DARSE A VALER

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Si quieres que te respeten, respétate a ti mismo. Solo así, con auto respeto, serás considerado íntegro.

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Imagen: ciind.edu.mx

Después de algunos meses tratando de hacer mi vida lo más sencilla posible y de centrarme en hacer lo importante y no lo urgente, empiezo a ver sus frutos. Después de apartar de mí ciertas costumbres feas, como el estar rumiando cierto resentimiento hacia esto y hacia lo otro, me di cuenta de que invertía demasiado tiempo en sufrir. Era yo quien me causaba ese sufrimiento. O dicho de otro modo, el que no frenaba ciertas ideas negativas.

El respeto a uno mismo es el empeño más noble y el sentimiento más elevado que pueda caber en el ánimo humano.

Hay ciertos recuerdos del pasado que vuelven una y otra vez y no resultan agradables. Tienen la costumbre fea y mezquina de molestar al presente y condicionar el futuro. Están ahí, como una mosca que no deja de importunar. Ésta revolotea constantemente, se posa por unos instantes y vuelve a mosconear. Es muy difícil de atrapar; así que no hay más remedio que colocarle una gota de miel, en lugar de un barril de vinagre. Esta gota de miel tenemos que generarla nosotros como si fuéramos unas abejas. Hay que licuar un poquito de amor mezclado con resignación, alegría y buena esperanza. Así, en esa gota de paz se detiene el tiempo y consigues atrapar eso que te molesta. Analizarlo, razonarlo, asumirlo y dejarlo ir como una pluma arrastrada por el viento.

Si realmente quieres ser respetado y demostrar que amas, debes probarles que puedes sobrevivir sin ellos.

En el afán por hacer nuestra vida sencilla, caemos en el error de pensar que presionando, la otra parte va a ceder. Me refiero a que nos olvidamos de ver y respetar la opinión de los demás, de su forma de ser y sus deseos. Cuando esto sucede los problemas no tardaran en aparecer, ya que crecen a la sombra de los roces y las tiranteces.

No puedo concebir una mayor pérdida que la pérdida del respeto hacia uno mismo.

Darse a valer, según mi opinión, también es llenarse de energía, de ganas y hasta de fuerzas de flaqueza para evitar aquello que te hace daño. Me refiero a aquellas situaciones en las que intuyes que empieza a generarse cierta animadversión contra ti o contra lo que representas. En este caso lo más indicado es prepararte, observar y tratar de evitar la confrontación. Las guerras no son buenas y la caridad bien entendida empieza por uno mismo.

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La desconfianza daña todas las relaciones, no solo las amorosas.

El que quiere una rosa debe respetar las espinas.

En el amor pasa algo muy parecido pero muy diferente al mismo tiempo. Quizás el matiz más importante es que la otra persona te importa tanto que cuando quieres hacerle ver un error, o lo que tú crees que es un error, pero sin dañarla con palabras suaves, algunas veces pueden estar llenas de distancia y el amor acaba convirtiéndose en dolor. Ese refugio, ese remanso de paz, ese terrenito en el que sembrabas y cuidabas con mimos, atenciones, caricias, besos, esperanzas y hasta pasión, se convierte poco a poco en un terreno yermo, descuidado, seco y sin vida.

El respeto hacia uno mismo es el fruto de la disciplina; el sentido de dignidad crece con la habilidad de decirse “no” a uno mismo.

Un día te preguntarás cómo has llegado hasta aquí. Tanto si has sido valiente como si no. Tal vez, un día después de cinco, diez o veinte años te pondrás a pensar y analizarás tu vida. Te preguntarás qué actitudes has tomado ante las dificultades que a lo largo del tiempo y las consecuencias que te han traído hasta el punto exacto en el que estás.

La prueba final de un caballero es el respeto por aquellos que no son de ningún valor para él.

Instantes en los que de tu mente empezarán a brotar recuerdos como un grifo que se abre poco a poco hasta que no se pueda abrir más, iniciados por un hilo que acaba en torrente, donde se mezclan con sentimientos, porque lo que recordamos es, sobre todo, cómo nos hemos sentido a lo largo de esas experiencias. Esas alegría y tristezas están ahí esperando a ser analizadas, a ser clasificadas y para ser repetidas también. Están ahí ante tus ojos para que las estudies y busques en ellas lo valiente que has sido, sobre todo lo valiente que has sido contigo mismo, más que con los demás.

Respeta a los demás exactamente como te gustaría ser respetado por ellos.

Cara y cruz de una misma moneda, la parte derecha y la parte izquierda de cualquier cosa, ser valiente ante la vida o dejarte llevar por lo más cómodo para ti, aunque no te beneficie. Así es el darse a valer o no darse. Si te lo concedes, aunque te cueste, la vida te dará esa huerta cultivada, ese oasis en medio de este desierto. Si no te lo concedes, aunque creas que te lo mereces, la vida no te dará más que un terreno yermo, arena hasta donde la vida te alcance.

Nada de verdadero valor se puede comprar. El amor, amistad, honor, valor, respeto. Todas esas cosas se tienen que ganar.

Después de algunos meses, pero bastantes más que tres, le he dado nombre y matices a lo que en un principio, más que saberlo, sólo lo intuía. Y así, pensando y razonando conmigo mismo, como Sancho Panza con Don Quijote, voy llevando mi vida con mi familia. Valorándome, valorándolos y valorando.

El que no tiene la valentía de hablar en favor de sus derechos no puede ganarse el respeto de los demás.

 

 

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