
Hace unos días publiqué un artículo sobre la manera en que los partidos políticos parecen tratar a los ciudadanos como menores de edad, administrándoles la información, seleccionando aquello que deben conocer y construyendo relatos destinados más a provocar adhesiones emocionales que a favorecer una reflexión crítica. Uno de los comentarios recibidos no llegó a publicarse porque incumplía las normas de este medio. Contenía un insulto. Lo verdaderamente curioso es que bastaron unas líneas para convertirme en «facha».

Probablemente, en otro artículo, para otro lector y por otra discrepancia, podría haberme convertido en «rojo». El tránsito entre ambos extremos apenas necesita un segundo.
Esta anécdota aparentemente insignificante retrata bastante bien nuestra polarización política. Hemos conseguido reducir la extraordinaria complejidad del pensamiento humano a dos cajones. Si criticamos al Gobierno, somos de derechas; si criticamos a la derecha, somos de izquierdas. Si cuestionamos determinados postulados progresistas, fascistas; si ponemos en duda determinadas posiciones conservadoras, comunistas. Ya no importa lo que se argumenta, sino dónde puede colocarse a quien argumenta.
Es el triunfo de la etiqueta sobre la razón.
Conviene recordar que los grandes totalitarismos del siglo XX, pese a sus profundas diferencias ideológicas, compartieron mecanismos inquietantemente semejantes. El nazismo hitleriano y el estalinismo soviético construyeron sistemas políticos en los que la verdad quedaba subordinada al poder, la propaganda sustituía a la información y el discrepante dejaba de ser simplemente alguien equivocado para convertirse en enemigo. Ambos llevaron esa lógica hasta extremos criminales: persecuciones, deportaciones, campos de concentración o de trabajo forzado y millones de víctimas. Comparar aquellos regímenes con una democracia actual sería históricamente desproporcionado. Pero olvidar los mecanismos intelectuales que hicieron posible su desarrollo sería igualmente irresponsable.
Uno de esos mecanismos es el pensamiento único.
No hace falta encarcelar a quien discrepa para intentar expulsarlo del espacio público. A veces basta con desacreditarlo. Convertirlo en «facha», «rojo», «comunista», «fascista», «progre» o cualquier otra palabra pronunciada no como descripción, sino como sentencia. Una vez colocada la etiqueta, ya no necesitamos escuchar el argumento. Hemos resuelto el problema eliminando intelectualmente a quien lo formula.
Y ahí comienza el ostracismo contemporáneo.
Resulta especialmente preocupante contemplar cómo esta dinámica ha penetrado en la televisión, la prensa y, sobre todo, las redes sociales. Existen medios cuya alineación política resulta tan evidente que el ciudadano puede anticipar el tratamiento de una noticia antes incluso de conocerla. Las tertulias políticas parecen concebidas demasiadas veces para producir enfrentamiento antes que conocimiento. Y las redes sociales han convertido una parte del debate público en una auténtica cloaca de opinión donde el insulto recibe más atención que el razonamiento y la indignación proporciona más seguidores que la duda.
El fanático político posee una extraordinaria ventaja sobre quien intenta pensar: nunca duda.
Todo está perfectamente ordenado en su cabeza. Los suyos tienen razones; los otros, intereses. Los suyos se equivocan; los otros mienten. Los suyos defienden principios; los otros amenazan la democracia. Y cuando los hechos contradicen sus convicciones, son los hechos los que deben ser reinterpretados.
Quizá ahí se encuentre el vínculo con aquel artículo anterior. Si permitimos que los partidos administren nuestra percepción de la realidad, terminaremos aceptando también los enemigos que nos proporcionen. Ya no necesitaremos preguntarnos si una idea es razonable. Bastará saber quién la ha pronunciado.
La democracia, sin embargo, exige exactamente lo contrario. Exige ciudadanos capaces de escuchar aquello que les incomoda, de criticar a quienes votaron y de reconocer alguna razón en quienes jamás votarían. Exige aceptar que una persona pueda sostener posiciones conservadoras en determinados asuntos y progresistas en otros sin padecer ninguna contradicción patológica.
Sobre todo, exige recuperar algo que estamos perdiendo: el derecho a pensar sin uniforme.
Quizá por eso aquel insulto que nunca llegó a publicarse merece una respuesta. No porque importe que alguien me llame «facha». Mañana otro podrá llamarme «rojo». Lo preocupante sería que llegara el día en que cualquiera de las dos palabras bastase para que dejáramos de escucharnos.
Ese día la polarización habría conseguido su propósito: ya no necesitaríamos que nadie pensara por nosotros, porque habríamos dejado de pensar.
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