‘CUANDO SÓLO ERAS MI AMIGO DEL ALMA’

Bajo el título Miquiño mío (Turner) Isabel Parreño y Juan Manuel Hernández han editado casi cien cartas personales que Emilia Pardo Bazán envió a Benito Pérez Galdós, entre 1883 y 1915.

Recordemos que la profesora Isabel Burdiel publicó hace poco una espléndida y monumental biografía de la escritora gallega. ¿Aporta algún provecho este volumen de intimidades al descubierto? En primer lugar, ninguno de los dos enamorados nos invitó a leer sus arrullos. Sin embargo, yo he entrado en el envite. Caigo como un chafardero, pero sintiendo el deber de guardar respeto a los invadidos en su intimidad.

 

Emilia Pardo Bazán y Benito Pérez Galdós

En esa relación epistolar, doña Emilia solía mostrarse cariñosa en epítetos (‘dulce vidiña’, ‘mi almita’, ‘mi ratonciño amado’, ‘amigo querido e inolvidable’), sensible y tierna (“tengo hambre de oír tu voz”; “un beso del fondo del alma”; “soy muy feliz siempre que estoy contigo”, “ayer pasé soñando contigo toda la noche”).

Se mostraba sincera al confesarle a Galdós que para su equilibrio personal ella necesitaba su compañía y su conversación, que le echaba de menos; “acordándome de V. a cada rato, y deseando verle”. Y decía que aunque el escritor no le escribiera en veinte años: “no he de quererle yo menos, ni darme por ofendido aunque me crea olvidada”.

Le manifestaba una ‘eterna adhesión’ personal, llena de respeto y admiración. Se preocupaba por su salud: “haz por comer y no fumes mucho”. Recalcaba la gran importancia que le concedía a su persona: “Estimo en ti lo que solo en ti se encuentra”; “Nadie me quiere de la manera que tú”. Le hablaba del “deseo de abrir su alma de artista, a alguien que no le envidie y que le entienda y le mire como cosa propia”.

Sentía que eran insustituibles: “mira que yo en un minuto te puedo dar más bienes y más alegrías que nadie; sobre todo, a mí es a quien quieres; no lo olvides”. “Antes de que fueses mi amorcito, cuando solo eras mi amigo del alma y el hombre con quien charlaba más gustosa”. “Yo gozo más, mucho más, cuando veo la felicidad ajena (…) a mí, la dicha ajena me hace bella la propia”. Era realista: “Yo valgo muy poco estéticamente considerada, pero he mareado siempre a los que se me acercaron”. Se mostraba segura: “a mí no sé qué me parece la idea de estar sin ti, y tú, pobrecito, también sin mí te encontrarías muy mal”.

Había una efusión y una intensidad amorosa que son admirables. ME

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