CUANDO EL MUNDO SE HACE MÁS PEQUEÑO

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Hay un momento de la vida en que comenzamos a contar de otra manera. Durante muchos años contamos lo que llega: los amigos que hacemos, los hijos que nacen, los proyectos que emprendemos, las personas que se incorporan a nuestra existencia. La vida parece entonces una casa que se va llenando de habitaciones. Pero llega un día, sin que sepamos exactamente cuándo, en que empezamos a contar lo que se marcha. Y descubrimos que aquella casa, antes bulliciosa, comienza lentamente a quedarse en silencio.

La ancianidad de una madre tiene algo especialmente doloroso. Quizá porque una madre pertenece a ese reducido grupo de personas que creemos, de una manera irracional, que siempre estarán ahí. Sabemos que no es cierto. La razón conoce perfectamente las leyes de la vida, pero hay verdades que el corazón se resiste a aceptar aunque las haya comprendido desde siempre.

Vemos cómo envejece. Primero son pequeñas cosas a las que apenas concedemos importancia. Camina algo más despacio. Se cansa antes, hasta que  termina postrada en una silla de ruedas en una residencia porque en casa ya  no puede estar, porque esta aplastante vida te vincula a una existencia sin concesiones para el cuidado de tus mayores, o quizá no para todos ellos. Visitas periódicas a ese lugar donde los ancianos pacientes, esperan esa otra vida que los haga renacer. Sus preguntas repetidas, unos días mejores y otros peores, ¿Cuando vuelves hijo?.

Sus cuerpo comienza a establecer sus propias fronteras y cada cierto tiempo parece levantar una nueva.

Entonces comprendemos que la ancianidad no llega de repente. Se instala poco a poco.

La salud no suele apagarse como una lámpara. Se parece más a la luz de una tarde que lentamente pierde intensidad. Todavía ilumina, todavía permite distinguir las cosas, todavía conserva momentos de claridad y hasta de alegría, pero sabemos que el día avanza.

Y duele contemplarlo.

Duele especialmente cuando esa mujer que envejece es nuestra madre y sabemos que es la última superviviente de aquel matrimonio que hizo posible nuestra infancia. El padre ya no está. Su ausencia dejó un lugar que nadie pudo ocupar porque los muertos verdaderamente queridos no son sustituidos: aprendemos simplemente a convivir con el espacio que dejaron.

Pero tampoco está ya uno de los hermanos.

Y entonces la familia comienza a parecerse a una fotografía antigua en la que algunas figuras se hubieran ido borrando.

Queda una hermana. Queda la madre. Quedamos nosotros.

Y de pronto descubrimos algo que nunca habíamos pensado cuando todos estaban alrededor de una mesa: también las familias se extinguen lentamente.

No desaparecen únicamente las personas. Con ellas desaparecen voces, expresiones, costumbres, recuerdos compartidos. Muere quien sabía exactamente cómo ocurrió aquella historia que tantas veces escuchamos. Se pierde quien podía recordar cómo éramos cuando todavía no sabíamos quiénes llegaríamos a ser. Cada muerte se lleva consigo una pequeña biblioteca que nadie podrá reconstruir completamente.

Por eso, cuando envejece nuestra madre, no vemos solamente a una mujer anciana. Vemos tambalearse una parte de nuestra propia historia.

Ella conserva recuerdos anteriores a nosotros. Conoció a nuestro padre cuando aún no era nuestro padre. Conoció a nuestros abuelos de una manera que nosotros nunca pudimos conocerlos. Recuerda aquella casa, aquellos nombres, aquellas dificultades y alegrías que terminaron construyendo el escenario de nuestra infancia.

Mientras ella permanece, de alguna manera permanece también todo aquello.

Quizá por eso asusta tanto pensar en su ausencia.

Porque cuando muere el último de nuestros padres sucede algo difícil de explicar: independientemente de nuestra edad, dejamos definitivamente de ser hijos de alguien vivo. Ya no queda nadie por encima de nosotros en aquel pequeño árbol familiar que durante décadas pareció inmutable. De repente ocupamos la primera fila frente al tiempo.

Y detrás comienzan a quedar demasiadas sillas vacías.

La vejez nos enseña así una verdad incómoda: la vida no consiste únicamente en avanzar. También consiste en despedirse. Vivimos construyendo vínculos sabiendo, aunque procuremos olvidarlo, que algún día tendremos que soltarlos.

Pero quizá precisamente ahí se encuentre una de las formas más profundas del amor.

Acompañar a una madre anciana no significa únicamente cuidarla. Significa aceptar su fragilidad sin arrebatarle su dignidad. Comprender que detrás de ese cuerpo cansado continúa estando la mujer que alguna vez fue joven, que tuvo ilusiones, que sintió miedo, que amó, que perdió, que sostuvo a otros cuando todavía tenía fuerzas para hacerlo.

Tal vez ahora corresponda simplemente estar.

Estar cuando habla y cuando calla. Escuchar incluso las historias conocidas. Preguntar aquello que todavía no hemos preguntado. Recuperar nombres. Abrir fotografías. Permitir que vuelva a contar acontecimientos que nosotros conocemos de memoria, porque quizá para ella contarlos sea una manera de regresar durante unos minutos al lugar donde todavía estaban todos.

No podemos detener el tiempo. Tampoco debemos engañarnos pretendiendo que la ancianidad no conduce hacia ninguna parte. Pero podemos impedir que ese último tramo sea únicamente una espera.

Porque mientras una persona puede sentirse querida, todavía pertenece plenamente a la vida.

Y quizá debamos aprender también a mirar de otra manera esos días que parecen repetirse.

La vida posee esa extraña crueldad: casi nunca nos avisa de cuál será la última vez.

La última Navidad.

La última fotografía.

La última conversación.

La última vez que escucharemos nuestra madre pronunciar nuestro nombre.

Por eso, cuando observamos cómo su salud se apaga lentamente, sentimos tristeza, pero también una llamada silenciosa. Todavía está aquí. Todavía podemos tomar su mano. Todavía podemos escuchar su voz.

Nuestro mundo familiar se ha ido haciendo más pequeño. Falta nuestro padre. Falta un hermano. Queda una hermana. Queda nuestra madre.

Y quedamos nosotros, contemplando cómo el tiempo va cerrando habitaciones de aquella casa que un día estuvo llena.

Tal vez madurar consista finalmente en comprender que no podemos impedir que esas puertas se cierren.

Pero mientras permanezcan abiertas, aunque sea apenas una rendija, podemos entrar, sentarnos junto a quienes todavía están dentro y decirles, incluso sin palabras:

aún estamos aquí.

 

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