DE CHENEL Y ORO

(A propósito de la retirada de Morante de la Puebla)

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Si fuiste capaz de andar despacio cuando la afición te pedía prisa,
de detener el tiempo en una verónica y hacer del aire una oración,
si toreaste con las manos del alma y los pies del misterio,
mientras el ruedo se hacía templo y tú, su pontífice de la gracia.

Si soportaste los pitos con la misma hondura que los olés,
y nunca vendiste el arte por la prisa de una puerta grande,
si soñaste con Belmonte y lloraste con Curro,
y en cada muletazo pusiste el perfume añejo de José.

Si cuando Tripulante te miró al alma,
no le diste miedo sino verdad,
si diste al capote vuelo de mariposa y peso de historia,
si entendiste que el arte no se impone: se entrega, se sufre, se ama.

Si viviste entre la luz y la penumbra,
entre la inspiración y el abismo,
si lograste caminar entre lo humano y lo divino
y preferiste el trazo imperfecto al triunfo vacío.

Si tras la faena, cuando ruge la plaza,
sabes dejar el traje y al duende en paz,
mirar al cielo de Madrid y decir “hasta aquí”,
sin rencor, sin derrota, sólo con el cansancio del que ha dado todo.

Si puedes irte sin pedir nada,
dejando al toreo huérfano el día de la hispanidad,
entonces, Morante, maestro,
no te vas: te quedarás

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