DE EGO A EGO Y TIRO PORQUE ME TOCA

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Quien diga que no tiene ego miente, lo que si es cierto es que hay varios tipos de ego y algunos de ellos son realmente peligrosos, sobre todo el que deriva de la soberbia, si bien existen otros que, aunque menos dañinos para uno  mismo y para los demás, también deben tenerse cuidado con ellos, etiquetando a sus dolientes y insufribles portadores según la actitud prevalente en cada caso como sabelotodos, envidiosos, manipuladores, trepas, orgullosos, narcisistas, entre otros adjetivos, que podemos englobar bajo el conocido ego negativo, del que resalta la individualidad para hacer de menos a otros, dominarlos, acaparando toda la atención, hasta dañar, destruir e incluso autodestruirse. En definitiva, incluye todo lo que se hace para agrandarse a uno mismo, no importando las consecuencias a otros o al ambiente.

Frente a ellos está el ego positivo que, no es más que  la individualidad reconociendo el valor de otros y cooperando para el mayor bien, el cual reporta  beneficio a su poseedor, además de ilusión y la experiencia de ver las cosas separadas de nosotros mismos sin perturbar nuestra paz interior, debido a que la confirmación de nuestro yo está libre de emociones negativas de comparación con los demás, de aceptación de uno mismo, conduciendo a un amor universal en el que impera la compasión frente a la influencia negativa de otros, incluso cuando  actúan de forma culposa. Compasión no desde la concepción de quien perdona desde el  púlpito de una moralidad superior, sino desde la apreciación del sufrimiento que realmente reporta a los portadores de ese ego negativo cuyas frustraciones son proyectadas sobre nosotros, por envidia, por comparación o, sólo porque no nos entienden debido a que  vibran o emiten en otra onda, en la onda del ego negativo, muy común en nuestros tiempos debido a la caída de valores o principios que se traducen en una preminencia del individualismo sobre el humanismo, lo que hace necesario por su carácter destructivo que la humanidad despierte mediante una transformación de conciencia.

La autoestima es importante, pero en su justa medida, un exceso nos puede llevar al ego negativo.  Hay egos con cordura, equilibrados, realistas, en definitiva, con la serenidad suficiente como para vivir la vida en paz, en calma, intentando en nuestras relaciones con los demás desvincular las emociones negativas que no tienen un fundamento real sino fruto de nuestra imaginación o de confabulaciones externas.

Es necesario confirmar nuestro propio ego, darnos cuenta de nuestra exclusividad universal, en el sentido que no hay nadie igual a  nosotros y por eso somos importantes, por nuestra mera existencia y por la idea que hemos ido construyendo de nosotros mismos y no de la imagen que los demás tengan; aunque cierto es, que una valoración positiva de nuestro entorno refuerza nuestra confianza, pero siempre y cuando sea real y fruto de un actuar sincero  y sereno, de nuestro esfuerzo en construir y no destruir, aunque nos equivoquemos, siempre que la equivocación también sea sincera, en el sentido que, aunque nuestras actuaciones erróneas produzcan daño, incluso con la intención de hacerlo, por envidia, odio u otras actitudes fruto de nuestro ego negativo nos lleven a un arrepentimiento sincero, evitando la reiteración esa misma conducta en un futuro.

Para aprender, primero hay que desaprender y, para ello, es necesario construir sobre las ruinas de nuestro ego destructivo; aprender de nuestros propios errores, incluso de la valoración que los demás hacen de nosotros, tanto de las positivas como de as negativas, siempre que se trate de una valoración real, la misma que se exige que nosotros hagamos de los demás para que el ego sea constructivo.

No es fácil, pero es posible, sólo necesitamos darnos cuenta que el ego negativo destruye, incluso a nosotros mismos, mientras que el positivo construye. Para eso tendremos que desconectar el pilóto automático que guía nuestra vida.

 

1 COMENTARIO

  1. Todos los días debemos comer un poquito de sapo. Así es como uno, o una, se convierte en un príncipe, o princesa, noble y justo, honesto y sencillo.

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