CUANDO LA AMISTAD SE ROMPE POR EL AUTOENGAÑO

0
21070
imagen plazabierta.com
104

El autoengaño constituye una de las formas más sutiles de alejarnos de la verdad, precisamente porque quien lo practica rara vez es consciente de estar mintiéndose. No se trata necesariamente de una falsedad deliberada, construida para engañar a los demás, sino de algo más complejo: la necesidad de elaborar una explicación de los hechos que nos permita convivir con nosotros mismos.

imagen plazabierta.com

Reconocer un error puede resultar doloroso; aceptar que hemos perjudicado a alguien, que hemos actuado movidos por el orgullo, la comodidad, el miedo o el egoísmo puede alterar la imagen que cuidadosamente hemos construido de quienes creemos ser. Por eso, algunas veces, la mente encuentra un camino menos doloroso: modifica el relato sin modificar los hechos.

Cuando quien vive instalado en ese relato es un amigo, el autoengaño deja de ser solamente un problema suyo y comienza a afectarnos. Escuchamos su explicación, conocemos las circunstancias y advertimos una distancia entre lo sucedido y la interpretación que hace de ello. Allí donde vemos una equivocación, encuentra una justificación; donde percibimos responsabilidad, descubre circunstancias inevitables; donde creemos que debería existir un reconocimiento de aquello que no hizo por nosotros, aparecen razones que convierten su ausencia, su indiferencia o su falta de reciprocidad en algo perfectamente justificable.

Porque la amistad también contiene obligaciones. No hablamos de obligaciones jurídicas ni de una contabilidad en la que cada gesto deba recibir otro equivalente, sino de esos deberes silenciosos que nacen del afecto: estar cuando verdaderamente se necesita, escuchar, corresponder, guardar lealtad, prestar ayuda cuando podemos hacerlo y reconocer que quien tantas veces estuvo a nuestro lado puede esperar razonablemente que nosotros también estemos al suyo. Una amistad sometida permanentemente al cálculo deja probablemente de ser amistad, pero una relación en la que solamente uno entrega y el otro encuentra siempre razones para no hacerlo termina igualmente vaciándose de significado.

El autoengaño resulta entonces particularmente eficaz. Permite incumplir esas obligaciones sin tener que reconocerse como un mal amigo. Siempre existe una explicación: no era el momento adecuado, no se comprendió la gravedad de lo ocurrido, existían otras preocupaciones, el otro esperaba demasiado o interpretó equivocadamente nuestra conducta. Cada argumento puede contener incluso una parte de verdad, porque el autoengaño más convincente no suele construirse con mentiras completas, sino con verdades parciales cuidadosamente ordenadas para evitar aquella conclusión que no queremos aceptar.

El conflicto aparece cuando el amigo perjudicado decide ponerlo en evidencia. Mientras acepta las explicaciones, la amistad parece mantenerse intacta. Pero cuando pronuncia aquello que hasta entonces permanecía oculto —«cuando te necesité, no estuviste»— algo puede quebrarse. Quien ha construido una justificación para preservar la imagen que tiene de sí mismo no siempre escucha esa frase como la expresión de un dolor, sino como una acusación. Y entonces puede ocurrir algo paradójico: el problema deja de ser aquello que hizo o dejó de hacer y pasa a ser que nosotros hayamos tenido la osadía de señalarlo.

La amistad puede romperse precisamente en ese momento.

No necesariamente porque hubiera desaparecido antes el afecto, sino porque la verdad introduce una exigencia que el autoengaño no puede tolerar. Reconocer nuestra queja obligaría al amigo a revisar su comportamiento, admitir quizá una falta de reciprocidad y modificar la imagen que conserva de sí mismo. Resulta psicológicamente más sencillo cuestionar a quien sostiene el espejo que contemplar lo que el espejo refleja. De esta manera, quien reclama aquello que consideraba inherente a la amistad puede terminar convertido en responsable de su ruptura.

Quizá algunas amistades no terminan cuando se produce el desencuentro, sino cuando uno de los dos descubre que para conservarlas debe callar permanentemente aquello que le duele. Si decir con serenidad «esperaba de ti lo mismo que tú tantas veces esperaste de mí» basta para destruir una relación, acaso la verdad no haya destruido la amistad. Tal vez simplemente haya revelado la fragilidad que ya existía en ella.

Y esa puede ser una de las consecuencias más amargas del autoengaño: permite conservar intacta nuestra imagen ante nosotros mismos, pero algunas veces el precio que pagamos por protegerla es perder a quien tuvo el valor de mostrarnos aquello que no queríamos ver.

LIBROS DEL AUTOR  (hacer clip en sobre el que te interese)

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí