DAR COMO FORMA DE LIBERTAD

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Lo que doy es lo que me hace, no lo que tengo. Cuanto más doy más tengo, porque soy más. Cuanto más tengo y menos doy, menos soy porque soy menos.

Pedro Casaldáliga

Mi generosidad es tan ilimitada como el mar, Mi amor tan profundo; cuanto más te doy, más tengo, porque ambos son infinitos.

Shakespeare: Romeo y Julieta, Acto II, escena I.

Fotografia aportada por el autor del texto

Hay quienes, en algún momento de su vida, deciden transformar su trayecto vital en algo más que una sucesión de días y ocupaciones. Lo convierten en un recorrido iniciático, una búsqueda de sentido, una forma de caminar hacia Ítaca —como escribió Kavafis— recogiendo, paso a paso, no solo vivencias, sino también conciencia.

En ese viaje interior, la senda no es siempre la misma. Hay etapas en que el camino es de tierra blanda, amable al paso. El polvo se adhiere a nuestros zapatos como si cada lectura, cada encuentro, cada símbolo o conversación fueran pequeñas motas de conocimiento que se acumulan, silenciosas, en nosotros. Así empieza a formarse un patrimonio interior. El que se hace con las primeras sorpresas, con las preguntas que nos despiertan ciertos textos o ciertas personas. Con aquello que aún no sabemos explicar, pero ya intuimos.

Más adelante, el terreno se vuelve pedregoso, sólido. A cada pisada, parte de ese polvo acumulado comienza a desprenderse. Y al hacerlo, deja de ser solo nuestro: se convierte en huella, en legado, en testimonio. La piedra que desprendemos con el paso no se pierde: es entregada, ofrecida. Se transforma en contribución al bien común, en acto de generosidad, en vínculo con otros que también caminan.

Porque no estamos solos. Vivimos en sociedad, en grupos, asociaciones o comunidades que, como microcosmos, son escenario y ensayo de algo mayor. En ellos no solo tomamos; también debemos dar. Esa es la esencia de la tradición, que no es mera repetición de formas antiguas, sino transmisión viva de sentido. La palabra “tradición” proviene del latín tradere: entregar. Y no se puede entregar lo que no se posee de verdad.

Vivir no es simplemente estar. Hay quienes “están en la vida”, con un número de identificación y una rutina. Pero vivir —de verdad— exige integrar, transformar, participar y ofrecer. Requiere tomar lo que hemos aprendido y convertirlo en acción, en propuesta, en construcción. Y para construir, hace falta transmitir.

Transmisión no es solo enseñar; es también compartir desde la propia experiencia. No es imponer saberes, sino hacerlos disponibles. Afirmaba Gandhi:

“No se nos otorgará la libertad externa más que en la medida exacta en que hayamos sabido desarrollar nuestra libertad interna.”

Y libertad interna es, también, aprender a desprenderse. Comprender que no se es verdaderamente dueño de algo hasta que se está dispuesto a darlo. Aquel que se aferra a su conocimiento, a su poder, a su saber acumulado, no lo posee: lo teme perder. En cambio, quien lo comparte, lo entrega, lo pone al servicio de otros, se convierte en su legítimo propietario. Ha conquistado la capacidad de dar.

En muchas ocasiones, somos esclavos de lo que poseemos. Vivimos condicionados por lo que tememos perder, y esa cautividad no es solo material. También afecta a nuestras ideas, a nuestras experiencias, incluso a nuestras emociones. Y, sin embargo, en el momento en que ofrecemos eso que consideramos “nuestro”, algo cambia: ya no tememos que se nos arrebate, porque lo hemos dado. Y al hacerlo, somos más libres.

En el corazón de esta lógica está la reciprocidad. El acto de dar crea una red invisible de vínculos. No se trata solo de transferir objetos o conocimientos, sino de generar conexiones humanas duraderas, significativas. Lo entregado, si es auténtico, transforma a quien lo recibe y ennoblece a quien lo da.

Este pensamiento también desafía la idea contemporánea de propiedad como acumulación o control. La verdadera posesión no se mide por la cantidad, sino por la capacidad de compartir. El auténtico poder no es el del que domina, sino el del que se entrega. Porque en el acto de dar reside una fuerza que trasciende la lógica utilitaria del tener. Dar nos iguala, nos humaniza, nos permite edificar colectivamente una realidad más habitable.

Claro está: no se trata de un dar sin medida ni discernimiento. La generosidad no es simple derrame. Todo acto de entrega implica responsabilidad, cuidado, oportunidad. No se da solo lo que sobra, sino lo que puede servir, lo que puede florecer en el otro. La verdadera generosidad no exige reconocimiento, ni busca una gratificación inmediata: encuentra su sentido en el crecimiento del otro, en su emancipación, en su libertad.

Vuelvo así al título con que encabezo estas líneas. Dar como forma de libertad. Porque el acto de dar nos permite pasar de la posesión estática a la propiedad viva; del tener por tener, al tener para compartir. Porque el conocimiento, la experiencia, el amor, la cultura —todo lo que vale— se expande solo cuando se entrega.

Y en este dar consciente, libre y responsable, no solo construimos a otros: también nos construimos a nosotros mismos.

 

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