus actos. Intenta huir de su destino a través de lo inmediato, cómo una tabla de salvación en un universo que obliga a bucear en lo concreto, que exige, cada vez con más voracidad, esa inmediatez cómo recurso para sobrevivir.

La condición humana centrifuga proyectos, sueños y ambiciones, rompiendo lo colectivo y haciendo que el grupo oscile cómo un péndulo sin control. Frágil por su propia inconsistencia el individuo tiende a normalizar todo aquello que queda fuera de lo que la ética exige cómo tributo, y víctima de su propia avidez termina generando conflictos que adulteran el interés del colectivo.

Sin embargo este año, que no nos dejara nunca, tambien ha puesto ante el espejo la ética y la estética del compromiso, el triunfo de lo colectivo para salvar lo individual, dónde la coherencia, la responsabilidad y la generosidad han forzado un cambio de agujas para que el tren de la vida siga avanzando hasta la próxima estación.

Comienza pues un año para la reconstrucción de una existencia distinta, una existencia que desde la inmovilidad ha impulsado sentimientos y evidenciado carencias. Un año que debe priorizar la vida e invertir estadísticas y curvas, dónde los escenarios de muerte se conviertan en espacios de vida y lo individual deje de ser una amenaza para el colectivo.

Habrá pues que aceptar está metamorfosis cómo una estrategia que ponga en valor el respeto y la solidaridad, priorizando los objetivos sociales sobre los personales. Adaptarse y proponer nuevos paradigmas que transformen el individualismo y hagan de lo colectivo un camino para conciliar al ser humano con la naturaleza.

La resiliencia, esa capacidad de adaptación que ha caracterizado al individuo durante todo el periodo evolutivo, no puede limitarse a una resistencia ante la adversidad pandémica, es necesario la fortaleza del grupo para contrarrestar la fragilidad individual y salir fortalecidos frente a los retos que aún nos planteara el virus. El ser humano evolucionó cuando entendió la necesidad de agruparse para hacerse más fuertes y alcanzo la hegemonía sobre otros seres de su entorno cuando en vez de una necesidad halló en el grupo la posibilidad de especializarse y compartir experiencias.

Hay un futuro agazapado, esperándonos para comprobar el nivel de aprendizaje del individuo y la capacidad de reacción del grupo; su capacidad de mutar a mayor velocidad y con mayor eficacia que el virus será lo que determine el éxito o el fracaso ante el reto de moldear ese futuro.

 

 

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