
Como simple aficionado a la fotografía, la idea de utilizar objetos viejos y deteriorados para componer un bodegón me surgió contemplando una exposición del fallecido maestro Rafael Sanz Lobato. Inspirado por él y sin tratar de emularlo, cosa que sería imposible, solo con el ánimo de seguir aprendiendo, he realizado esta serie de bodegones.

En un mundo saturado de objetos nuevos, brillantes y perfectamente funcionales, la fotografía de bodegones con piezas viejas y oxidadas nos invita a mirar hacia otro lado, hacia lo que ha sido olvidado, hacia lo que el tiempo ha transformado.

La belleza de lo viejo no reside en la perfección, sino en la huella. En la marca silenciosa que deja el paso de los años sobre la materia.

Fotografiar estos objetos es un acto de contemplación, casi de reverencia, hacia aquello que ya no sirve, pero que aún significa.
La belleza de lo decadente tiene una estética propia. La decadencia no es un accidente ni un defecto, cada imperfección cuenta una historia.

En un bodegón, estos objetos se convierten en protagonistas silenciosos. Su desgaste no resta, sino que suma, aporta carácter, profundidad y una narrativa implícita. La cámara no solo captura su forma, captura su pasado.

El óxido es uno de los elementos más fascinantes en este tipo de fotografía. No solo transforma la superficie, crea una paleta cromática impredecible y orgánica. Tonos naranjas intensos, marrones profundos, verdes apagados, incluso azules inesperados emergen de la corrosión como si fueran pinceladas de un artista invisible.
Estos colores no se pueden fabricar artificialmente con la misma autenticidad. Son fruto de reacciones químicas, humedad, abandono y tiempo. Por eso funcionan tan bien en un bodegón, aportan dramatismo, textura y una riqueza visual que invita a mirar de cerca.

Las texturas en los objetos viejos son un universo en sí mismas. Rugosidades, grietas, capas superpuestas, desconchones… Cada una aporta un matiz distinto a la imagen.
La fotografía de bodegones se convierte así en un ejercicio de observación minuciosa. La cámara revela detalles que el ojo podría pasar por alto, transformando lo cotidiano en extraordinario.

En mi caso la utilización de la luz natural lateral no es un simple recurso técnico, es un elemento narrativo. La luz lateral es especialmente poderosa porque acentúa las texturas y crea sombras profundas. La luz revela, pero también sugiere. Y en la fotografía de lo decadente, sugerir es tan importante como mostrar. No fotografiamos solo materia, fotografiamos tiempo.
Cada objeto viejo tiene una biografía. Una herramienta oxidada fue útil en manos de alguien. Un recipiente contuvo algo que ya no existe. Una pieza desgastada formó parte de una máquina que quizá ya no funciona. Preguntarse por la vida previa de cada pieza convierte el bodegón en un pequeño acto de arqueología visual.
Las historias están ahí, esperando ser descubiertas. Solo hace falta detenerse, observar y dejar que los objetos hablen.




