CUIDADO CON LOS DE ATRÁS, POR FAVOR

0
128

Hace década y media, quizá dos, los líderes políticos salían a saludar solos. Cuando ganaban y cuando perdían, eso daba lo mismo.

Imagen: codiceenlinea.com

Miren las fotos añosas de Felipe, de Aznar, de Suárez. En los mítines y sobre todo en las famosas “comparecencias” después del recuento de los votos, siempre era igual: había un podio, atril o facistol en el escenario, salía el prócer, decía lo que tenía que decir (que había sido un buen resultado; eso lo decían siempre), la gente aplaudía, gritaba presidente-presidente y hala, hasta la próxima.

Pero algún genio del marketing electoral leyó alguna vez el Génesis y se le iluminó la bombilla: “No es bueno que el líder esté solo”. Y tuvo la ocurrencia de llenar el escenario de gente. Por supuesto gente favorable al líder, eso por descontado. Pero mucha gente. El fondo del plano que veíamos por la tele dejó de ser neutro, o un cartelón gigante con los colores corporativos del partido, el isologo, el eslogan, esas cosas, y pasó a ser un numeroso grupo humano.

La idea, en principio, no es mala. Se sustituye el “yo” por el “nosotros”, se da idea de grupo unido, de arropamiento, de calor humano. Muy bien. Muy bonito, muy sugerente.

Pero hay un problema que el genio del marketing electoral no tuvo en cuenta. Al líder se le enseña, se le acostumbra, se le hace ensayar, se le aconseja si lo necesita; quiero decir que se le entrena para que transmita correctamente el mensaje que quiere comunicar. Eso es algo más que las palabras, los tonos o las inflexiones de la voz. Es el importantísimo lenguaje no verbal, que está hecho de gestos, de movimientos de las manos, de pausas, de saludos y desde luego de sonrisas. Todo eso es esencial. Pero ¿cómo rayos se hacen eso cuando en la pantalla no aparece una persona sino veinte o treinta?

Imagen: bbc.com

Pues es muy difícil. Vamos, que no hay manera. Porque los líderes políticos (esto lo decían Churchill, Ronald Reagan y Obama) tienen que tener una intensa y minuciosa preparación actoral, tienen que saber hablar y moverse y comunicar. Pero los de atrás no tienen por qué tener ninguna de esas habilidades. Y ese es el problema: que casi nunca las tienen. El director de escena (siempre hay un director de escena, lo llamen como lo llamen) les dice, como mucho: “Tú sonríe, Mariluz, sonríe mucho, y aplaude cuando aplaudan los demás. Venga, que va a salir muy bien. Tú sé natural, ¿vale?”

Y ahí está el desastre. Que le hacen caso, que se comportan con naturalidad. Y eso, que es maravilloso cuando las cosas van como se espera y hay cierta euforia colectiva, se vuelve peligrosísimo cuando todo ha salido mal. Porque el lenguaje no verbal tiene ese inconveniente: que es muy difícil de controlar, por más que quieras.

Pensaba en todo esto al ver las caras y gestos de “los de atrás” tras el recuento de los votos en las últimas elecciones andaluzas. Al candidato del PP, Juanma Moreno, no le hacía falta ninguna precaución porque su fondo de escenario no eran dos docenas de militantes allí puestos por la organización sino una multitud que saltaba, reía, se abrazaba y agitaba banderitas. Así de bien sale cuando sale bien.

Pero en todos los demás casos el asunto era muy diferente. El candidato socialista, Juan Espadas, sabía lo que hacía cuando salió a hablar. Trataba de transmitir la sensación de “bueno, no es para tanto”; al mal tiempo, buena cara; hemos tenido poco tiempo, esto lo vamos a arreglar, esas cosas.

Imagen: Fabiha Fairooz, dailycal.org

Pero ¿y los de atrás? Pues los de atrás tenían, todos, la cara que ponen los familiares en el tanatorio, delante del féretro. Detrás de Espadas, una señora de cierta edad se empeñaba en sonreír con tal denuedo que parecía que le había dado una parálisis facial; ni el Joker de Batman, vamos. Pero todos los demás, sin excepciones, componían un cortejo fúnebre que contradecía frontalmente el estado de ánimo (tranquilidad, serenidad, humildad) que trataba de transmitir el líder derrotado.

A la joven candidata de Adelante Andalucía, Teresa Rodríguez, le pasaba lo mismo: ella sonríe muy bien y no dejaba de repetir que habían conseguido entrar en el Parlamento, pero miren ustedes a los de atrás; sobre todo al muchacho con barba y gafas que tenía justo a su derecha. Esa es la cara de quien está pensando: “Sí, bonita, muy bien, pero nos han barrido, te pongas como te pongas”. No podía ocultarlo. Hay disgustos indisimulables.

La candidata de la extrema derecha, la falangista Macarena Olona de Salobreña y olé, había llorado antes de aparecer en público. Esas cosas se notan siempre. Le hicieron la caridad de no rodearla de militantes, porque la cara de los militantes era como la de los soldados de piedra que guardan la entrada del Valle de los Caídos: daban más miedo que otra cosa. La flanqueaban nada más que Santiago Abascal e Iván Espinosa de los Monteros, y era como ver a Cristo entre los ladrones: a ella se le notaba la determinación de sonreír y parecer contenta, pero los otros dos (que al fin han conseguido quitársela del medio sin dejar demasiadas huellas en el arma) ni se molestaban en pretenderlo. Hay sonrisas sardónicas que dicen mucho más que un discurso entero lleno de patrioterismo.

A los de Podemos ni los vi ni los busqué. Ya estaba harto de viernesantos. Y lo de Juan Marín prefiero no comentarlo, primero porque salió casi solo a poner la cara y segundo porque bastante tiene con lo que tiene. Ver lágrimas en los ojos de un político es tan poco frecuente (me refiero a lágrimas de verdad) que merece, creo yo, cierto respeto.

Imagen: HT / livemint.com

Cuidado con “los de atrás”, por favor. Porque no hay nada más peligroso que intentar decir lo que sabes que tienes que decir cuando detrás de ti está la realidad, que no finge nunca porque no sabe.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí