CUANDO LA VIDA SE DETIENE

0
69767
106

 

En 1999 David Lynch dirigió una película que llevaba por título Una historia verdadera (The Straight Story).

Basada en un hecho real ocurrido unos años antes, la película narra la peripecia de un anciano que, al enterarse de que su hermano —con el que llevaba diez años sin hablarse— había sufrido un infarto, decide ir a verle para hacer las paces antes de que llegue el final definitivo para alguno de los dos. No tiene dinero ni medios, así que emprende el viaje recorriendo más de quinientos kilómetros sobre una pequeña segadora, el único vehículo del que dispone.

Recuerdo esa historia porque, entre el 22 y el 25 de abril de 2013, hice junto a mi hermano Pepe uno de los llamados “Caminos a Guadalupe”. Fueron ciento cuarenta kilómetros que recorrimos a pie en cuatro jornadas.

Imagen aportada por el autor del texto

Durante aquellos días, la historia narrada por Lynch acudió varias veces a mi pensamiento. No porque mi hermano y yo estuviéramos distanciados —todo lo contrario—, sino porque ambos éramos conscientes de que entre los dos sumábamos, con holgura, más de un siglo y cuarto de vida. Aquella caminata tenía algo de celebración, pero también algo de conciencia: sabíamos que estábamos entrando en esa etapa de la vida que no se anuncia con estridencia, pero que se deja sentir en la forma en que uno empieza a mirar el tiempo.

Por entonces, yo alimentaba con ardor un blog senderista (aún sigue activo) cuyo título resumía bien ese momento: Enfilando. Enfilando, sí, esa etapa final que no tiene por qué ser sombría, sino que puede ser —y suele ser— luminosa, serena y, en cierto modo, más consciente.

Han pasado ya algunos años desde entonces.

Hoy, entre los dos, superamos con generosidad el siglo y medio de vida. Quizá ya no tenemos la fuerza ni el empuje de aquellos días. Quizá el cuerpo marca con mayor claridad sus límites. Pero, a cambio, hemos aprendido algo que entonces apenas intuíamos: la importancia de detenerse.

No me refiero solo a parar físicamente, aunque también. Me refiero a algo más profundo.

Hay un momento en la vida en el que el ritmo cambia. No siempre de manera brusca, ni necesariamente como consecuencia de un acontecimiento concreto. A veces no es una enfermedad ni una pérdida lo que introduce esa inflexión. Es, simplemente, una forma distinta de percibir el tiempo. Una conciencia más nítida de su valor, de su finitud y, al mismo tiempo, de su densidad.

Entonces, sin que nadie lo imponga, la vida se detiene.

O, mejor dicho, deja de avanzar como antes.

Las prisas pierden sentido. La urgencia cede espacio a la atención. Lo que antes parecía importante se relativiza, y lo que pasaba desapercibido adquiere un valor nuevo. No es tanto que se haga menos, sino que se hace de otra manera.

Se aprende a caminar distinto.

Los encuentros, antes condicionados por agendas y obligaciones, se vuelven más pausados. La conversación ya no necesita ser rápida ni eficaz. Puede demorarse, detenerse, volver sobre sí misma. Las confidencias aparecen sin forzarlas, y el silencio deja de ser incómodo para convertirse en parte natural del diálogo.

Eso es, en el fondo, lo que ha cambiado en nuestros encuentros.

Seguimos caminando, sí, pero de otra forma. No tanto hacia un destino como dentro de un recorrido que ya no se mide en kilómetros, sino en presencia. Las charlas son más reposadas, más hondas. Hay menos necesidad de explicar y más disposición a comprender. Nos damos el tiempo que antes parecía faltar.

Podría pensarse que esta detención es una forma de pérdida. Que es consecuencia de lo que ya no se tiene: energía, rapidez, horizonte amplio. Pero tal vez sea justo lo contrario.

Tal vez sea una forma de ganancia.

Porque al detenerse, la vida no se empobrece: se condensa.

Se vuelve más esencial, más selectiva, más consciente. Obliga a elegir mejor en qué emplear el tiempo, a valorar más los encuentros, a cuidar lo que realmente importa. Introduce una claridad que no siempre estaba presente en etapas anteriores, cuando todo parecía abierto y, por eso mismo, menos definido.

No es una detención que cierre, sino una que transforma.

Y en esa transformación hay algo profundamente humano.

No se trata de renunciar al movimiento, sino de cambiar su sentido. De pasar de un avanzar continuo a un estar más atento. De sustituir la acumulación por la presencia. De comprender que no todo se mide por lo que se recorre, sino también —y quizá sobre todo— por cómo se vive lo que se recorre.

En ese caminar distinto, mi hermano y yo seguimos encontrándonos.

Ya no con la urgencia de llegar a un destino ni con la necesidad de demostrar nada. Nos encontramos, simplemente, para compartir el tiempo. Para hablar sin prisa. Para escucharnos sin anticipar la respuesta. Para reconocer, en esa conversación tranquila, algo que antes estaba pero no siempre se veía con claridad.

Que la vida, incluso cuando parece detenerse, sigue ofreciendo caminos.

Solo que ya no se recorren del mismo modo.

Y quizá ahí, en esa forma distinta de caminar, haya también una forma más profunda de llegar.

RECIENTE PUBLICACIÓN DEL AUTOR ADQUIERELÓ AQUÍ

 

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí